Juliette Gréco, Belfegor y el Museo del Louvre

Juliette Gréco, la musa de los existencialistas, fue conocida en España en los años 60 gracias a una serie televisiva que se desarrollaba en el museo del Louvre.

“Belfegor y el fantasma del Louvre” supuso para todos los españoles que siguieron con pasión sus 16 capítulos una inmersión cultural en el espléndido museo, símbolo de la cultura francesa y de la ciudad de l2París, junto con su torre Eiffel.

Viajar a Paris en aquellos años era una ilusión, un deseo muy difícil de cumplir por la inmensa mayoría de la población española que no disponía de medios económicos para ello y entre otras cosas se asociaba con relaciones y amistades poco recomendables que pululaban por  el exilio y la emigración.

La serie, dirigida por Claude Barma, fusionaba terror parapsicológico, thriller policiaco de novela negra y un profundo y turbio erotismo.

Erotismo que destilaba a raudales una encantadora Juliette Greco, que cercana ya a los cuarenta años, se convirtió en el mito sexual de una época en la que la televisión no permitía ni aparecer a las mujeres con los brazos desnudos.

Sin ella la serie hubiera sido irrelevante. Los pocos viajeros que habían podido escucharla en París en su faceta más conocida de cantante, narraban que vestía completamente de negro, cubría sus piernas con pantalones ajustados, fumaba y susurraba sus canciones en los sótanos de los tugurios del barrio latino parisino, enamorando a todos los que la escuchaban.

La serie no dejó indiferente a nadie. Era para mayores de dieciocho años,con sus dos rombos de rigor en la parte derecha arriba de la pantalla, de un terror gótico difícil de describir, pero que atemorizaba muchísimo, sobre todo a los pequeños, que a hurtadillas conseguían verle la cara al temido fantasma,  escondidos detrás de alguna cortina del salón.

Sólo había un canal de televisión y los adultos, ansiosos de conocer series extranjeras, convirtieron cada capítulo en un motivo de conversación y tertulia en los trabajos y bares.

El museo del Louvre lucía espléndido, siempre entre tinieblas, porque la acción se desarrollaba por la noche, cuando cerraba sus puertas al público y un fantasma milenario lo recorría acechando a sus víctimas.

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Lo primero que hacía cualquier español cuando llegaba a Paris era pasear por los Campos Elíseos y luego ir a visitar el museo del Louvre. Creo que esa costumbre sigue existiendo a la actualidad en la que el museo sigue siendo el más visitado del Mundo con  7.400.000 visitantes en 2016. Por ello es importante para poder garantizar su visita conseguir previamente las entradas para además evitarte las largas colas que se forman en sus taquillas.

La base fundamental de las inmensas colecciones del Louvre tiene su origen en 1793, año de su inauguración, en la conjunción de las colecciones privadas de la monarquía, la aristocracia y la iglesia que fueron traspasadas a propiedad pública para disfrute de todos los ciudadanos.

La relación de sus obras maestras es interminable y siempre se destacan en el ámbito de la pintura cuadros como “La Gioconda” de Leonardo Da Vinci, “Las Bodas de Caná” de El Veronés, “La Libertad guiando al Pueblo” de Delacroix o “La Balsa de la Medusa” de Géricault.

Entre la infinidad de joyas de la escultura clásica que alberga hay que destacar “El escriba sentado” del antiguo Egipto, “La Venus de Milo” y “La Victoria Alada de Samotracia” de la antigua Grecia o “Psique reanimada por el beso del Amor” de Antonio Canova (Siglo XVIII).

Sin duda para poder disfrutar de lo fundamental del Museo es muy conveniente ir con los expertos guías que ponen el acento en lo más relevante que hay que ver y disfrutar, además de conocer el origen y las historias asociadas a cada tema y a sus autores.

El Museo situado en Palais Royal, es accesible a través de las líneas 1 y 7 de metro y el horario del mismo está disponible en este enlace.  Los martes está cerrado