miércoles 8/12/21

Como era de esperar, el amigo que mandó la acerada crítica a la nota llamada “Desorden” reacciona y su reacción da lugar a un cruce de educados comentarios en los que, entre otras varias cosas, nos enredamos con la estructura del proceso de comunicación y sus inesperadas derivadas y en, el llamado “sesgo de confirmación”. ( El programa de Pere Estupiñá emitió un estupendo episodio al respecto en la serie “Cazador de cerebros” que recomiendo especialmente.)

En pocas palabras, este mecanismo mental hace que atendamos, busquemos, creamos y valoremos de forma positiva las informaciones que nos llegan confirmando nuestra forma de pensar y hagamos exactamente lo contrario con aquellas que contradicen nuestras ideas. Parece una tontería, pero la cosa tiene mucha importancia pues: 

a.- nos pasa a todos.

b.- facilita enormemente la manipulación de ingentes cantidades de población

c.- es un arma venenosa en manos del populismo, la manipulación y el sectarismo

Internet permite que cada cual viva en un espacio cerrado a la más mínima distorsión ideológica o discrepancia y permite un constante flujo de información “positiva” reforzadora de cualquier idea, por absurda que ésta sea. Si nosotros mismos no hacemos el esfuerzo de cuestionar, primero nuestras propias ideas y luego, buscar alternativas que complementen puntos de vista, aporten  nuevas formas de entender la realidad y nos abramos a la discrepancia, habremos caído en la trampa mental que tan bien saben manejar algunos asesores de comunicación y cuyo máximo exponente es Trump, los negacionistas de las vacunas o los terraplanistas.

Soy consciente y contemplo encantado, y con distancia, la forma en la que mis escritos son entendidos o cambian el sentido inicial de mi intención al escribirlos; me maravilla ver que, de repente, una referencia marginal acaba convertida en el centro de una encendida argumentación o la forma en la que el tono general acaba dando una imagen de mi mismo en la que no me reconozco ni de lejos. Todo ello me lleva a la conclusión de que mi labor termina en el exacto momento en el que concluyo o publico el escrito y que, desde ese momento, el texto adquiere la capacidad de tomar mil formas y desarrollar mil vidas sin que yo pueda hacer nada para dirigir el rumbo.

Lo que escribimos parece tener una especie de vida o voluntad propia que, al llegar a un cerebro ajeno, interactúa con cada lector de forma diferente y toma distintos significados y prevalencias que yo ni había considerado, ni por supuesto,  imaginaba posibles ateniéndome a mi intención y a mi propia lectura. De verdad que la cosa tiene algo de mágica y eso hace que tener retorno, saber lo que cada lector ha elaborado por su cuenta, me gusta y me proporciona nuevos elementos de reflexión.

La conclusión de todo este rollo, si es que puede haber una conclusión, tiene dos caras:

1º.- Escriba lo que escriba y en el tono que lo escriba, por muy suave, respetuoso y comedido que sea, generará un “sesgo de confirmación” positivo o negativo que condicionará y “elaborará” el mensaje de arriba abajo: o bien se recibirá de forma favorable buscando elementos que refuercen el contenido mental del receptor o, por el contrario, será expulsado, rechazado y expurgado en busca de la nociva influencia del enemigo mortal que acecha más allá de la comodidad mental del receptor.

2º.- Asume la libertad transformadora de tu propio texto y no intentes argumentar sobre lecturas e interpretaciones que cada receptor haya podido hacer. Tu labor terminó al darle al “enter” y más allá, sólo queda la contemplación y disfrute del proceso, sin mucha más historia.

Mi personal moraleja se basa en que he conseguido escribir lo que quiero y no preocuparme demasiado de lo que cada lector piense o interprete. No ha sido fácil, pero estoy en camino de conseguirlo.

Escritos con vida propia