lunes 14.10.2019
crítica literaria

Mi lectura de los diarios de los 80 de Manuel Rico

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Manuel Rico

El escritor madrileño Manuel Rico ha publicado recientemente a través de Punto de Vista Editores Escritor a la espera. Diarios de los 80, una obra que he leído con interés y sobre la que me gustaría dejar constancia. A ello voy.

Rico escribe este diario, estos diarios, en el transcurso de (lo que quedaba de, eso lo matizo yo) la llamada Movida madrileña, cuando “Madrid era una fiesta más festiva que revolucionaria”. En aquellos tiempos españoles en los que la “nueva respiración cultural de la sociedad recién nacida a la democracia, [disfrutaba] de lo que el franquismo había prohibido o relegado”. En los días en los que todo era de un “afán vanguardista e irreverente”, en los días que fueron “una explosión estética”. Días en los que, Rico sabe y nos lo recuerda, la sociedad real no era la de la Movida, días en los que esa sociedad real, a decir del autor de Diarios de los 80, “no estaba del todo convencida del éxito de la Transición”. Y si Manuel Rico, que estuvo tan implicado social y sobre todo políticamente en aquel tránsito finalmente feliz (¿finalmente feliz?), afirma tal cosa es muy probable que tal cosa fuera así como él nos la cuenta. En cualquier caso, no cabe duda de que no todo era Movida madrileña en el Madrid de los años 80.

El origen, la causa de estos diarios, es la necesidad de gimnasia de escritor de quien quiere ser novelista. De quien comenzaba a serlo. Rico dio comienzo a esta “colección de juicios, confesiones, análisis, recuerdos, estampas, reflexiones y testamentos” el 4 de marzo de 1985. Ese ejercicio de soltura literaria acabó por convertirse en una necesidad, “la de explicarme el sentido y la finalidad de mi escritura” y entender qué tiene que ver con la actividad política y la propia vida. Los interrumpió en 1991 y los recuperó en 1999 para afinarlos, para refinarlos. 

Manuel Rico, un escritor total

Manuel Rico es escritor y crítico literario. Escribe poemas y narrativa, también ensayos cuando ejerce su interesante disección de las obras ajenas. Es un escritor total, podríamos decir. Lo digo: es un escritor total. Algo que se nota especialmente en este libro. Se decidió a publicarlo cuando entendió que en aquellas notas “respiraba un tiempo doble”: el colectivo de aquella España y el íntimo suyo y de los suyos.

Lo oculto de lo cotidiano, lo tierno y lo social, se juntaban en aquel poeta que era Manuel Rico cuando escribía aquellos diarios. Un poeta que nos cuenta cómo lee a Hobsbawm, a Juan Goytisolo, a Stanley G. Payne, que nos confiesa algo avergonzado no haber leído a autores de aquellos que los dueños de la literatura tienen por ineludibles. Un poeta que es ante todo un ciudadano sensible, implicado en la sociedad civil, de la que forma parte activa como representante de la voluntad popular (madrileña), y al que vemos concienciarse de la profundización de la crisis del Partido Comunista de España (PCE), en el que milita y del que participa, al que le escuchamos lamentar su “crisis personal en relación con la política”; un poeta que pasea Madrid, que pasea alguno de sus barrios como el “mítico” barrio de San Blas, sobre el que imagina “tantas novelas como viviendas tiene el barrio, más aún, tantas novelas como habitantes”. Un poeta que se está convirtiendo por la fuerza de los hechos en novelista. 

Un poeta que nos cuenta cómo lee a Maria Antonia Macciocchi (¿apostamos por la correcta transcripción en el libro impreso?), a Robbe-Grillet, que no le gusta, a Ignacio Soldevila, a Vicente Molina Foix. Es el tiempo, pongo algo de contexto, de las marchas antiOTAN a la base estadounidense de Torrejón de Ardoz, que ya ha llovido…

Asistimos asistidos por la prosa de Rico a su tercer intento de escribir una novela, que es una forma “de prolongación de mi labor poética”, mientras lee muchos libros y compra muchos otros, mientras relee El Jarama de Sánchez Ferlosio, mientras “el viaje del PCE hacia la confusión sigue adelante: quizás esté en juego el futuro de la opción comunista en España”, como nos vaticina desde sus notas del 12 de abril de aquel año 85.

Lo digo ya, da gusto leer a Manuel Rico cuando escribe sobre poesía: es pura poesía. O cuando escribe sobre su amor a la literatura de viajes, sobre su amor a los libros de viajes que bien conozco desde que yo mismo le edité uno excelente suyo que es un libro de viajes literario por la literatura de los libros de viajes.

Madrid, siempre Madrid, la ciudad pero también las localidades, los territorios que forman parte de esa comunidad autónoma creada por y para la ciudad de Madrid. Un Madrid protagonista de estos diarios donde Rico lee Luna de lobos de Julio Llamazares, la Historia de la novela social que escribiera Sanz Villanueva, pues estas notas evidencian que la cultura novelística de Rico era por aquel entonces muy inferior a su cultura poética y cómo en estos tiempos de los 80 se decide (y lo logra) a reforzar aquélla.

escritor a la esperaEl tiempo no pasa en balde

Las estaciones y los días… La primavera… El ingreso de España en la CEE, y ETA, que sigue matando, mientras “mi novela crece lentamente pero sin pausa, con regularidad” (escribe el 20 de mayo de 1985). Una novela que vemos entrar en su recta final, recuperando “la memoria personal y así de paso la memoria colectiva”. Más lecturas: las memorias de Carlos Barral, novelas de Álvaro Pombo y García Hortelano. Rico actualiza sus poemas no publicados, los mecanografía, los transcribe… Prosigue su compra desaforada de libros…

“El tiempo no pasa en balde”: la huelga general del año 85, su hija Malva, que comienza a hablar… Lee los Prosemas o menos de Ángel González, apresuradamente y “de un tirón”, también a Duras, a Sampedro. Viajes por la provincia de Cuenca, a Sanlúcar de Barrameda.

Las estaciones y los días… El bochorno estival… Manuel Rico viaja, pasea, recuerda al Juan Ramón de Pastorales, de Estío, de Balada de primavera, y, mientras, a mí se me desbarata (literal, que no literariamente) esta edición, este ejemplar, seamos exactos, de sus diarios, algo ajeno a su autor que no empece la calidad (escrita) de su obra.

Termina Rico su novela, pero algo le decide a dejarla aparcada con carácter de provisional y esperar a leerla de una sola vez. No está convencido. Sí de leer a Benet, a Martínez Sarrión, a Jesús Fernández Santos…

Las estaciones y los días… Va llegando el otoño, regresa a Madrid de sus vacaciones andaluzas, da por terminada la novela a falta de las últimas correcciones formales. El original, matizo yo. La novela es un libro, y para eso… 

Rico considera que lo que busca todo escritor es “penetrar en el alma humana”. Y le vemos corregir pruebas del poemario El vuelo liberado, que abre “una nueva etapa en mi poesía”.

Sabemos por el propio Manuel Rico que su actividad parlamentaria como diputado comunista en la Asamblea de Madrid le quita tiempo para escribir diariamente lo que al final dio en ser este libro, este diario, sobre el que te escribo. Silencio, se lee a Faulkner. Sigo. Hemos llegado de la mano de escritor de Rico al año 1986.

Las estaciones y los días… Ya está aquí el frío invierno madrileño. El autor reescribe mientras mecanografía su novela y nos anuncia que ha comenzado una nueva (que recibirá el provisional título de El largo otoño), la cual, como la anterior, escribe “sin ninguna claridad y sin proyecto ni esquema previos”. Mientras lee a Esther Tusquets, a Francisco Umbral, se atreve con el Ulises de Joyce (“una novela descomunal”), en el país comienza la campaña por el referéndum sobre la permanencia española en la OTAN y en Madrid “persisten las bolsas de miseria y marginación en barrios periféricos”. El Rico periodista aparece veladamente en este libro: nos cuenta que en el mes de febrero del 86 sale a la calle Ahora Semanal, precariamente. Él lee, él sigue leyendo, el Nuevo viaje a La Alcarria de Cela, acaba de escribir por fin su primera novela con el título provisional de El regreso y le manda al editor “una versión en bruto” (para que luego digan que editar es fácil) y retoma la otra, su segunda novela; lee a José María Merino, a Pavese, a Cristina Fernández Cubas, regresa a Pombo.

Surge una pregunta mientras leo yo a Rico, una pregunta que me interesa sobremanera por mi doble condición de escritor e historiador (como si se pudiera ser lo segundo sin ser lo primero, por cierto): ¿debe la novela ceñirse a la Historia, o pueden los novelistas desposeer de Historia los hechos que narran? El autor del hermoso poemario Los días extraños dice que los novelistas han de ceñirse a la Historia, “a la difícil realidad presente”. O eso escribió en estos diarios suyos el día 28 de mayo del año 1986. ¿Seguirá pensando lo mismo hoy? 

Un inciso: cuando le pregunté personalmente tal cosa, Manuel me respondió:

La novela no tiene ninguna obligación salvo las que se plantee el propio autor. Aquella observación sí tenía sentido en el momento en que la escribí (y, para mi escritura, no como regla para todo narrador, la sigue teniendo): había en aquellos años una tendencia a descalificar la presencia de la Historia más reciente en la narrativa al tiempo que se empezó a extender, al calor de El nombre de la rosa, de Eco, la novela histórica que viajaba al Medievo mientras el país tenía la reciente Historia del franquismo con un 23 F casi a las "puertas de casa". Hoy diría que el novelista ha de tener cuenta la Historia pero eso no conlleva "ceñirse a ella" o a la realidad presente. Aquello lo pensaba también un crítico y maestro como Santos Sanz Villanueva.”

Continuemos. Su hija Malva crece y “se comporta con una extraña madurez”, él corrige pruebas de su primera novela, que ya recibe su nombre definitivoMar Menor (en realidad no es definitivo: se publicaría como Mar de octubre). Las elecciones de junio de ese año no le van demasiado bien a su PCE. Mecanografía otro poemario; la nostalgia de regresar a su barrio de la infancia, el de la Concepción, le hace llorar; ETA sigue matando. “Leo incansablemente”, sobre todo narrativa, Yann Queffélec, Marguerite Duras, Nathalie Sarraute, El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, una novela del poeta Antonio Colinas, a Rosa Montero, pero también a Juan Luis Panero; lee a Rulfo, a Josefina R. Aldecoa, a Fernández Santos, a Luis Goytisolo. Enumerar todos estos escritores es escribir en sí mismo un poema a/de la literatura más habitual entre los buenos lectores de aquellos años españoles de cuando la democracia se asentaba sin traumas.

El año 87 comienza en estos diarios en abril. Rico lee a Alfredo Conde, viaja por la provincia de Valladolid, le pide a Malva “íntimamente perdón por tantas desatenciones”. Escribir “es algo más que una pasión”. De eso van estos diarios. De la pasión de escribir. De la pasión de leer. De la pasión de vivir. De pasión.

                  “Escribo poesía con una facilidad que a veces llega a aturdirme”.

Ya en 1987, Manuel Rico criticaba el apoliticismo de algunos jóvenes intelectuales y su todos son iguales: ese hedonismo nihilista que es “una música demasiado conocida”. Quienes hablan con desdén de la política resultan ser a la postre “los politizados hasta la médula, los muy subvencionados, rancios e hipócritas”.

En su retiro estival en El Puerto de Santa María, da “el empujón definitivo a su segunda novela”. Lee la poesía de Benjamín Prado, la de José María Parreño. De vuelta a Madrid, sigue corrigiendo su segunda novela, regresa a Benet, lee a Muñoz Molina.

“A la novela actual le falta recibir una corriente de aire fresco, de humanización, de realidad, de un modo parecido a como la está recibiendo la poesía.”

Rico acaba la escritura de un nuevo poemario: El muro transparente. Es agosto del 87. Meses después, ya como director de los centros culturales del distrito madrileño de Villaverde, lee a Pedro Molina Temboury, redescubre con los suyos el valle de Lozoya y la casa paterna sin acabar en las afueras de Gargantilla, cuya edificación retoma. Está de acuerdo cuando Pablo Gama dice por aquellos días que “el presente no tiene quien le escriba”. Y pregunto yo: ¿los 80 no tuvieron quién los escribiera? (Pienso en El día del Watusi de Francisco Casavella, que acabo de terminar de leer y aún no me he repuesto)

El año 1988 comienza en el libro en el mes de febrero. “He iniciado mi tercera novela”. Escritura que combina con la tercera mecanografía de la que aún se llama Mar Menor y la segunda de Memoria inacabada (antes titulada El largo otoño). Continúa como periodista en Ahora Semanal, lee a Manuel Andújar y a Carmen Martín Gaite (a esta “con ese modo compulsivo de leer” quizá debido a que en lo que en ella lee puede haber mucho de su propia memoria personal)

Rico, que reconoce poético ser “de los que llegamos tarde a todo”, es, como escribe en estos diarios, “alguien que vivía la experiencia de un chico de barrio como parte irrenunciable construida con los materiales de la humillación vividas por mis antepasados”. Pero lo es sin instalarse en el trauma, ni hacer del trauma, la memoria y el deseo los únicos patrones de sus necesidades políticas y sus intereses sociales.

Lee a Carver, a Juan José Millás, a Daniel Múgica y a Marcos Ordóñez; El tiempo final de los tranvías es en abril de aquel año 88 el título provisional de su tercera novela, que sigue escribiendo (y que, en 1992, se publicará como El lento adiós de los tranvías) pese a sentirse artística, literariamente, bloqueado; tiene dos libros de poemas en capilla, Malva comienza a ir al colegio…; su segunda novela cambia de título provisional (ahora se titula Trampa de la memoria); lee “con avidez” un ensayo sobre la Barcelona de los años 50 escrito por Carme Riera.

Gran parte de las páginas de estos diarios nos muestran lo difícil que es publicar y el mucho tiempo que se ha dedicar a tal fin: ¿más que a escribir?

Es diciembre de 1988: Manuel lee a Faulkner y a Henry James, también a Vicente Molina Foix; “Malva cumple 5 años, yo 36 y la Constitución 10”. Uno de esos días de aquel mes, Manuel Rico deja constancia en su diario de “una mañana limpia, transparente, puro cristal”, con un cielo “de un azul muy frío, muy propio de Madrid, casi turbador de tan intenso”.

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Las últimas veinte páginas del libro muestran la progresiva y definitiva desatención del escritor Rico a sus diarios de los 80. (Cuando en octubre de 1990 los retoma tras cuatro meses de abandono, admite explícitamente la disciplina necesaria para escribirlos.) Consigue publicar sus novelas Mar de octubre Los filos de la noche (que había tenido como provisional título anterior el de Los dioses apagados), también su selección de poemas de poetas de las últimas tres décadas, acaba la primera escritura de su tercera novela, nace su hijo José Manuel…

Tanta obra en espera hace que escriba menos, incluso menos poesía, comienza una nueva novela a la que otorga el provisional título de Dioses apagados, que recupera en parte del que tuvo la anterior mientras daba en ser una novela, mientras decae su implicación política.

Leyendo este tipo de reflexiones de especialistas sobre la poesía, algo resulta un tanto extraño para cuantos nos encontramos fuera del mercado de la creación poética: me refiero a esa forma de entender lo que escriben los poetas como si hubiera un bloque llamado LA POESÍA.

“En mi obra, poesía y narrativa se complementan. Diría más: se necesitan, se ayudan, se interrelacionan.”

Manuel Rico, premiado en 1990, como se recoge en estos diarios, con el Ciudad de Irún de Poesía por su poemario Papeles inciertos, incluye un solo poema completo en su Escritor a la espera. Diarios de los 80, un poema que formaría parte de su libro De viejas estaciones invernales (aparecido en 2006), un poema que comienza así:

                  “Habíamos dejado

                  la tarde a medias, la luz

                  a medias adensarse

                  contra blancas paredes, en jardines en sombra

[…].”

En estos diarios asistimos, he asistido yo, al “cumplimiento del sueño del adolescente hijo de trabajador manual”: acceder a un mundo que “consideraba inaccesible y lejanísimo”, ser reconocido por los escritores como tal.

La última entrada, tras un largo fin de semana en Gargantilla, es del 3 de noviembre de 1991:

                  “La nueva novela avanza a tirones.

FIN”.

Manuel Rico escribe, escribió en aquellos años de la década de 1980 a la espera. Con esperanza. Mientras vivía.

Mi lectura de los diarios de los 80 de Manuel Rico
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