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sábado. 02.07.2022
Indalecio Prieto / Foto de la Fundación Indalecio Prieto
 

Cuando se me pidió que escribiera sobre Indalecio Prieto con motivo del sesenta aniversario de su muerte, ocurrida el 12 de febrero de 1962 en Ciudad de México, lo atribuí  a que he escrito recientemente varios artículos sobre Largo Caballero y una biografía, en fase de edición. Nunca he militado en el PSOE (aunque soy votante, yo creía que transitorio, pero llevo una década larga escogiendo la papeleta del puño y la rosa para las generales) y quizás por ello a algunos amigos les extraña mi atracción por personajes de los que podría escribir mejor un socialista de pura cepa. Yo no lo impido.

Entiendo que toda la izquierda, y más en ésta época, debe de reivindicar a sus pioneros, hombres y mujeres,  más allá de las siglas. En este sentido, hace pocos días un militante del PSOE y de la UGT me decía que la memoria de Marcelino Camacho debería ser  patrimonio del sindicalismo de clase en su conjunto. Fue el Ayuntamiento de Madrid con su sectaria decisión de retirar los nombres de dos figuras históricas del callejero de la ciudad, para complacer a VOX, quien me animó a resaltar la obra del que fue cinco veces concejal de ese municipio.

No da tiempo a glosar a un personaje tan inmenso como Indalecio Prieto en  un texto tan breve pero no seré el único que en estos días escriba sobre su aniversario. Así que me parece lógico escoger algunos pocos pasajes que lo relacionan con el protagonista de mi biografía, quien en muchas ocasiones era el reverso de Prieto dentro del partido. Les separaban las formas, la táctica y, sobre todo, la personalidad dispar pero les unía el ideario socialista.

A Indalecio Prieto le ha mantenido el Ayuntamiento la placa en la casa en la que vivió en Madrid a diferencia de la de Largo Caballero en su casa natal que reventaron a martillazos. Permanece  en la calle de Carranza número 20 desde que la inaugurara en 2013 doña Ana Botella, alcaldesa que si bien no tuvo un mandato glorioso hay que reconocerle el homenaje al diputado ovetense/bilbaíno, solicitado por el PSOE de Chamberí.

Y sin embargo, tal vez fuera Prieto el político de la República que más veces y más solemnemente proclamó su amor a España. Cuenta Octavio Cabezas, que, en presencia del general Lázaro Cárdenas, presidente de México, alguien le preguntó que cuantas condecoraciones tenía y respondió: “¿Yo? Solo tengo la cruz de España, que la llevo a cuestas”

Ese edificio había sido donado a las sociedades obreras de la Casa del Pueblo por Cesáreo del Cerro, industrial filántropo, liberal y católico, y allí se radicó la redacción del periódico El Socialista. En el cuarto piso donde residía Prieto durmió Largo Caballero la noche del 4 al 5 de octubre de 1934 al declararse la huelga general insurreccional de la que ambos fueron principales impulsores. Buscaron los días siguientes otros refugios hasta que, derrotada la revolución, Caballero volvió a su casa a esperar a los guardias y Prieto pasó la frontera en el capó (donde entraba a duras penas) del coche del aviador Hidalgo de Cisneros. Prieto, a diferencia de Caballero, se arrepentiría de su protagonismo en Octubre del 34 y terminaría expresándolo en el exilio con su habitual desmesura oratoria: “me declaro culpable, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento. Lo declaro como culpa, como pecado, no como gloria”.

Placa homenaje a Indalecio Prieto en Calle Carranza 20 Madrid

Indalecio Prieto tiene el mérito de haber sido un grande del socialismo sin haber sido presidente ni secretario general de ninguna de las dos organizaciones, excepto brevemente ya en el exilio donde ocupó la presidencia del PSOE desde México, ejerciendo el control del partido el secretario general Rodolfo Llopis en Toulouse.

Sin embargo antes de la guerra civil, desde su liderazgo de la organización vasca (y su influencia en la asturiana) fue protagonista importantísimo en todas las grandes polémicas internas del socialismo y de la política española. Se escoró decididamente hacia la alianza con los partidos republicanos cuando aún la mayoría, incluido Pablo Iglesias, era poco entusiasta. 

No cabe duda de que todos eran contrarios a la monarquía clientelar y militarista de la Restauración, como se vio en la huelga general revolucionaria de 1917 que a punto estuvo de llevar al paredón a Largo Caballero y a los otros tres integrantes del comité de huelga, Julián Besteiro, Andrés Saborit y Daniel Anguiano.  Pero una de las señas de identidad del pablismo era la desconfianza hacia los políticos burgueses incluidos los republicanos, algunos de ellos salidos de los partidos tradicionales solo por frustración en sus ambiciones personales.

Para el PSOE, durante sus primeros cincuenta años de existencia, el dilema republica-monarquía era secundario: lo importante era el objetivo final de la abolición del sistema capitalista.  Esa actitud no fue óbice para puntuales alianzas electorales como la que en 1910 llevó por primera vez a un socialista a las Cortes, Pablo Iglesias, en una coalición encabezada por Benito Pérez Galdós.

Entre los fundadores solo Jaime Vera había sido proclive al trato con los republicanos, pero en los años veinte Indalecio Prieto, y detrás de él Fernando de los Ríos, lucharon para que el PSOE se integrara en los planes contra la monarquía de Alfonso XIII. Al llegar la dictadura de Primo de Rivera en 1923 Prieto quería una oposición frontal pero la dirección no era partidaria para evitar el aplastamiento de la organización (como ocurrió con la CNT) especialmente la red de asociaciones y organismos de la UGT. El momento más fuerte de la polémica fue la votación en el comité del partido a favor de que Largo Caballero aceptara el nombramiento de consejero de estado. Prieto dimitió de la Ejecutiva.

Hay que decir que Largo Caballero, al declinar la dictadura, giró con decisión y convenció al partido y a la central (derrotando el purismo de Besteiro) para adherir al Pacto de San Sebastián en 1930 y al movimiento que terminaría por implantar la Segunda República en 1931. Cuando Caballero entró a formar parte del comité revolucionario se encontró con que Prieto ya era miembro del mismo “a título personal”. La indisciplina del periodista bilbaíno  irritaba  al estuquista madrileño que lo tildaba de “perito en crear conflictos al partido”.

Caballero y Prieto fueron ministros en los primeros gobiernos de la República, el primero de Trabajo y el segundo de Hacienda y de Obras Públicas. En ésta última cartera se volcó iniciando importantes proyectos algunos de los cuales, como el “Plan Badajoz”, se terminarían durante el régimen franquista. Obviamente se silenció la paternidad republicana de aquellos grandes regadíos del Guadiana, comenzados con la inauguración por Indalecio Prieto de las obras de la presa del Cíjara en 1932.

Con la victoria del Frente Popular en febrero de 1936 Prieto fue sondeado por Azaña para formar gobierno y Caballero, que controlaba el grupo parlamentario y el partido, fue acusado de oponerse al nombramiento. Prieto negó que la oferta del presidente de la República fuera en serio y Caballero que él la abortara.

El hecho es que finalmente el elegido fue el negligente Casares Quiroga que no quiso atender las advertencias de Prieto sobre la conspiración que preparaban Franco y sus compinches en los cuarteles: “no me fastidie usted más con sus cuentos de miedos y déjeme en paz”.  Según cuenta Octavio Cabezas en su biografía de Prieto, éste contuvo a duras penas su rabia pero después se desfogó: “No saben ustedes el esfuerzo que he tenido que hacer para no darle dos hostias…Que esté tranquilo. No volveré a hablarle en la puta vida”.

Consumada en julio la sedición, Giral otro correligionario de Azaña, sustituyó a Casares y con muchas dificultades empezó a preparar la resistencia al golpe, pero cedió el paso en septiembre a Largo Caballero por su peso entre las organizaciones obreras. Tenía más autoridad para imponer la disciplina en el recién formado Ejército Popular que combatía a los sublevados a los cuales se habían sumado la mayoría de los oficiales y jefes. Caballero además de la presidencia se quedó con el ministerio de la Guerra y Prieto con Marina y Aire.

El gobierno presidido por Caballero empezó bien gracias al pragmatismo del presidente que, aparcando su  aversión a los nacionalismos vasco y catalán y sus diferencias con los anarquistas, integró a todas las fuerzas. La anarquista CNT, rompiendo sus principios apolíticos por la dramática amenaza del fascismo, aceptó cuatro carteras, y el PCE dos.

Desgraciadamente el curso de la guerra fue empeorando y se agrietó la unidad del gobierno por diversos factores. Largo Caballero se oponía al ascenso de la influencia del PCE en el ejército y temía que quisieran absorber al PSOE. Los enfrentamientos armados entre las fuerzas obreras en Barcelona llevaron a la crisis de agosto del 37 en la que Caballero, abandonado por comunistas, prietistas y azañistas, fue sustituido por Juan Negrín.

Concluiré diciendo que el personaje que hoy recordamos, aunque fue considerado el más representativo del ala liberal del PSOE, no hay que pensar por ello que era un moderado en el sentido de despreciar la acción revolucionaria o de temer por el riesgo personal. Aceptó el reto del propietario del ABC Luca de Tena de batirse en duelo, pero le exigió que no fuera “a primera sangre” sino hasta agotar el cargador. El aristócrata se rajó y no hubo duelo. Terminada la guerra le ganó la partida a su excorreligionario Negrín cuando éste envió a México desde Francia un yate cargado de joyas y objetos de valor. Prieto llegó antes al puerto de Veracruz que los delegados de Negrín y se hizo cargo de “el tesoro del Vita” con la complicidad del gobierno mexicano.

En 1945 se reconcilió políticamente con Largo Caballero retornado del campo nazi de Oranienburg. Uno en México y otro en París, intercambiaron una copiosa correspondencia sobre “el problema español”, manera de referirse entonces al dilema de las potencias vencedoras de la guerra mundial que no sabían si intervenir o no en España ni de qué forma.  Prieto y Caballero conscientes de que la opción de la invasión estaba descartada por EEUU y Gran Bretaña trataron de impulsar, contra el criterio del gobierno de la República en el exilio, una Transición pacífica en la que “solo” se exigía el abandono del poder por Franco y sus generales y la consulta al pueblo sobre la forma de gobierno.

Después de la muerte de Caballero el 23 de marzo de 1946, escribió Prieto a su hija Carmen Largo estas significativas palabras: “Una de las mayores satisfacciones de mi vida política la ha constituido mi absoluta coincidencia con él sobre el problema español, coincidencia que se operó sin haber cambiado entre nosotros media palabra”.

 Cuando a su vez murió Indalecio Prieto el 12 de febrero de 1962, toda la prensa mundial se hizo eco, empezando por la de México, su país de adopción, elogiando su figura. Tampoco faltaron comentarios en la prensa española pero de tono denigratorio, destacando por su ruindad el ABC (como siempre, recordemos las infamias contra Enrique Ruano, el estudiante suicidado por la Brigada Político-Social en 1969).

Y sin embargo, tal vez fuera Prieto el político de la República que más veces y más solemnemente proclamó su amor a España. Cuenta Octavio Cabezas, que, en presencia del general Lázaro Cárdenas, presidente de México, alguien le preguntó que cuantas condecoraciones tenía y respondió: “¿Yo? Solo tengo la cruz de España, que la llevo a cuestas”.

Indalecio Prieto, revolucionario y demócrata