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jueves 19/5/22
ENTREVISTA A ALEX VIDAL

"La República estuvo condenada desde su nacimiento"

En 'España, la historia de un país por resolver'; Alex Vidal hace una síntesis de la historia peninsular desde los primeros reinos hasta a nuestro actual estado democrático.
españa

¿Nace España con los Reyes Católicos? ¿Estaba loca Juana? ¿Fue el Dos de Mayo una exclusiva rebelión contra el francés? ¿Qué significaba ser español antes del siglo XIX? ¿Quiénes aspiraron a la obra nacional y quiénes buscaron abortarla? ¿Qué República nació en 1931?... Son algunas de las preguntas que ilustran el primer libro de Alex Vidal. Charlamos con el autor, colaborador en Nuevatribuna.


Nuevatribuna | 'España, la historia de un país por resolver'; háblanos del libro.

Alex Vidal | Estaba concebido, en principio, como una edición privada. Sale ahora a la venta una segunda edición. Diría que es, en realidad, el libro que a mí me hubiera gustado leer para comprender España. Explico al comienzo que dejo de lado usos, costumbres, perspectivas artísticas o análisis socio-económicos de cada época. Procuro centrarme, en exclusiva, en ese gran misterio llamado España; en la dinámica y comprensión de sus respectivas soberanías históricas; en los porqués de su secular invertebración. He pretendido una síntesis crítica y sin complejos para comprender por qué los problemas de España son los que son, para bien y para mal. Concebido reinado a reinado, pretendo también una herramienta a modo de consulta; ofrecer respuestas a quienes alguna vez se han asomado a la historia buscándolas y, por el motivo que sea, no las han encontrado.

Nuevatribuna | Puede leerse en la contraportada: “Aquello que creemos conocer, poco o nada tiene que ver con la realidad". ¿La historia depende de quién te la cuente?

A.V. | Algún autor inglés aconsejaba a sus alumnos que antes de estudiar la historia, estudiaran a quien la escribe. Todo estudio o reconstrucción de la historia, hasta el más noble justo medio, entraña su narrativa. Los relatos, por el contrario, son instaurados; responden a un interés superior. Con todo, difícilmente podría nunca resolverse un relato sin un pacto convivencial satisfactorio.

Nuevatribuna | “De todas las historias de la historia, sin duda la más triste es la de España, porque termina mal” escribió Gil de Biedma. ¿Es así?

Por desgracia nuestra historia resulta ingrata; no satisface

A.V. | Por desgracia nuestra historia resulta ingrata; no satisface. Sánchez-Albornoz escribió que es misión del historiador “aprovechar su saber para contribuir a la formación de la conciencia histórica de su nación y de su época”. Sánchez-Albornoz estaba secundando la célebre frase de Ortega: “El hombre no tiene naturaleza sino historia”. Ortega extrañó siempre un relato nacional para su país. Ya en 1914 había dejado dicho en Bilbao: “España no existe como nación; construyamos España”. Azaña, por el contrario, era un gran desacomplejado en este sentido. Su sinceridad era casi gélida, notarial. No concedía espacio al eufemismo o la piadosa escaramuza retórica cuando se trataba de maquillar las carencias patrias. Por eso no resultaba grato a ojos de gran parte del nacionalismo español. ¡Y él lo era! Era también un nacionalista español.

Nuevatribuna | ¿Qué España nace con los Reyes Católicos es un mito?

A.V. | A mi juicio, el principal problema que encontramos cada vez que hablamos del pasado es a qué nos referimos con la palabra “España”. Como recuerda todo un Príncipe de Asturias como Joseph Pérez, la España de Isabel y Fernando, como la de los Austrias, nunca tuvo unidad política más allá de estar gobernada por el mismo soberano. Denominar aquella realidad España resulta inexacto si no entendemos que aludimos fundamentalmente a una expresión geográfica.

Nuevatribuna | ¿Y Juana? ¿Estaba o no estaba loca?

A.V. | La pregunta no es si Juana estaba o no “loca”, sino cuándo enloqueció, si es que deseamos seguir empleando dicho término. Juana fallece longeva, en 1555; pero sabe muy bien lo que quiere en 1506 cuando desembarca con su marido en La Coruña. La reina propietaria de Castilla es anulada por el Hermoso mientras la nobleza autóctona ya ha decidido no respetar la interinidad de Fernando. Juana es traicionada; sufre un Golpe de Estado. En tanto soberana, su deseo es que sea su padre quien siga gobernando en Castilla. La ley ampara las pretensiones de padre e hija pero el encuentro entre soberana y regente no se permite. A Juana la anulan y a Fernando lo expulsan. Cuando Felipe fallece ya no hay más remedio que volver a recurrir al Católico, como ella deseaba. Seguir alimentando el relato romántico, si puede así decirse, es, una vez más, el modo de enmascarar una verdad bastante menos edificante.

Nuevatribuna | ¿Y cuál es esta?

A.V. | Para empezar, que las Coronas de Castilla y Aragón seguían siendo realidades distintas que pronto iban a verse envueltas en una dinámica imperial extranjera totalmente ajena al interés de sus poblaciones.

españa un pais por resolver

Nuevatribuna | Y tras la Guerra de Sucesión, la consolidación de la dinastía Borbón. ¿La cosa se complica?

A.V. | El advenimiento Borbón a comienzos del siglo XVIII implica el fin de la histórica Monarquía federal, o confederal si se quiere, en favor de una monarquía centralista que, sin embargo, continúa siendo un imperio; no una nación. Muchos de los problemas peninsulares venían ya de antes. Constituirse como un imperio católico condena a España desde el mismo momento de su unión dinástica. Felipe II es ya un hombre superado por los acontecimientos. Más allá de los evidentes errores del emperador Carlos, y de la abismal diferencia sociológica entre la España peninsular y, por ejemplo, los Países Bajos, la realidad es que el mundo había cambiado de manera drástica en pocos años. Los parámetros educativos, en clave católica, óptimos aún durante la infancia del padre, resultaban ya generadores de una discordia insuperable en tiempos del hijo. En el momento en que los pueblos de Europa se abren a su reforma religiosa, a un incipiente capitalismo y a nuevos procesos nacional-constituyentes que separan Iglesia y Estado, e integran a sus primeros elementos burgueses, quien se enfrenta a todo ese proceso histórico irreversible no es otra que la Monarquía hispánica, brazo armado del imperio austriaco y guardián universal de un absolutismo católico sin concreción geográfica en el mundo.

Constituirse como un imperio católico condenó a España desde el mismo momento de su unión dinástica

Junto al secular supremacismo de casta del cristiano viejo, otros muchos males se consolidaron a partir de la muerte de Felipe II. Con los Austrias menores llegan los validos. Lerma y Olivares, reyes de hecho, anticipan muchos de los problemas de nuestro tiempo; corrupción y territorialidad incluidas. Catalunya se enfrenta siempre a sus reyes en defensa de su pacto condal. Así ocurre especialmente con Juan II o Felipe IV. Fijémonos también que Rafael Casanova apela, en vísperas de la derrota austracista, a las libertades “de todo el Principado y de toda España”. Como recuerda alguien tan poco sospechoso como Vicens Vives, el catalanismo nunca negó a España como realización histórica; negó la interpretación que de esta se hace desde su centro. Más allá de que la Guerra de Sucesión es un conflicto internacional, los catalanes, como el resto de la corona aragonesa, no lucharon “por España” o “frente a España”, sino por su concreta idea de España, la existente hasta la fecha; una Monarquía federal a partir de sus distintas realidades soberanas. Hasta entonces, el término España no puede concebirse sino como una gran empresa, si puede decirse; un imperio católico (universal) sin fronteras definidas, a pesar de su persistente decadencia.

Nuevatribuna | Y llega la Constitución de Cádiz

A.V. | Los doceañistas no buscaron crear una nación frente a los privilegiados sino junto a ellos; junto a los antinacionales. Al punto de “suplicar” en Cortes. Con todo, nada se les puede reprochar. Aquellos hombres, lo más avanzado de la nación en ciernes, no tenían poder alguno para aspirar a más. Es paradójicamente gracias a la excepcionalidad de la invasión cómo el proceso constituyente iba a gozar de libertad para constituirse. En Madrid existía un gobierno que había otorgado al pueblo español el primer ordenamiento constitucional de su historia. Sus todopoderosas tropas, dueñas de la Península, estaban “ahí fuera”. Sitiadas por el todopoderoso enemigo, aquellas sesiones se encontraban también a salvo del viejo yugo peninsular. Las tropas francesas no sólo sitiaban las sesiones gaditanas; al tiempo, y sin pretenderlo, lo estaban, no ya preservando, también promoviéndolo. Expulsado el francés, el enemigo del poder tradicional pasó a ser español

Nuevatribuna | ¿El Dos de Mayo es más que una reacción frente al invasor?

Este amago de 'revolución española', prolongación de la insurrección popular no iba a poder sustanciarse como una lucha de clases transformadora al estilo francés

A.V. | El Dos de Mayo no sólo nacía una rebelión contra el francés. El invasor fue bienvenido en un comienzo. Con la reacción popular originada a partir de los sucesos de Aranjuez, la población había creído conocer un exitoso episodio revolucionario. Entraba luego Murat en Madrid; al día siguiente lo hacía Fernando. A ojos del pueblo, ¿qué otra cosa podían representar las tropas napoleónicas sino la caída del viejo despotismo? ¿No habían llegado los revolucionarios franceses para ayudar a Fernando VII a derrocar tanta injusticia? Pero Napoleón opta por el cambio dinástico en España y en Bayona, hecha la transacción, Fernando VII vuelve a confirmar a sus autoridades el entendimiento con las francesas. Si bien no se conserva el documento original y se sabe que fue posteriormente modificado, cuando el Dos de mayo el alcalde de Móstoles apela a la guerra contra el francés, está exhortando también al derrocamiento del viejo régimen, traidor a la ilusionante rebelión popular. Napoleón ya no representaba una revolución. El poder español se refugia en el francés como garantía de sus intereses. El Consejo de Castilla fue el primero que, alarmado, buscó neutralizar la rebelión. Recordemos que los capitanes Daoiz y Velarde y el teniente Ruiz son singularidades excepcionales. Con las autoridades españolas en connivencia con las francesas, un ejército cuyo Capitán general en Madrid y resto de altos mandos sin excepción, ordenaban a sus tropas permanecer acuarteladas para, acto seguido, establecer patrullas de vigilancia contra el populacho. Por desgracia, este amago de revolución española, prolongación de la insurrección popular no iba a poder sustanciarse como una lucha de clases transformadora al estilo francés, sino como una resistencia en lógica de guerra frente al invasor. La denominada posteriormente “Guerra de la Independencia” no comienza a ser llamada como tal hasta mediados del siglo XIX. Contemporáneos como Jovellanos no hablan sino de Guerra Civil a partir de 1808.

Nuevatribuna | Y regresa el Deseado…

A.V. | Fernando había asaltado el trono de sus padres. El golpe aristocrático derivaba en una rebelión popular imposible. Con la esperanza del nuevo rey alumbraba también una primigenia, también ingenua, qué duda cabe, aspiración nacional. Cuando Fernando vuelve a cruzar la frontera seis años después, no pocos creen ver en él aquel ariete de Aranjuez, secuestrado por Napoleón, que supuestamente había derribado el antiguo despotismo en 1808 y en cuyo nombre se había legislado en Cádiz.

Que la regencia de aquella primera España liberal recayera en manos de un cardenal Borbón, ilustra acaso, el patetismo de aquel esfuerzo

Pero el rey se ve de nuevo arropado por su cuadrilla de siempre; un poder tradicional que en nada se ha visto mermado. Que la regencia de aquella primera nación recayera en manos de un cardenal Borbón, ilustra acaso, la futilidad y el patetismo de aquel esfuerzo. Fernando VII resulta despreciable y algo más a lo largo de toda su vida. Pero a él le dan todo hecho. El denominado Manifiesto de los Persas prefigura la ya célebre exhortación ministerial de nuestro tiempo: “Que se hunda España que ya la levantaremos nosotros”. La soberanía nacional, revolucionaria idea, no había de cobrar virtualidad. España era restaurada en su realidad previa a 1808 “como si nunca hubieran pasado tales actos”.

Nuevatribuna | Nos adentramos así en el siglo XIX

A.V. | Es con la muerte de Fernando, superados el Trienio liberal y la Ominosa década, cuando los primeros liberales admitidos en palacio intentan conciliar el régimen pasado con el moderno. Tras perfiles como Cea, De la Rosa o Toreno, serviles a la regente, hombres como Calatrava o Mendizábal tampoco se atreven a resueltas reformas. La desamortización eclesiástica, por fuerza mayor, tampoco se hubiera consumado sin una Iglesia que era parte actora en la guerra civil, primera Carlista. Mendizábal prometía a la regente respetar sus privilegios y el Estatuto Real. María Cristina no tardaría en despacharlo. En lo tocante al anhelado andamiaje constitucional, interesa insistir en el drama que subyace en todo este escenario: en palacio, y como consecuencia de la debilidad liberal, la renuencia hacia una verdadera obra creadora nacional permanecería inalterable. Hacer suya la despótica causa real “le impidió al liberalismo español ser liberal” recordaría Azaña.

Hoy, la emergencia de los nuevos partidos regionales continúa evocando la reclamación soberana de las Juntas frente al poder central durante el siglo XIX

Pasadas tres décadas desde la muerte de Fernando VII, el anhelado proyecto de la nación española permanecía sin afrontarse siendo el autoritarismo su única fórmula. El enfrentamiento entre María Cristina y Espartero por la ley de Ayuntamientos, la recurrente emergencia de las Juntas regionales, los esfuerzos por una soberanía de abajo arriba durante la Primera República… Todo responde, una y otra vez, a la misma cuestión: la pugna por la definición de la idea de España. Los años que transcurren desde 1833 a 1875 son cruciales para entender nuestro presente. En este sentido, la Restauración canovista representa el desistimiento de cualquier ensayo vertebrador. Agotada la farsa turnista, ya sólo quedaba la monarquía en modo dictadura. En nuestros días, la emergencia de los nuevos partidos regionales no evoca sino la recurrente reclamación soberana de las Juntas contra el poder central a lo largo de todo el siglo XIX.

Nuevatribuna | Llegamos a la Segunda República

La débil República liberal española precisaba de un Estado fuerte del que carecía

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A.V. | Desgraciadamente la República se adelantó por pocos años a su tiempo. Azaña era un hombre demasiado avanzado para su época. Como escribe Miguel Maura, “La República sólo podía arraigar en España siendo conservadora”. A Ortega le hubiera gustado un Napoleón III y un gran partido nacional; una renovada Unión Liberal o Unión Patriótica, ahora republicanas, claro. La República estuvo condenada desde su nacimiento. Violentada por el fascismo y la reacción a un lado; sobrepasada por el hambre en el campo y el anarcosindicalismo al otro, la débil República liberal española precisaba de un Estado fuerte del que carecía. Lejos de defenderla, y viendo amenazados sus intereses, los tradicionales grupos rectores prefirieron asaltarla. La guerra civil española no es otra cosa que la reacción preventiva de las clases dirigentes –Iglesia, ejército, oligarquías agraria y financiera– frente a un inesperado poder en manos de una nueva burguesía reformista que, lejos de pervertirse y seguir traicionando el rol al que estuvo llamada desde 1833, se lanzaba a la definitiva creación de la nación española.

Nuevatribuna | ¿España ha de aspirar a conllevarse, como decía Ortega?

Únicamente una constitución plurinacional y federal sería capaz de satisfacer todas las demandas

A.V. | Desde la muerte de Franco, la exacerbada acritud con que el conservadurismo español encaja cada legislatura social-demócrata, expresa la evidencia de la difícil resolución de España como nación. Durante la Transición se hizo lo que se pudo y con miedo. Cualquier otra generación no hubiera hecho nada distinto. Juan Carlos I comprendió pronto que asegurar su restauración implicaba traicionar el mandato franquista. Coincidieron así sus intereses con los de la voluntad popular. Pero aquella recién nacida democracia fue posible también por un carácter de provisionalidad que supo resignar lo más sensible. Rendición de cuentas, reparación, confiscaciones a los vencidos, nacionalidades... Recordemos la confesión de Jordi Solé Tura respecto a la imposición del Art.2. Convertir todas aquellas dificultades en una suerte de ejemplar proceso constituyente respondió a una necesidad, pero siempre es el pasado el que nos señala el futuro. Javier Pérez Royo apunta que todas las sociedades democráticamente constituidas son capaces de renovar su pacto constitucional. Reforman su Constitución porque son democráticas y son democráticas porque reforman su Constitución. No existe democracia en la que esto no haya ocurrido, concluye, salvo la española. Si nuestro pacto convivencial contiene alguna ecuación resolutoria, esta no sería otra que la común comprensión de su pluralidad. Coincido con Santiago Alba Rico en su último ensayo cuando apunta que únicamente una constitución plurinacional y federal sería capaz de satisfacer todas las demandas.

"La República estuvo condenada desde su nacimiento"