domingo. 14.07.2024

El llamado también Califato abásida fue una dinastía califal fundada en el año 750 por Abu l-Abbás, descendiente de Abbás que era tío de Mahoma, que se hizo con el poder tras eliminar a la dinastía omeya y trasladó la capital de Damasco a Bagdad. Bagdad se convirtió en uno de los principales centros de la civilización mundial durante el califato de Harún al-Rashid.

Los abasíes basaban su pretensión al califato en su descendencia de Abbás ibn al-Muttálib entre los años 566 al 652, y era uno de los tíos más jóvenes del profeta Mahoma. Muhámmad ibn Alí, bisnieto de Abbás, comenzó su campaña por el ascenso al poder de su familia en Persia, durante el reinado del califa omeya Umar II.

  1. SUS INICIOS
  2. SU ORGANIZACIÓN
  3. EL FINAL DE LOS ABASÍES
  4. LA INVASIÓN DE LOS MONGOLES 

Durante el califato de Marwán II, esta oposición llegó a su punto culminante con la rebelión del imán Ibrahim, descendiente en cuarta generación de Abbás, en la ciudad de Kufa y en la provincia de Jorasán. La revuelta alcanzó algunos éxitos considerables, pero finalmente Ibrahim fue capturado y murió en prisión en el año 747.

Continuó la lucha su hermano Abdalah, conocido como Abu ul Abbás as-Saffah quien, después de una victoria decisiva en el río Gran Zab en el año 750, aplastó a los omeyas y fue proclamado califa.

Al-Ándalus se independizó de los abasíes con Abd al Rahmán I en el año 756, y en el año 776 se independizó el Norte de África. El poder imperial recayó en los sultanes selyúcidas en el siglo X.

El sucesor de Abu al-'Abbás, Al-Mansur, funda en el año 762 la ciudad de Bagdad, a la que traslada la capitalidad desde Damasco.

SUS INICIOS

Hasta mediados del siglo VIII los abasíes habían dado poco de qué hablar. Eran descendientes de Abbás, un tío del profeta Mahoma que no se había distinguido especialmente en los tiempos heroicos. Sus descendientes habían apoyado al califa Alí, y aunque no parece que mantuvieran relaciones cordiales con los omeyas, se habían establecido en Humayma, una pequeña aldea de Palestina.

Como descendientes de Abbás, y por tanto parte del clan Banu Hashim, que era del mismo clan del profeta, los abasíes afirmaron ser los verdaderos sucesores del profeta en virtud de su linaje más cercano.

Los abasíes también atacaban el carácter moral de los omeyas y su administración en general. Según Ira Lapidus, “La revuelta abasí fue apoyada en gran parte por árabes, principalmente los colonos agraviados de Merv con la adición de la facción yemení y sus mawali que eran los conversos no-árabes”.

Los abasíes apelaron a los musulmanes no-árabes, conocidos como mawali, que permanecían fuera de la sociedad basada en el parentesco de los árabes y eran percibidos como una clase baja dentro del imperio omeya.

Muhammad ibn Alí, bisnieto de Abbás, comenzó a hacer campaña en Persia para el regreso del poder a la familia del Profeta Mahoma, los Hashimitas, durante el reinado de Úmar.

Más allá de las sutilezas genealógicas, el factor fundamental fue que supieron sacar provecho de los principales grupos opuestos a los omeyas, que basaban su ideario en colocar en el califato a un miembro de la familia del profeta.

A tal fin, los abasíes empezaron a tejer una conspiración en Kufa. Para no cometer los errores de revueltas anteriores se fueron a la región fronteriza de Jprasán, donde habían emigrado muchos árabes, enviando a Abu Muslim.

Este fue un personaje misterioso que proclamó que los omeyas habían traído la opresión, por lo que se necesitaba a un miembro de la familia del profeta para dirigir a la comunidad musulmana y vengar las atrocidades cometidas por los omeyas, sin revelar que el instigador de la revuelta era Ibrahim ben Muhámmad ben Alí, el cual esperaba en Humayma la evolución de los acontecimientos.

Mucha gente se unió al ejército de Abú Muslim. El resto es historia militar: el año 748, aprovechando la caótica situación que se vivía en el imperio de Marwán II, Abu Muslim conquista Merv, un año más tarde Kufa y poco después vence en la batalla del Xab.

Entretanto capturan a Ibrahim ben Muhámmad ben Ali y le matan, y cuando los rebeldes entran en Kufa, su sucesor, Al-Saffah entre los años 750-754, también conocido como Abu al-‘Abbás Abdulah ibn Muhámmad as-Saffah o Abul-‘Abbás al-Saffah, fue proclamado califa.

Por fin el secreto de quién era ese sucesor había sido desvelado, y hay constancia de que a algunos les causó una gran decepción. Para contrarrestar esta pérdida de apoyos, Al-Saffah hizo todo lo posible por atraerse a los jefes militares que habían formado la espina dorsal del antiguo ejército omeya.

Además, las circunstancias en las que se había producido la ascensión requerían contar con más apoyo, lo que quedó muy claro cuando a la muerte de Al-Saffah, después de solo cuatro años de mandato, se planteó la cuestión sucesoria, que enfrentó a un hermano del fallecido, Abu Yá‘far, conocido como Al-Mansur, con su tío Abdalah.

La crisis se decidió por las armas y si Al-Mansur pudo proclamarse finalmente califa entre los años 754 y 775 fue gracias al decidido apoyo que le otorgaron Abu Muslim y sus jorasaníes.

El nuevo califa no pudo permitirse el ser agradecido y ejecutó a Abu Muslim valiéndose de engaños. Luego, ante el temor de nuevas revueltas entre sus familiares mandó encarcelar a varios de sus tíos y matar a familiares y allegados.

Durante su reinado mejoró la economía del país, que alcanzó gran prosperidad, implantó el árabe como lengua oficial y las letras y las ciencias florecieron bajo su reinado. Madínat al-Salam fue el fundador de Bagdad. Murió cerca de La Meca durante la peregrinación.

A Al Mansur le sucede su hijo Al-Mahdi entre los años 775 y 785. Éste supo mantener y aumentar el rico califato que heredó de su padre. Continuó con las mejoras iniciadas por su padre, mejorando la industria alimentaria y textil y la calidad de las viviendas.

Mientras tanto, los bizantinos, aprovechando las luchas internas desde los inicios del califato abasí, fueron apoderándose de Siria, para que al final el califa enviara tropas obligando a la emperatriz Irene a firmar la paz y a pagar un tributo anual.

En Jorasán, donde no se consolidaba el islam, el guerrero Al-Muqanna, con la idea de revivir los ideales persas, se enfrentó a los abasíes llegando a conquistar Transoxania. Los ejércitos del califa lograron vencerle y Al-Muqanna se suicidó.

Al-Mahdi quiso que le sucediera su hijo menor, Harún, pero su primogénito no estaba de acuerdo y se enfrentó a su padre, que murió en el camino a la batalla contra su hijo. Le sucede entonces su primogénito, Musa al - Hadi, que tenía la intención de nombrar heredero a su hijo excluyendo de la línea sucesoria a su hermano Harún, pero murió antes de hacerlo.

Harún al –Rashid entre los años 786-809 es el califa abasí que mejor ilustra el apogeo de la dinastía. Se cuidó mucho de llamar a la yihad para extender el islam en la península de Anatolia, aunque no avanzó demasiado. Se rodeó de gran lujo y boato, distanciándose de sus súbditos y se hacía llamar la sombra de Alá en la tierra.

Tuvo que hacer frente a varias rebeliones: los jarivíes [1] tomaron por dos veces Mosul pero fueron sometidos y el califa mandó derribar las murallas que la rodeaban. 

El emperador bizantino Nicéforo I rehusó pagar el tributo y tuvo que ser obligado a la fuerza. Los bereberes volvieron a rebelarse en Ifriqíya, y en Fez un rebelde llamado Idrís fundó el reino independiente de los idrísidas. Allí se dirigió un ejército de Ibrahim al-Aglab, que se sublevó en Túnez y fundó la dinastía de los aglabíes, con capital en Cairuán.

La mayoría de las revueltas se sofocaron con gran contundencia, por lo que se siguieron de un tiempo de calma. Se vivió un renacimiento cultural y se hicieron traducciones al árabe de textos griegos, persas y siríacos y basándose en esos conocimientos se realizaron grandes avances científicos. También alcanzaron gran auge la industria y el comercio.

En este momento se produce el inicio de la decadencia del califato. Provincias como Ifriqíya y Al-Andalus se fueron independizando poco a poco y en Samarcanda se sublevó Rafi ben Layt que, en poco tiempo, independizó la Transoxania. Se sublevaron los jariyíes en Jorasán y el propio califa acudió para sofocar la revuelta, pero murió antes de llegar.

Justo antes de asestar su formidable golpe contra los Barmáquidas en el año 803, el califa hizo públicos los términos en que habría de producirse la sucesión:

  • Su hijo Al-Amín habría de convertirse en califa con el apoyo del ejército estacionado en Bagdad.
  • Su segundo hijo, Al-Mamún habría de recibir la provincia de Jorasán, y aun cuando debía de prestarle fidelidad a su hermano su gobierno era independiente en la práctica. 

Apenas dos años después de la muerte de su padre, sus dos hijos se enzarzaron en una guerra civil de catastróficos resultados, conocida como Guerra Civil Abásida o Cuarta Fitna. El momento culminante de esta guerra fue el asedio a Bagdad por parte de las tropas de Al-Mamún entre los años 813 y 833, que se rindió en 813.

Esta rendición no trajo el final de la guerra, que se alargó hasta el año 819 por la decisión del califa de nombrar como heredero a Alí ibn Musa, conocido como A-Rida “el elegido” por ser un descendiente directo de Alí. Al final, y por razones algo oscuras, el propio califa dio fin a la conflagración. 

Tras deshacerse de los elementos persas que hasta entonces conformaban su círculo político decidió regresar a Bagdad. Al-Rida fue envenenado, por eso es considerado mártir por los chiíes duodecimanos [2] y la autoridad central restituida.

Las conmociones políticas con las que se inauguró el siglo IX no fueron las únicas que azotaron al imperio. Detrás de ellas, y a veces claramente interrelacionadas, existieron importantes convulsiones sociales que ahora se manifiestan con gran virulencia y extensión geográfica.

Una de las razones de estas convulsiones fue la sombría situación de los campesinos. Sometidos a una fuerte presión tributaria, estaban obligados a pagar en dinero las cosechas, lo que significaba el venderlas a un precio más bajo cada vez que los agentes fiscales tenían la ocurrencia de aparecer por su aldea.

La negativa o tardanza en el pago eran castigadas con una dureza ejemplar y la única salida que tenían era la huida de sus tierras, lo que provocaba que las comunidades se quedaran con menos miembros y con la misma cantidad a pagar.

En algunos casos las revueltas sociales adquirieron tintes de movimientos religiosos. Este es el caso de las revueltas que tuvieron como escenario Jorasán y que se basaron en el recuerdo de la carismática figura de Abú Muslim, que inspiró una doctrina de grupos conocidos con el nombre genérico de Jurrumiyya.

Sus doctrinas le otorgaban a Abú Muslim el rango de profeta, negaban la resurrección, creían en la transmigración de las almas y predicaban la comunidad de mujeres, creencias directamente herederas del mazdakismo [3], el gran movimiento social y religioso que había conmocionado a la comunidad persa en el siglo VI.

Las conmociones sociales y políticas del siglo IX trajeron también el debilitamiento del antiguo ejército jurasaní que había llevado al poder a la familia abasí. El califato de Al-Mamún presenció la subida de un miembro de la familia abasí que fue quien mejor supo darse cuenta de estos cambios, Al-Mutásim.

Este personaje alcanzó notoriedad gracias a su habilidad para rodearse de un ejército privado compuesto por unos pocos millares de soldados, en su mayoría turcos procedentes de territorios más allá de las fronteras del imperio.

Para sofocar las revueltas jariyíes de Jorasán, como la encabezada por Babak Khorramdin, envió a un oficial de ejército, Táhir, que sofocó la revuelta y gobernó la zona con gran acierto para independizarse posteriormente. A su muerte, su hijo instauró en la zona la dinastía de los tahiríes en el año 822.

También tuvo que hacer frente a los chiíes de Kufa y Basora y favorecer a los mu’tazilíes [4], cuyas ideas coincidían con su carácter intelectual. Esto provocó muchas tensiones, así como el arresto del imán Ahmad ibn Hanbal, fundador del hambalismo [5], que se convirtió en un héroe para muchos.

Al-Mamún intentó poner fin a estos descontentos renovando el pacto con los chiíes y nombrando al imán chií Al-Rida su heredero. No gustó en Bagdad esta decisión y el pueblo se sublevó, proponiendo como candidato a Ibrahim, hijo de Al-Mahdi.

Muere el califa cuando se dirigía a enfrentarse con los bizantinos y le sucede su hermano Al-Mu'tásim entre los años 833 y 842. En este califato aumentaron las rebeliones internas y la inseguridad. 

Su guardia personal de confianza estaba formada por esclavos turcos que fueron subiendo en la escala de la administración, lo que causó la protesta de la población de Bagdad.

Se hizo construir una nueva capital, Samarra, a 100 km de Bagdad, pero al contrario que ésta, no tuvo éxito. Los oficiales turcos fueron adquiriendo más poder, hasta el punto de que la vida del califa y el gobierno llegaron a depender de ellos.

Algunos oficiales turcos se hicieron independientes y crearon sus propios estados. Además, la vida de lujo que llevaba el califa tenía que ser pagada mediante extorsiones a funcionarios.

Le sucedió su hijo Al – Wáthiq entre los años 842 y 847 y a este su hermano Al- Mutawákkil entre los años 847 y 861. Este último llevó a cabo un gobierno represivo. En el año 849 anuló los decretos que favorecían a los mutazilíes y excarceló a los presos por motivos religiosos.

Persiguió a los chiíes y buscó apoyo en la ortodoxia, a la que concedió puestos de responsabilidad en la administración. Persiguió también a cristianos y judíos. Para huir de la presión turca mandó construir a las afueras de Samarra un grandioso palacio llamado Al-Gafariyya, pero este cambio no evitó que fuera asesinado en el año 861, víctima de un complot de uno de sus hijos y varios oficiales turcos.

Esta muerte señalaba un cambio en las relaciones entre los califas y sus esclavos militares turcos. Durante el periodo anterior, los califas habían sido capaces de ejercer un control absoluto sobre esos soldados, pero a medida que pasaba el tiempo, este poder iba disminuyendo.

Durante los nueve años posteriores a este asesinato entre los años 861 y 870, el califato abasí quedó sumido en el caos más absoluto. Cuatro califas se sucedieron durante este periodo, todos asesinados y en un estado virtual de guerra civil.

Esto supuso que cuando el califato pudo superar su crisis interna en los años posteriores a los años 870, ya no les fue posible mandar gobernadores a las provincias y esperar tranquilamente a que recaudaran los impuestos y mantuvieran el orden.

Ante el hecho consumado de que los poderes locales tenían una sólida implantación en sus provincias, los califas de Bagdad no tenían más remedio que hacer reconocer y conseguir que estos gobernantes locales mandaran las recaudaciones de su zona.

Pero el proceso de desintegración era ya irreversible. De hecho, Ahmad ibn Talun que era gobernador de Egipto nombrado en el año 868, desafió más al gobierno extendiendo su dominio también a Palestina y Siria, donde gobernó 37 años.

Pese a tener todos estos elementos en contra, durante los treinta últimos años del siglo IX, el califato abasí experimentó una fugaz recuperación de la mano de Al-Muwaffaq, que paradójicamente nunca ejerció como califa.

Su logro fue aglutinar en torno a sí a los principales jefes del ejército turco. Con esta visión política, Al-Muwaffaq permitió que gobernara su hermano Al-Mutámid del año 870-892, aunque al final este califa fue relegado a un mero papel de comparsa.

Ambos hermanos murieron uno después del otro entre los 891 y 892. Un hijo de Al-Muwaffaq conocido como Al – Mutádis del año 892 al 902 fue proclamado califa. Sus años de gobierno estuvieron marcados por luchas en todos los frentes, que en algunos casos tuvieron éxito como en SiriaSiria y el norte de Mesopotamia y Egipto. No fue así en el oriente de Irán, que pasó a manos del emirato samaní.

Pese a todo esto, a comienzos del siglo X, el califato abasí parecía haber recuperado sus tiempos de esplendor; incluso los samaníes, que eran gobernadores independientes, tenían que reconocer la soberanía califal.

Este momentáneo resurgimiento se debió al buen gobierno de unos pocos califas. En cuanto el poder pasó a manos de califas peor dotados, todo este imponente edificio se derrumbó con pasmosa facilidad.

SU ORGANIZACIÓN

Los abasíes, aupados en el poder por un movimiento que tuvo en el componente ideológico y el potencial militar sus principales bazas, pudieron imponer en un primer momento un alto grado de centralización en todo el imperio, con la excepción de Al Andalus y el norte de África.

La pretensión de que los abasíes eran miembros de la familia del profeta legitimó totalmente la dinastía; así, no fueron criticados por la sucesión dinástica y solo tuvieron que enfrentarse a los partidarios de la rama de Alí, que se sentían decepcionados con la forma de gobernar de los califas y anularon el pacto firmado con los abasíes.

En estos enfrentamientos murió Muhámmad, el biznieto del profeta, que se hizo fuerte en Medina y su hermano Ibrahim, que se había sublevado en Basora. Aparte de la familia, los abasíes tuvieron un sólido apoyo, los mawaliadscritos al linaje abasí que fueron empleados en la administración central y provincial.

Algunos de los mawalis llegaron a formar familias de servidores de la administración. Los barmakíes [6] se hicieron legendarios en poder e influencia dentro de la administración, hasta que en 803 todo esto llegó a su fin. El califa Harún al-Rashid hizo que la familia cayera en picado, encarcelando a unos y matando a otros.

También fue de gran importancia la aristocracia militar, ya que el ejército pasó a organizarse por el criterio de la procedencia geográfica de la tropa, y no en ficticias afiliaciones tribales como en la época omeya.

Hay cambios políticos de marcada influencia persa: los califas abasíes ostentaron la jefatura religiosa y política. Se rodearon de un gran ceremonial jerárquico que estaba supervisado por un chambelán, dejaron las tareas de gobierno en manos de un gran visir, con plenitud de poderes, que presidía un consejo formado por los jefes de los distintos diwan o departamentos administrativos.

EL FINAL DE LOS ABASÍES

Es muy significativo que esta desintegración se produzca en el momento en que el islam es asumido por la mayor parte de las poblaciones que habitan en la zona. Minoritaria hasta entonces, el islam comienza a ser la religión predominante entre los pueblos indígenas conquistados por los árabes tres siglos antes. Esta propagación de la fe trajo mayor uniformidad ideológica, pero también se acentuaron las divisiones sectarias.

Dinar de oro del califato abasíe
Dinar de oro del califato abasíe

La definitiva crisis del califato abasí se desarrolló entre los años 908 y 945. Durante este periodo cinco califas se sucedieron en Bagdad, de los cuales cuatro fueron depuestos por métodos violentos.

Los sucesos y vaivenes políticos que jalonaron esta crisis fueron complejos. Fueron las intrigas de una facción de la burocracia civil, las que permitieron que se proclamara califa a uno de los miembros más débiles y fácilmente manejables del linaje abasí, Al-Muqtádir entre los años 908 al 932, cuyo gobierno estuvo controlado por los visires, de grupos rivales que luchaban por acaparar los recursos fiscales.

El asesinato de este califa fue consecuencia de la crisis de poder central y desató de forma ya imparable la espiral de crisis interna.

La falta de recursos tenía unas raíces complejas. Para hacer frente a la recaudación fiscal, los califas echaban mano de los arrendatarios, familias que adelantaban una suma al califa y luego eran ellos los responsables de recaudar los impuestos a los ciudadanos.

Estos arrendatarios normalmente daban menos de lo que en realidad recaudaban, por lo que acumularon grandes fortunas y explotaban como podían a los campesinos para reunir más ganancias.

Atrapado el gobierno central por la necesidad imperiosa de hacer pagos, sobre todo a un ejército siempre dispuesto a rebelarse, tuvo que ceder ante las presiones y permitir a los militares que recaudaran ellos mismos los impuestos.

Eso dio lugar a la concesión del igar, que suponía la concesión de territorios en los cuales no podían ejercer su autoridad agentes del gobierno central, sino que el beneficiario recaudaba los impuestos y le enviaba al califa una cantidad fijada de antemano. que no pasaba de ser una cantidad simbólica.

Durante este periodo se hizo frecuente también la ilya o himaya, donde un campesino se ponía bajo la protección de un señor cediéndole sus tierras. Con ello los campesinos buscaban ponerse al amparo de las arbitrariedades de los agentes fiscales y de las convulsiones causadas por las guerras. En algunas zonas contribuyó a imponer una situación servil sobre las poblaciones rurales.

Ahmad b.Buya hizo su entrada en Bagdad al frente de un victorioso ejército en enero del año 946. El califa abasí de turno no tuvo más remedio que cederle el poder efectivo, poniendo fin a varias décadas de lucha en las cuales los jefes del ejército se habían hecho con todo el poder.

Esta familia, los buyíes eran oriundos de Dailam al norte de Irán. Tres hermanos buyíes, Alí, Áhmad y Hasan supieron aprovechar este momento de debilidad y reclutaron un ejército formado por dailamíes acumulando éxitos militares en todo su camino a Bagdad. Obligaron al califa a entregarles títulos grandilocuentes y a confiarles el gobierno de los territorios que habían conquistado.

Tuvieron que establecer un sistema de iqtás [7] y enrolar a turcos para su ejército, sistema que sobrevivió hasta la llegada de los señyuquíes. Uno de los rasgos que más ha llamado la atención sobre los buyíes es el hecho de que, a pesar de ser chiíes, no manifestaron ninguna predisposición contra el califato abasí y permitirían que sobrevivieran, aunque evidentemente reducido a un papel simbólico y que, paradójicamente, en este periodo pasaría a ser el punto de referencia espiritual de todos los musulmanes suníes.

El califa abasí, que cada vez se apoyaba más en las tribus turcas, pidió ayuda a los selyúcidas para expulsar a los buyíes de Bagdad. Los selyúcidas conquistaron la ciudad y se aliaron con los abasíes en el año 1055. 

El califa nombró al jefe turco, Tugril Beg, rey de Oriente y Occidente, y los turcos pasaron a ser soberanos del imperio. Gobernaban de forma represiva e intolerante con las diferentes ideas y religiones que gobernaban el califato, al que sumieron en una decadencia definitiva. 

Los turcos cedieron y compartieron el califato en el año 1055. Los sucesores de la hegemonía abasí tuvieron que enfrentarse a más amenazas exteriores, como los hamdaníes del norte de Mesopotamia y parte de Siria, cuyos orígenes son una tribu árabe muy anterior que, coincidiendo con la crisis del califato, afianzó su linaje y se apoderó de Mosul, entrando en conflicto directo con los buyíes.

A esto se unió la toma de Alepo en el año 944 por Sayf al-Dawla. La rama que gobernaba en Mosul sobrevivió hasta el año 979, cuando fue eliminada por los buyíes. Su frontera con el imperio bizantino también fue conflictiva, aunque su final llegó con la llegada de los fatimíes [8].

Aunque el califa Al-Mustárshid fue el primero en formar un ejército capaz de enfrentarse al selyúcida, fue finalmente derrotado en el año 1135 y asesinado. El califa Al- Muqtafi II fue el primero de los abasíes en recuperar la independencia militar total del Califato, con la ayuda de su visir Ibn Hubryra.

Después de casi doscientos cincuenta años de sometimiento a dinastías extranjeras, defendió con éxito Bagdad contra los selyúcidas en el asedio de Bagdad del año 1157, lo que le otorgó el control de Iraq.

El reinado de Al - Nasir extendió el dominio del califato a todo el país, gracias en gran parte a las organizaciones futuwwa de los sufíes [9], que encabezaba el califa. Al- Mustánsir construyó la universidad al-Mustansiriva en un intento de eclipsar la de Nizamiyya, construida por Nizam al-Mulak durante el periodo de señorío selyúcida.

LA INVASIÓN DE LOS MONGOLES 

Gengis Kan estableció una poderosa dinastía entre los mongoles de Asia Central en el año 1206. Durante el siglo XIII, este imperio mongol conquistó casi toda Eurasia, incluyendo tanto China en el este, como gran parte del antiguo califato islámico y la Rus de Kiev en el oeste.

La destrucción de Bagdad en el año 1258 por Hulagu Kan se considera tradicionalmente el final aproximado de la Edad de Oro. Los mongoles temían que un castigo sobrenatural cayera sobre ellos si derramaban la sangre de Al-Musta´sim, descendiente directo del tío Mahoma y último califa abasí de Bagdad.

Los chiitas de Persia indicaron que tal calamidad no había ocurrido a la muerte del imán chií Husséin. Sin embargo, como medida de precaución y de acuerdo con un tabú mongol que prohibía derramar sangre real, Hulagu ordenó que Al-Musta'sim fuese envuelto en una alfombra y pisoteado hasta la muerte por los caballos el veinte de febrero del año 1258.

La familia inmediata del califa también fue ejecutada, con la excepción de su hijo menor, quien fue enviado a Mongolia, y una hija que se convirtió en esclava en el harén de Hulagu. De acuerdo con los historiadores de Mongolia, el hijo sobreviviente se casó y tuvo hijos.


BIBLIOGRAFÍA

Blankinship, Khalid Yahya (1994). “The End of the Jihâd State: The Reign of Hishām ibn ʻAbd al-Malik and the Collapse of the Umayyads”. 1994. State University of New York Press. Albany, NY.
Daniel, Elton L. “The Political and Social History of Jorasán under Abbasid Rule, 747–820”. 1979. Bibliotheca Islamica, Inc. Minneapolis and Chicago.
Hourani, Albert. “History of the Arab Peoples”.
Kennedy, Hugh N. “The Prophet and the Age of the Caliphates: The Islamic Near East from the 6th to the 11th Century”. 2004. Pearson Education Ltd. Harlow, UK:
Shaban, M. A. “The ʿAbbāsid Revolution”. 1979. Cambridge University Press. Cambridge.
Sharon, Moshe. “Revolt: the social and military aspects of the ʿAbbāsid revolution”. 1990. Graph Press Ltd. Jerusalem.


[1] La palabra jariví significa “el que sale”, en referencia a la deserción que protagonizaron en el año 657 cuando abandonaron el bando de Ali al aceptar éste en el campo de batalla de Siffín un arbitraje entre él y su adversario, el omeya Muawiya.
A diferencia de los suníes, que consideraban que el califa debía ser un árabe varón miembro de la tribu de Quraish, y de los chiíes, que consideraban que debía ser Ali, yerno de Mahoma, o un descendiente directo suyo, los jariyís pensaban que la dignidad califal emana de la comunidad, que debe elegir libremente al más digno “aunque sea un esclavo negro”.

[2] El chiismo duodecimano o imamí constituye la mayor rama del islam chií. La denominación duodecimano se origina en las creencias definitorias de la corriente en doce guías sucesorios en el linaje de Alí, de designación divina, conocidos como los doce imanes; y en que el duodécimo de estos, del que se cree que desapareció y está oculto desde el año 874, es el Mahdi que ha de reaparecer como redentor al final de los tiempos.
[3] El mazdakismo es una corriente religiosa nacida en Persia, en el Imperio sasánida, al final del siglo V, derivado del mazdeismo y el maniqueísmo. Debe su nombre a su fundador, Mazdak. el mazdakismo es una religión dualista. Existía dos principios: el Bien (la Luz) y el Mal (la Oscuridad). La mezcla accidental del dos había generado el Mundo. Lo que se percibía como una tragedia por el maniqueísmo, más bien se ve bajo una opinión optimista por el mazdakismo.
[4] Los mutazilíes forman una escuela teológica del pensamiento islámico. Su origen data del siglo IX, fue adoptada como enseñanza oficial durante el reinado del califa Muhammand I.con sus ideas filosófico-teológicas proyectaban en la sociedad musulmana una forma de concebir y hacer política, ya que prejuzgaban la legitimidad de los gobernantes si ésta no encontraba el respaldo y voluntad libre de sus súbditos. Estas ideas chocaban con las autoridades gobernantes que consideraban a mutazilíes una corriente permanente de contestación. El esplendor intelectual a que dieron lugar durante varios siglos se vio interrumpido por los fanáticos ortodoxos del Islán.
[5] Los principios en los que el Imam Ahmad basaba sus fetuas eran cinco. El primero es un texto firme y seguro. Si había un texto firme, daba su fetua de acuerdo al mismo, y no prestaba atención a aquello que fuera contrario al mismo, y por ello es que puso antes al texto que a las Fatwas de los Compañeros. Ibn al-Qayim da algunos ejemplos de este desacuerdo entre fetuas de los Compañeros y un texto.
[6] Familia persa a la que pertenecieron algunos visires de los primeros califas abasíes. El nombre deriva del término sánscrito barmek, título del gran sacerdote del templo budista del Nuevo Convento de Balj. Deportados al Jurasán, se establecieron en Basora y se convirtieron al islamismo. El miembro más destacado de esta familia fue Yahya ibn Jalid al-Baramika (c. 738-?), visir de Harun al-Rasid.
[7] El iqtá era una institución del mundo musulmán que consistía en la concesión, a largo plazo o perpetua, de los ingresos de una determinada propiedad, a cambio de los servicios prestados. El iqtadar, por lo general un jefe militar, era el titular de la cesión, y era el encargado de mantener los sistemas de regadío, defender el territorio y recaudar impuestos, pero, a diferencia de lo que ocurría en los señoríos y feudos, no tenía autoridad sobre los habitantes. El cedente era el Estado, que podía revocar la donación en cualquier momento.
[8] Los fatimíes fueron una dinastía islámica que reinó en el norte de África y más tarde en Egipto desde el año 909 hasta el año 1171. El califato fatimí fue el pináculo político de los ismaelitas, un grupo de chiítas que esperaban la aparición de un Mesías descendiente del matrimonio de Alí, el cuarto califa, y Fátima, la hija del profeta Mahoma.
[9] Es la dimensión interna y el aspecto espiritual del Islam. A veces se describe como "misticismo islámico".os sufíes han pertenecido a menudo a diferentes ṭuruq u "órdenes": congregaciones formadas en torno a un gran maestro conocido como wali que rastrea una cadena directa de maestros sucesivos hasta el profeta islámico, Mahoma. Estas órdenes se reúnen para sesiones espirituales (majalis) en lugares de reunión conocidos como zawiyas, khanqahs o tekke.

El Califato abasí