lunes 26.08.2019
ÓPERA

¿Existe el 'lobby lírico gay'? Respuesta a un periodista español

Ópera de Montreal de 'Les Feluettes'. Imagen Beckmesser.com
Ópera de Montreal de 'Les Feluettes'. Imagen Beckmesser.com

En el año 2005, España se convirtió en uno de los primeros países del mundo en aprobar una ley que hizo posible el matrimonio entre personas del mismo sexo, siguiendo el camino de Países Bajos (2001) y Bélgica (2003). En esa primera década del siglo XXI, lo hicieron también Canadá, Sudáfrica, Noruega, Suecia, Portugal, Islandia y Argentina. Otros países han necesitado esperar a la presente década. Francia y Brasil lo hicieron en 2013. Italia, en 2016. Alemania y Finlandia, en 2017. Austria no lo había hecho hasta este mismo año, como Ecuador y Taiwán. Este último es el primero de Asia en hacerlo.

En otros países uno debe contentarse con que la homosexualidad no sea considerada un delito, un trastorno mental, una suerte de pecado o todo ello a la vez. La India sólo la despenalizó en 2018, once años después de China, pero sigue siendo ilegal en muchos lugares del Sur y el Sureste de Asia, como ocurre en Oriente Medio y en buena parte de África, donde existen penas que van desde la prisión (Túnez, Tanzania, Zambia, Pakistán…) hasta la muerte (Mauritania, Sudán, Arabia Saudita, Yemen, Irán, Brunéi…).

Para algunos, los homosexuales siguen siendo blasfemos, viciosos sexuales y, ahora más que nunca, un potencial foco de grupos organizados al servicio de fines inmorales, incivilizados, salvajes, diabólicos…

Si hablamos de otro tipo de leyes, como las que existen en Rusia para impedir la «propaganda» homosexual, podemos hacernos una idea genérica de la discriminación que sufre la homosexualidad en el globo. Y a ello hemos de sumar las críticas internas, donde persisten las acusaciones políticas, morales, religiosas y psicológicas de siempre. Para algunos, los homosexuales siguen siendo blasfemos, viciosos sexuales y, ahora más que nunca, un potencial foco de grupos organizados al servicio de fines inmorales, incivilizados, salvajes, diabólicos…, ya sea bajo la forma de un «lobby gay» o una endogámica «mafia rosa» dispuesta a dominar las instituciones, como antaño se ha imaginado a judíos y todo tipo de herejes.

«El lobby lírico gay». Una práctica periodística dudosa

Una acusación de este tipo acaba de surgir en España de la mano de Gonzalo Alonso, periodista habitual de La Razón y cabeza de la revista Beckmesser.com, en la que suele reproducir sus columnas del periódico del Grupo Planeta. Así ha ocurrido con su artículo «Así impone su poder el lobby lírico gay» (La Razón, 29 de junio de 2019), republicado al día siguiente con ligeros cambios como «Orgullo y poder lírico gay» (Beckmesser.com, 30 de junio de 2019). Aprovechando la efeméride del Orgullo Gay, el escritor sostiene que existe un «lobby lírico gay», en su opinión «muy extendido» y empeñado en destruir el sentido originario de las óperas a favor de una supuesta ideología homosexual, la cual vincula a una larga cadena de vicios, obscenidades y «mensajes corruptos», sobre todo sexuales, entre los cuales incluye la coprofilia y la blasfemia.

No me detendré en las faltas ortográficas o en el uso de giros idiomáticos y palabras extrañas que utiliza. La forma de escritura es un buen indicador de la serenidad con que uno escribe, y basta observar otros detalles para saber que este artículo no ha sido escrito con un mínimo de prudencia. Para empezar, algunos fragmentos han sido copiados literalmente de artículos anteriores publicados en Beckmesser.com que, a su vez, fueron copiados de otros artículos escritos por otros autores en otros idiomas.

Veamos algunos ejemplos. El 24 de enero de este año, Beckmesser.com publicaba un artículo titulado «Provocaciones excesivas sobre los escenarios», firmado por «redactormf», donde podemos leer que «la obscenidad, propaganda sexual, blasfemia, coprofilia, violencia sexual y física irrumpen en los escenarios de toda Europa», una frase que Gonzalo Alonso repite en el artículo de La Razón de junio. La frase, sin embargo, no es suya. Está sacada de un artículo escrito en italiano por Gaspare Prisca Cerasa, titulado «Traviata lesbiana, don Giovanni gay: he aquí el catálogo lírico» [Traviata lesbo, don Giovanni gay: il catalogo lirico è questo], publicado en La Nuova Bussola Quotidiana el 18 de enero. El citado redactor reproduce otros tantos párrafos y frases del artículo de Cerasa, a quien cita en este caso, pero sin indicar como es debido cuándo estamos ante una cita y cuándo no. Es interesante notar que el periodista italiano destaca ya en ese artículo la existencia de un lobby gay que «invade la ópera», algo que Beckmesser prefirió omitir en esa primera publicación. ¿Por qué no lo hizo público entonces y sí lo hace ahora? La pregunta, como veremos, tiene su interés.

Esta práctica se repite de un modo radical en el artículo de La Razón. Esta vez, el mismo artículo de Gaspare Prisca Cerasa ni siquiera se menciona, pero la mitad del texto es una traducción literal de esa fuente. He aquí la prueba:

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Estos ejemplos suponen la mitad del artículo de La Razón, uno de los periódicos de tirada nacional más leídos de España junto a ABC, El País y El Mundo. La otra mitad del artículo, grosso modo, es una traducción de otro artículo periodístico, publicado el 18 de enero en la revista Katholisches.info por Loris Maudrad y Giuseppe Nardi. El título es «La ocupación militar de la ópera por parte de los homosexuales» [Die militärische Besetzung der Oper durch Homosexuelle], citado por Gonzalo Alonso en «su» texto para La Razón sin indicar el título y obviando el nombre de Nardi. Tampoco indica el subtítulo: «La usurpación de la alta cultura por una subcultura». En realidad, es discutible que se trate de otra «fuente», pues Maudrad y Nardi repiten los argumentos de Cerasa. Allí aparece citado Romeo Castellucci, al que Maudrad tilda de «blasfemo».

¿Basta con afirmar al principio que va a exponer «un muestrario de las quejas» que ha leído no se sabe dónde? ¿Un muestrario es traducir fragmentos enteros de un solo artículo en italiano y citar otro de un diario alemán, afirmando de pasada que ha leído opiniones parecidas «en webs como pi-news.net»? Dejo a los periodistas su valoración disciplinar. Lo que me interesa remarcar es la falta de rigor. El único párrafo original de su artículo lo publicó en la versión de Beckmesser.com y se trata de una simple anécdota:

Uno de nuestros primeros coliseos líricos, hace unos 8 años, tuvo que contratar y pagar como ayudante de dirección escénica a la pareja de uno de los más cotizados registas actuales como condición para que éste trabajase en el teatro. La pareja no hizo absolutamente nada. El director artístico era gay.

(Gonzalo Alonso, «Orgullo y poder lírico gay», Beckmesser.com, 30 de junio de 2019)


Los «argumentos» de Gonzalo Alonso

Los argumentos de Alonso no pasan de esta forma de anecdotario. Aún dando por genuino su artículo, lo único que aporta son nombres de directores de escena homosexuales, así como producciones donde aparecen escenas homosexuales que considera infieles a las intenciones de los compositores y los libretistas. ¿Significa esto que existe «un lobby lírico gay»? Obviamente, no. Aún tiene que explicarnos dónde se reúnen los miembros de dicho lobby, quién los dirige, cómo se organizan a nivel europeo y mundial, cómo se financian y, sobre todo, por qué están tan empeñados en destruir las obras de los compositores y los valores representados en ellas. ¿No será que Gonzalo Alonso –es decir, los católicos Cerasa, Maudrad y Nardi– vincula la homosexualidad con el citado catálogo de vicios morales, políticos, religiosos y estéticos?

Esta homofóbica petición de principio parece ser el único argumento de las notas de prensa citadas: se da por supuesto que sólo la existencia de un lobby lírico gay podría explicar ciertas escenas brutales, sangrientas, masoquistas, coprofílicas, irreligiosas, etc. Pero, incluso aunque el número de directores de escena homosexuales y sus producciones «infieles» se multiplicasen por diez, ¿significaría esto que existe un «lobby lírico gay»? Esto sería tan absurdo como suponer que hay muchas enfermeras porque existe un «lobby médico feminista». Esta forma de argumentación falaz ya se utilizó contra los judíos, un tema al que Alonso también se ha referido en una nota posterior, como luego veremos.

Por qué ahora: la reacción católica

Como hemos visto, Gonzalo Alonso –o su redactor–, ya conocía el artículo de La Nuova Bussola Quotidiana en enero de 2019. ¿Por qué no decidió entonces alertar a sus lectores del supuesto «lobby lírico gay», que al parecer tanto le preocupa? Dada la obsesión del periodismo actual con los ciberanzuelos (el denominado «clickbait»), uno estaría tentado a reducirlo a puro oportunismo. La efeméride del Orgullo Gay es, sin duda, una buena ocasión para intentar «viralizar» una nota de prensa como esta. Los líderes de prensa y de los partidos políticos parecen estar cada vez más cómodos provocando el enfado para sacar votos y lectores. Mejor una crítica, aunque sea justa, que la indiferencia. Pero hay algo más y tiene que ver con esas apelaciones a «Europa» que encontramos en los textos de Cerasa, Nardi y Maudrad, reproducidas después en el artículo de Alonso.

Me refiero al surgimiento en Europa de partidos políticos que hacen de la crítica al matrimonio homosexual un tema programático. No olvidemos que su aceptación ha sido relativamente reciente en países como Italia y Alemania, donde tales partidos han surgido con anterioridad. Hasta la irrupción de Vox en las pasadas elecciones generales de mayo, España era una excepción en el panorama europeo, junto a Portugal. Esto podría explicar por qué han surgido primero estas ideas en Italia y Alemania, de donde Alonso toma sus «fuentes». Que sus ideas lleguen a España de la mano de La Razón, tan solo un mes después de las citadas elecciones en las que Vox ha obtenido más de dos millones de votos, no parece casualidad. Nótese que no hablo de un lobby de periodistas de ultraderecha. Sólo afirmo que el contexto europeo y español favorece un artículo como ese.

Una prueba de ello es el hecho de que estas notas aparezcan en diarios católicos. Es el caso de La Nuova Bussola Quotidiana, dirigida por Riccardo Cascioli, cuya gran preocupación es que la Iglesia pueda «legitimar los actos homosexuales». En uno de sus artículos, titulado «Una mano única busca un sínodo ‘gay-friendly’», asegura que algunos personajes de la propia curia católica pretenderían «utilizar el Sínodo para la Familia con el fin de que el lobby gay existente dentro de la Iglesia dé un paso adelante decisivo» (Religión en Libertad, 7 de octubre de 2015). Este tipo de ansiedades son las que explican que haya surgido este interés por la existencia de «cargos rosas» en la ópera.

El propio Gaspare Prisca Cerasa, al que Gonzalo Alonso utiliza como autoridad en el tema, dedica gran parte de su tiempo a escribir artículos contra la homosexualidad. Baste citar el publicado el 25 de enero de este mismo año titulado «Pingüinos gays: la naturaleza basta para desmontar la falsedad» [«Pinguini gay: basta la natura a smontare la bufala»] en el mismo portal dirigido por Cascioli, donde se empeña en demostrar que la homosexualidad es antinatural. Uno de sus argumentos es que, incluso si existiera la homosexualidad entre los animales, eso no se debería extrapolar a los humanos, pues sería como pensar que «la ingestión de las propias heces» es buena porque la practican los elefantes. ¿Entendemos ahora su preocupación por la coprofilia en la ópera?

Esto también explica que la única referencia bibliográfica dada por Gonzalo Alonso pertenezca a un diario católico alemán, culpando a los directores de «blasfemia» y lamentando que «la religión se someta al ridículo». Lo mismo ocurre con la página web «pi-news.net», muy preocupada por la «islamización» de Europa. Este contexto religioso ayuda a entender que la producción de Carmen de Leo Muscato sea calificada de «sacrílega», o que se recoja con simpatía la opinión de Zeffirelli cuando aseguró haber visto en ella al «diablo». Lo mismo ocurre con los artículos de Giuseppe Nardi, otro periodista preocupado por la presencia de homosexuales en el Vaticano. La conexión del Orgullo Gay (la única aportación «novedosa» de Alonso) con el citado catálogo de vicios no parece casual. 

Gonzalo Alonso responde en Beckmesser.com a las críticas

Una particularidad de la «nueva política» respecto a los lobbies homosexuales es su ambigüedad. Uno puede negar su homofobia, e incluso presentarse como un verdadero defensor de los homosexuales, cometiendo sin embargo peticiones de principio homófobas como las que acabamos de ver. Basta para ello distinguir entre homosexuales buenos y malos. Por ejemplo, entre homosexuales organizados en «mafias rosas» destinadas a destruir los valores europeos y los que no lo están.

Algo así hace Alonso en la respuesta que ha dado a quienes han criticado su artículo de La Razón, publicada en Beckmesser.com bajo el título «Respuesta a una crítica gay injusta», de nuevo con una escritura apresurada, donde asegura que no se considera homófobo. He aquí la división entre homosexuales buenos y malos: «bien que alabo a gays como Visconti, Zeffirelli o Patroni Griffi». Nada que ver con «los lobbies más agresivos del colectivo LGTB» de su primer artículo. Aquí se sigue, finis operis, la máxima del divide et impera, que en el fondo desprecia a un grupo que no está dividido ni entre sí ni respecto al resto de la sociedad y que empieza a hacerse molesto por alguna razón. En este caso, como hemos visto, por razones religiosas.

Poco importa, además, que el periodista se considere a sí mismo más o menos homófobo. Lo esencial es si su nota contribuye o no a la homofobia y si lo son las fuentes que utiliza. El único criterio de esa distinción entre homosexuales buenos y malos es lo que disgusta al periodista, de modo que la sospecha se levanta contra todos los directores de escena por igual. La citada petición de principio, vinculando la homosexualidad con toda suerte de vicios, no deja espacio para otra interpretación. Basta que aparezca alguno de los elementos críticos que Alonso no quiere ver, por extravagantes que sean, como la coprofilia, para que el periodista apunte al «lobby lírico gay», una lógica que sólo puede derivar en homofobia.

Por otra parte, Alonso define su primer artículo como «un resumen de lo publicado en Alemania e Italia en varios artículos», lo que refuerza la idea de que no se toma en serio el asunto. ¿Dos artículos que se repiten entre sí son «varios»? ¿Y qué tipo de artículos son? ¿Y qué autoridad tienen sus autores? ¿Y qué saben ellos de la historia de la dirección escénica y su actual funcionamiento económico y político? ¿Y qué pruebas ofrecen?

Carecer de respuestas a todo lo anterior no le impide acusar a sus lectores de no leer «con objetividad» y de proyectar «sus fobias, filias, represiones, complejos, etc.» sobre «su» artículo de La Razón. Pero ¿no hacen justamente eso Cerasa, Nardi, Maudrad y el propio Alonso? Utilizar los panfletos de un par de católicos reaccionarios que no saben absolutamente nada del mundo de la ópera, incluyendo graves acusaciones contra decenas de instituciones operísticas en Europa y contra los homosexuales que trabajan en ellas, sin tener ninguna prueba de lo que se dice o una fuente fiable, no parece más que una excusa para alimentar los propios prejuicios. ¿Y no denota esta forma apresurada de escribir, junto a la poca estofa de sus fuentes, un claro desprecio por el asunto que se trae entre manos?

A todo ello añade Alonso los argumentos de autoridad. En tono enfático, nos asegura que «un político conocidísimo y claro defensor de los derechos gays» le ha dado su enhorabuena por el artículo de La Razón. Conociendo su criterio para elegir las fuentes, me pregunto qué sabrá el citado político acerca de la ópera europea, la organización de los teatros, su financiación o la historia y genealogía de las producciones contemporáneas. Lo mismo puede afirmarse sobre Teresa Berganza. Gonzalo Alonso intenta reforzar su posición haciéndonos saber que la cantante le ha felicitado por Facebook. ¿Significará eso que existe ese lobby? ¿Realmente conoce Berganza el tema en profundidad? ¿En qué artículo o entrevista explica cómo funciona ese supuesto lobby? Si lo sabe, ¿por qué no lo explica o lo denuncia? Más bien, parece que comparte con Alonso su disgusto ante las modas de la dirección de escena, incluyendo las escenas de homosexualidad que no estaban en el original. Pero esto tampoco significa que haya un «lobby lírico gay».

¿El rigor intelectual y la valentía consisten en afirmar sin pruebas que existe un «lobby lírico gay», limitándose para ello a traducir, sin citar las fuentes, un par de libelos católicos y conspiranoicos de autores homófobos que desconocen por completo las instituciones operísticas?

En todo caso, sería bueno saber qué opinan quienes han elogiado la valentía y el intelecto de Alonso tras conocer la forma en que se escribió el primer artículo. Pedro Narváez, subdirector de La Razón, ha escrito en su cuenta de Twitter que «Gonzalo Alonso demuestra que, además de excelente crítico, es tan valiente como incómodo en estos tiempos de borreguismo intelectual». ¿El rigor intelectual y la valentía consisten en afirmar sin pruebas que existe un «lobby lírico gay», limitándose para ello a traducir, sin citar las fuentes, un par de libelos católicos y conspiranoicos de autores homófobos que desconocen por completo las instituciones operísticas? La metáfora del borrego parece más apta para quien, desde la óptica de una Iglesia Militante, parece seguir la máxima bíblica de encauzar a los díscolos en el redil de su fe.

Alonso llena su respuesta de perogrulladas como que «una barbaridad gay es igual que una heterosexual», como si alguien lo hubiera puesto en duda o fuera tan necio como para reprochar eso a su artículo, sin percatarse de que lo criticable de su nota en La Razón no es su crítica a la dirección de escena, sino su vinculación de cierto catálogo de vicios a la homosexualidad, su evidente falta de cuidado a la hora de escribir su artículo y su afirmación acrítica e infundada, además de copiada literalmente de fuentes espurias con intenciones reaccionarias, de que existe un lobby lírico gay empeñado en imponernos su forma de ver el mundo.

Alonso tampoco pierde la oportunidad de introducir una nueva chanza, tan poco audaz como la citada italiana, que en teoría le habría contado «un famosísimo artista» (nótese de nuevo el énfasis por encarecer sus contactos): «Actualmente en el mundo de la ópera sólo hay dos clases de gente: los incompetentes y los gays. Bueno, también una tercera, los que son ambas cosas». Con esta profundidad se lanza a reforzar su posición: «el lobby gay existe en música, mejor dicho, existen lobbies gays, como existen lobbies judíos». Ahora no existe «el lobby lírico gay» sino «lobbies gays», y ya no influye sólo en la ópera, sino también «en música». Es curioso cuánto sabe Alonso de los lobbies y las pocas pruebas que ofrece. Su mención a los judíos nos retrotrae al texto antisemita de Wagner, El judaísmo en música, escrito con la misma lucidez que el texto frankensteiniano de La Razón.

¿No nos obliga esto a concluir que no hay nada más allá de esa vinculación falaz entre la homosexualidad y el citado catálogo de vicios morales, políticos, religiosos y estéticos? Retorciendo la sintaxis, Alonso intenta convencernos de sus verdaderas intenciones: «Lo que importa es la coherencia, profundidad y fidelidad de los trabajos a compositor y libretista» [sic]. ¿Hacía falta inventarse un lobby lírico gay para defender la fidelidad? Una vez más, la defensa de la fidelidad no parece ser más que una excusa para azuzar a los infieles. 


Daniel Martín Sáez | Musicólogo

Imagen portada: Ópera de Montreal de 'Les Feluettes' (Beckmesser.com

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