martes 15.10.2019
crítica literaria

Explicando el franquismo, comprendiendo a Franco: Moradiellos, historiador

Franco. Anatomía de un dictador es, lo dice su autor, el historiador español Enrique Moradiellos, una introducción a la personalidad humana del general y dictador español Francisco Franco.

libroFranco. Anatomía de un dictador es, lo dice su autor, el historiador español Enrique Moradiellos, una introducción a la personalidad humana del general y dictador español Francisco Franco, a su actuación gubernamental y a la naturaleza institucional de su régimen. Este libro, recientemente publicado por la editorial Turner, quiere por tanto ser una síntesis para que quien considere que no sabe gran cosa sobre el franquismo comience a saber sobre él. Pero, además, dada la categoría de especialista de Moradiellos, es una reflexión analítica de carácter sintético que sin duda interesará a cuantos creemos saber mucho más que algo sobre la larga dictadura franquista y su principal perpetrador. A mí desde luego, que la he leído con suma atención y me ha aportado una mejora de mis conocimientos sobre la larga dictadura franquista.

Ni víctima ni criminal: historiador

La Historia, en tanto que investigación científica, “quiere ser crítica y no dogmática”, afirma Moradiellos. Para él, los historiadores somos los encargados de mediar entre el pasado y el presente: la Historia “pretende, puede y debe producir conocimiento científico y verdades históricas (no absolutas sobre el pasado)”. Así pondera su tarea en otro de sus valiosos libros, Las caras de Clío, donde considera que su oficio, su disciplina, tiene una utilidad práctica. La practicidad de la Historia, una pieza clave para la supervivencia de las sociedades humanas, en sus palabras, “se apoya sobre una necesidad social y cultural: la exigencia operativa en todo grupo humano de tener una conciencia de su pasado colectivo, [pues] la conciencia del pasado es un componente inevitable de su presente”.

De acuerdo. Como lo estoy con él cuando en dicha obra aparecida en 1992, de profunda reflexión historiográfica, afirmara que la Historia sirve “para saber a qué atenerse”.

¿A qué hay que atenerse cuando se estudia la figura y la impronta social y política de Franco? De eso va Franco. Anatomía de un dictador. Va de la comprensión de la frase del escritor español José María Pemán, admirador de Franco, de quien dijo que “bajo su mando tiene la España entera”. Porque, en contra de lo que reza el propio título de este ensayo, Moradiellos nos advierte pronto de que Franco no fue un mero dictador. No fue únicamente un dictador.

Lo que se propone este libro es aportar “un conocimiento emancipador” del régimen y del personaje que lo encarnó. Un conocimiento hecho desde la perspectiva crítica de quien no pretende ejercer la opinión, la creencia, de la víctima, ni la defensa o la justificación del criminal. Porque los historiadores como Moradiellos ni son las víctimas ni son los criminales. No pueden, ni deben, serlo. Jamás.

[Una pequeña apreciación previa: este volumen es una adaptación algo más exigente de la inicialmente original de 2016 para el público británico, menos informado sobre Franco y su ejercicio del poder.]

Francisco Franco Bahamonde

librosEl hombre, el caudillo y el régimen. En estos tres asuntos se divide Franco. Anatomía de un dictador, a los que el autor brinda un capítulo a cada uno.

El primero de ellos se dedica a demostrar que Franco no fue ni un hábil estadista “preclaro y astuto” ni el consciente modernizador de España, pero tampoco “un tiranuelo cruel y poco inteligente al servicio de los intereses del capitalismo español” que se aupó al poder con la sola ayuda fascista y nazi para sobrevivir gracias a la mezcla de una “represión salvaje” y una peculiar bonanza de la afortunada política exterior.

Un enunciado de los marbetes de los epígrafes de este primer capítulo (magníficamente titulados) nos da idea del recorrido que Moradiellos realiza a lo largo de 130 páginas para acercarnos una biografía básica del personaje: “la forja de un militar africanista” (Franco bajo el reinado de Alfonso XIII), “prudencia y paciencia durante la II República”, “divina providencia y Guerra Civil”, “tentación y oportunismo en la Segunda Guerra Mundial”, “resistencia y supervivencia en la posguerra mundial”, “un largo reinado sin corona” (desde los “triunfos diplomáticos de 1953” hasta 1969) y “final de reinado, final de era” (el llamado habitualmente tardofranquismo).

Un caudillismo español del siglo XX

El segundo de los tres capítulos en que Moradiellos divide Franco. Anatomía de un dictador analiza la encarnación de la dictadura militar causada por la victoria en la Guerra Civil del bando sublevado que, con su levantamiento anticonstitucional, antiliberal, anticasitodo, situó en lo más alto del poder absoluto a un carismático caudillo, detentador de una magistratura superior de carácter vitalicio, dueño incontestable de las decisiones todas de un nuevo Estado donde lo civil y lo militar confluyeron en su persona.

Franco ejercía el poder. Y lo representaba. Era al mismo tiempo la autoridad suprema y soberana. Era un caudillo. Fue el Caudillo. Y a analizar, explicar el origen, el uso y el significado completo de esa palabra, Moradiellos dedica un sinfín de páginas. Como se las dedica al carácter carismático del caudillaje militar y político de Francisco Franco, quien había recibido el 1 de octubre de 1936, en plena guerra, de manos de “una dictadura militar colegiada” todos los poderes en tanto que “gobernante absoluto, soberano, constituyente, vitalicio y providencial”. Sólo necesitaba ya el Caudillo un “cuerpo de doctrina ideológica” que legitimara tanta omnímoda potencia.

Esa legitimación doctrinal de la dictadura caudillista de Franco tuvo su principal apoyo, incluso popular, en el catolicismo político, pero también en el monarquismo autoritario alfonsino (muy ligado al anterior), el tradicionalismo carlista (fuerte en determinadas regiones) y la aún embrionaria agrupación fascista de inspiración mussoliniana fundida en Falange. Cuatro fuerzas convergentes unidas, por múltiples razones, en torno a la tradición católica nacional, al antiliberalismo y la radical oposición a la democracia, y a la idea del orden jerárquico y militarizado como forma de resolver las divisiones sociales y combatir las luchas de clases. Todo ello bajo el prisma del pretorianismo corporativo como eje vertebrador y arma final.

Franco no tuvo más que ocuparse de “mantener sus tres fuentes de legitimidad armónicamente equilibradas y coordinadas, sin menoscabo de su autoridad suprema, soberana, arbitral y decisoria”. Esas tres fuentes son las que le convertían en triple caudillo, militar, católico y “de la revolución nacional por liderazgo político falangista”. Y triple fue también el énfasis en el culto a su personalidad carismática, acentuándose su vertiente falangista entre 1937 y 1942, la católica hasta 1959 y la de caudillo de España en tanto que líder civil de la modernización española entre ese año y el de su fallecimiento. No obstante lo dicho, como apunta Moradiellos, y la mayoría de quienes hemos estudiado recientemente el régimen franquista, “el origen primigenio de la legitimidad de Franco para gobernar como caudillo de España” no es otro que la victoria militar de la coalición que le elevó como dirigente plenipotenciario y la derrota completa de sus enemigos en el año 1939. Aunque existe una segunda legitimidad, fundada sobre aquélla, sin sustituirla: la legitimidad de ejercicio (basada a su vez en el éxito modernizador de un país atrasado).

La doctrina oficial de legitimación del régimen de caudillaje no se vio modificada esencialmente ni por el paso del tiempo ni por el cambio en el contexto internacional. Algo que no le ocurrió a la naturaleza del régimen, que sí se vio alterada por aquellas causas, de forma que, según resume espléndidamente Moradiellos, se pasó…

“sin traumas, desde el Estado nacional-sindicalista que configura el Fuero del Trabajo (1938) a la democracia católica y orgánica que prescribe el Fuero de los Españoles (1945), a la monarquía católica, social y representativa de la Ley de Sucesión (1947) y al Estado de administración racional de obras y servicios que postula la Ley Orgánica del Estado (1967)”.

La naturaleza del régimen franquista

Por último, el tercer capítulo del libro es una respuesta a la pregunta ¿qué es el franquismo? Una pregunta que no tiene como respuesta el periodo durante el cual Franco ejerció su poder dictatorial sobre España sino la “forma determinada de organización del poder estatal para atender a las funciones políticas que definen una comunidad organizada y civilizada”. Una organización encarnada en la “personalización del régimen político”: Francisco Franco. Claro está. Porque, a mi entender, y al de Moradiellos, el franquismo fue la extraordinariamente larga y movediza dictadura de Franco. Punto.

Se sigue debatiendo, por tierra, mar y aire, sobre qué cosa dio en ser finalmente el franquismo. Dado por sentado que fue el depósito cierto sobre la realidad española de un victorioso “movimiento reaccionario, contrarreformista y contrarrevolucionario” creado para defender el orden social y político tradicional, anterior al reformismo republicano de los años 30 del siglo pasado; la polémica, el debate enquistado, surge cuando se trata de aclarar si el franquismo fue “un caso extremo de dictadura militar conservadora de tipo tradicional” o llegó a ser una versión española de los “regímenes fascistas y totalitarios europeos” (hitlerismo y mussolinismo) surgidos durante el periodo de entreguerras para responder a la reforma democrática y a la revolución social pero también a la “reacción tradicional”.

Se trata de una discusión que se arrastra desde la mismísima Guerra Civil. De lo que no cabe duda, de lo que no nos cabe duda ni a Moradiellos ni a mí, es que la primigenia dictadura militar colegiada (comisarial) se transformó antes de finalizar el conflicto en una “dictadura militar de poder personal” (soberana). Tampoco nos cabe duda de que el franquismo no fue sólo eso. Fue además un régimen político sustentado en un caudillaje carismático bonapartista plenipotenciario, carente de ningún control institucional sobre su autoridad omnímoda.

Hasta ahí de acuerdo. Es difícil no estarlo. El atasco se produce a partir de aquí, cuando entramos en la diatriba eterna entre quienes consideran que el franquismo fue un régimen totalitario y quienes lo tienen por un régimen autoritario. ¿Fue el franquismo una dictadura mussoliniana-hitleriana o fue una dictadura salazarista-pilsudskista?

Moradiellos, como yo mismo recogí en mi libro dedicado al franquismo, y tantos otros en sus obras sobre aquel régimen, admite y constata que “en la actualidad es cada vez menos frecuente definir al franquismo como un verdadero régimen fascista y totalitario, predominando mucho más la consideración de que fue una dictadura militar y caudillista primero fascistizada y luego transformada en un régimen básicamente autoritario, pese a los resabios fascistizantes que mantuvo hasta el final”.

Como dice el historiador estadounidense Robert O. Paxton, al franquismo le faltaron, entre otras cosas, “pretensiones revolucionarias” y “aspiraciones milenaristas” para haber sido un régimen totalitario, fascista.

En cualquier caso, este inagotable debate sobre la naturaleza del régimen de Franco ha sido sumamente fructífero. Lo está siendo.

De lo que no cabe duda, insisto, es que el régimen militar franquista fue “una auténtica antidemocracia contrarrevolucionaria y dictatorial”. Fue la dictadura personal de Franco. Y sabemos por Salvador de Madariaga que “en lo único que piensa Franco es en Franco”. En lo único que pensaba. Porque Franco murió. Y con él el franquismo. Que no se te olvide.

“Franco, de hecho, acabó moldeando el régimen a su imagen y conveniencia”.
Borja de Riquer

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