jueves 18.07.2019
OPINIÓN | POR MANUEL RICO

La izquierda madrileña no se lo merece: hechos y no lamentos

En Madrid hay que hacer política con mayúsculas si el PSOE aspira a mantener la hegemonía en el seno de la izquierda a nivel nacional.

Foto: Flickr PSOE
Foto: Flickr PSOE

El nuevo liderazgo de Pedro Sánchez va a tener en Madrid una “prueba de fuego”, ineludible y trascendental

Por Manuel Rico | 'Al Margen' | La llamada “Operación Púnica”, con el alcalde de Parla presuntamente inserto en una red de corrupción, ha sucedido al escándalo de las tarjetas de Caja Madrid. Ambos hechos han dañado muy gravemente la credibilidad de la actual dirección del PSM-PSOE. Mientras en el ámbito estatal Pedro Sánchez está realizando notables esfuerzos para impulsar una imagen de los socialistas beligerante y decidida en la regeneración de la política en general y de la propia práctica política de ese partido en particular, con un enorme esfuerzo de transparencia, con una gran agilidad para reaccionar antes las situaciones difíciles e incluso para salirse de lo convencional a la hora de dar instrucciones a los eurodiputados en las votaciones de los órganos de gobierno de la Unión, en otros ámbitos, especialmente en el madrileño, no se está a la altura de las circunstancias. Por tanto, no basta con el impulso a nivel nacional.

En ese “no basta” es preciso contemplar, de una vez, la situación del partido socialista en Madrid.  La realidad está poniendo de relieve, una vez más (¿y cuántas van?) que en esa región los socialistas tienen un auténtico agujero negro que la perspectiva electoral no hace sino acentuar. Por un lado, sabemos ya que las primarias no se producirán. Agua pasada no mueve molino pero sí conviene recordar que en el ayuntamiento de la capital, tras la retirada de Lissavetzky, el sociólogo Enrique del Olmo no obtuvo, por muy poco, los avales suficientes —lo que debe obligar a revisar el tope en el futuro en favor de la democracia interna— para que hubiera, de verdad, primarias, y que sólo Antonio Miguel Carmona superó ese rubicón. En cuanto a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Tomás Gómez, símbolo de los últimos siete años de retrocesos electorales, políticos y orgánicos, ha sido el “vencedor in pectore” en parecidas circunstancias (ninguno de los precandidatos alcanzó el nivel de avales). En este caso es preciso decir antes de nada que no fue la mejor salida presentarse. Si tras la dimisión y retirada de Alfredo Pérez Rubalcaba era insostenible su permanencia al frente de los socialistas madrileños, lo que suponía un error estratégico de primer orden era intentar prolongarse como candidato a la presidencia regional. Hace un par de semanas, antes de su proclamación, ya había sobre la mesa algunos elementos que lo desaconsejaban: lo ocurrido con las tarjetas de Caja Madrid, con varios consejeros respaldados y avalados por su comisión ejecutiva (y uno de ellos miembro del propio órgano); el cambio de opinión sobre las primarias abiertas, desmintiéndose a sí mismo; la "operación salvamento" del Consejo Consultivo en el que acaba de refugiarse Ruiz-Gallardón tras su dimisión como ministro —con un modesto” jornal” de 8.500 euros brutos—, votándolo con el PP frente a IUy UPyD en la Asamblea de Madrid, y la constatación, en sucesivas encuestas, de que su valoración está bajo mínimos. A tales elementos se añade ahora la “Operación Púnica”.

En mayo de 1999,  Josep Borrell dimitió como candidato socialista a la presidencia del Gobierno, trece meses después de haber sido elegido por las bases en la primera experiencia de elecciones primarias de un partido español. Borrell afirmó que su renuncia respondía al deseo de no perjudicar al partido en vísperas electorales por sus relaciones con Ernesto Aguiar y José María Huguet, ex colaboradores suyos durante su mandato como Secetario de Estado de Hacienda (1984-1991)  imputados en una investigación judicial por presunto fraude fiscal. Borrell marcó un camino de rigor, de honestidad, de coherencia y de ejemplaridad.  Es preciso subrayar que habían pasado nada menos que 8 años desde que Borrell dejó la Secretaría de Estado y que las imputaciones a sus dos ex-colaboradores (funcionarios, ni siquiera eran de confianza política) fueron muy posteriores a su marcha.

Esa experiencia debería figurar en todos los manuales de ética política de la izquierda. Y, desde luego, aplicarse de manera rigurosa en una situación como la que se deriva de las relaciones del candidato madrileño a la presidencia con el alcalde de Parla, a quien tuvo durante siete años como concejal de Hacienda. Si no ocurre eso, los socialistas madrileños habrán optado por acometer una campaña electoral autonómica y municipal en las peores condiciones posibles y con el gravísimo y permanente riesgo de que esa incoherencia, añadida al cúmulo de errores antes enunciado, sea utilizado en ella por los adversarios. Y desde luego será combustible permanente para la campaña del nuevo protagonista en el escenario político: Podemos y asimilados.

Nadie duda de la honradez de Gómez. Pero estamos hablando de responsabilidad política. Por eso, si no hay una corrección drástica que se concrete en su retirada de la carrera electoral, se pondrá en evidencia que los socialistas de Madrid han dado por perdida la batalla con meses de antelación, que han renunciado a buscar soluciones excepcionales para una situación excepcional, que la lógica del aparato se va a imponer a la lógica de la sociedad, a una exigencia de limpieza y de transparencia que debe ser infinitamente superior a cualquier otra cuando, como es el caso, hablamos de la izquierda. Y es obvio que, nos pongamos como nos pongamos, Gómez es la representación no sólo de la etapa que dio por cerrada el último congreso federal socialista sino, también, del apoyo reiterado a una gestión municipal cuya honestidad está hoy en cuestión.

En mi modesta opinión, el PSOE ha de considerar la Comunidad de Madrid como un asunto de Estado. Es la región capital de España e históricamente ha marcado tendencias en el ámbito nacional. Y lleva demasiado tiempo (décadas) fuera del gobierno municipal de la capital y fuera del gobierno regional. Frente a esa gigantesca necesidad colectiva (que desborda el ámbito del PSOE, que alcanza al conjunto de la izquierda)  ha optado por el vuelo rasante o, como suele decir un buen amigo, por el "vuelo gallináceo". La izquierda madrileña se merece una apuesta de altura. Quiere grandeza, generosidad y, sobre todo, un candidato o una candidata que sea indiscutible para la mayoría progresista que compone la sociedad madrileña.  Que vaya más allá del PSOE, que genere hegemonía de izquierdas y tenga un prestigio a nivel no sólo regional sino nacional. 

Sólo eso les puede permitir recuperar el espacio perdido, convertirse en el referente de una inmensa mayoría de ciudadanos y de un proyecto de transformación regional. No olvidemos que más allá del contenido de los programas, lo que en las próximas autonómicas se va a dirimir es la credibilidad, la coherencia en las decisiones, la trayectoria basada en hechos y las promesas que se sustenten en realidades constatadas. Se vota a Podemos no tanto por su programa como por representar una posibilidad de cambio, de ventilación de las instituciones, de desinterés y honestidad frente a lo ya conocido. Si no se entiende eso, no se entenderá nada. Y el PSOE es el principal interesado en comprenderlo y en actuar en consecuencia.  

Muchos dirán que es tarde, que ya es el candidato. No lo creo: Gómez debería reflexionar, analizar el contexto, el grado de irritación y de escepticismo de los ciudadanos, valorar que se ha cerrado una etapa y que prolongarla con su candidatura sólo puede tener efectos negativos, cuando no llevar al PSM al peor resultado de su historia. Quedan más de seis meses para las elecciones. Todavía hay tiempo para reconsiderar una opción errática. Sería nefasto que el PSM siguiera aferrándose al viejo lema leninista que venía a decir que "si la realidad se equivoca, peor para la realidad". Porque —lo he escrito más de una vez— la realidad, afortunada o lamentablemente, nunca se equivoca.

Si el partido socialista aspira  a mantener la hegemonía en el seno de la izquierda a nivel nacional y a volver al gobierno, es imprescindible hacer en Madrid política con mayúsculas. Lo quiera o no, el nuevo liderazgo de Pedro Sánchez va a tener ahí una “prueba de fuego” ineludible y trascendental. ¿Habrá quien en el PSOE reflexione sobre el horizonte que se le avecina en la región capital del Estado de mantenerse la actual situación? ¿Lo hará el propio Tomás Gómez? ¿Y los miembros de su Ejecutiva?  Confiemos en que no lo hagan demasiado tarde. He ahí la cuestión, que diría Shakespeare.