domingo 1/8/21

La agonía del espíritu: ensayo de una consciencia desgarrada

Qué hermoso crepúsculo domino en el horizonte. Es una tarde ideal para alimentar mi espíritu jovial. En un atardecer de semejante desborde y derroche estéticos no debería escasear por lo menos una taza de café negro, — que digo, una piscina de ese elixir propio de los dioses reales, los que se parecen en forma y proceder a los humanos, los que perviven en la literatura—, un buen libro, una conversación amena y libre de los telos puritanos, un desenfreno dionisíaco, una película en pareja, un buen cigarrillo, una copa del mejor vino, una cerveza bien helada; en fin: cualquier otra cosa altamente placentera capaz de estimular, y por qué no de alterar, al espíritu.

La posibilidad difícil de la negación

Y sin embargo, contrariando sin querer las disposiciones mismas de la naturaleza, aquí, siéntanme, estoy—hiperindignado—trabajando como el más vil esclavo y con mi actividad inconsciente haciendo posible los deseos primarios de un pequeño burgués cuya única motivación se circunscribe a la acumulación desaforada de dinero, o sea, de abstracción. ¡Qué locura! Me deshumanizo cada día y lo peor del caso que conscientemente. Me avergüenzo de saber que estoy humanizando y divinizando cosas, ¡oh, en verdad, cuánta impudicia alberga este espíritu decadente! Me des-realizo cada día para realizar el proyecto vital-ontológico de una naturaleza compleja que no soy yo; con mi vida se pretende dotar de supuesta existencia a los fetiches, esos que me quieren hacer pasar por reales cuando estoy plenamente al tanto de que su naturaleza carece, como muchas cosas erguidas sin razón en el mundo, de importancia intrínseca.
Me reprocho a mí mismo constantemente por no tener el coraje suficiente para abjurar de los dogmas fundamentales y, por lo mismo , repugnantes del capitalismo; existe otra forma de vida con criterios plenamente humanos lejos de esa lánguida visión puritana que pone por encima de todas las cosas al trabajo y al auto-sacrificio con el telos único de lograr la mayor cantidad de acumulación de capital, a saber, de abstracción. Es ésta acumulación frenética lo que supone el sujeto capitalista que le permitirá la salvación a él y a su estirpe en el futuro. Soy franco, me producen náuseas mis amigos incapaces, por lo menos en el nivel teórico, de poner en tela de juicio estos criterios de vida inhumanos, fetichistas, que desfiguran y esquilman su parte más humana: su dimensión espiritual. Me repugnan en grado sumo los países pobres y materialistas y los ricos materialistas. La humanidad misma se vuelve cada día más pobre espiritualmente.

La condición de posibilidad para el capital

Lo confieso: no sólo laboro para mantener a flote mi proyecto vital, sino que además para hacer posible las más doradas ambiciones de la clase capitalista, —ajenas a mis anhelos plenamente humanos—; si mi trabajo estuviera únicamente encaminado a hacer posible mi plena realización humana, no dudo que con unas cuantas horas de actividad consciente sería más que justo y necesario.Pero como habito en un mundo dominado en su totalidad por los criterios más monstruosos del capital, tengo que trabajar aproximadamente once horas al día recibiendo una paga que no supera el mínimo; no tengo tiempo para alimentar mi espíritu, tengo sed de vivir al máximo, de manera exuberante, tal como lo hicieron los grandes hombres que marcaron con sus actos prácticos y teóricos conscientes la dirección que tomó la historia en la que hoy mi naturaleza compleja se despliega.

Si a una planta sólo se le proporciona agua para ayudar a su crecimiento y se le impide el gozar de la luz solar, seguramente en poco tiempo se marchitará y, en consecuencia, morirá. Pues sin ese elemento, indispensable para alcanzar su estadio más elevado de existencia, ¿cómo va a llevar a cabo la fotosíntesis? Sin ésta le sería imposible capturar la energía de la luz solar para fabricar su propio alimento. Así como la planta no puede vivir al margen de la luz solar, del mismo modo el ser humano no puede vivir sin el alimento espiritual, es la posesión de un adentro con capacidad de negación y afirmación lo que lo distingue de la materia compleja simple y la inorgánica o la puramente mineral; esa dimensión interna es lo que lo hace digno de la libertad y capaz de contemplar la grandeza, la belleza y la profundidad del cosmos a la luz de su consciencia.

Un hombre que no alimenta su dimensión interior es una especie de cuerpo presente, sin misa, rosario y entierro; es un zombie en las Islas Canarias rodeado de perros ingleses, una mera naturaleza en sí compleja pero, por su actividad inconsciente en el mundo, simple. El capitalismo, que quede claro, no proporciona el alimento espiritual, además, no bastándole con eso, se convierte en un obstáculo pernicioso para el que quiere obtenerlo por su cuenta. Es evidente el porqué, un hombre plenamente humano, a saber, espiritual, será incapaz de aceptar los criterios aberrantes de este sistema inmundo y pestilente.

La miseria espiritual del comunismo

Si el comunismo que se intentó instaurar en los distintos países del mundo hubiera sido plenamente espiritual, tal como lo era el de Marx, seguramente le hubiera dado mayor batalla al capitalismo protestante, enfermedad que se ha prolongado hasta nuestros días.

Las revoluciones hispanoamericanas inspiradas en los nobles ideales, —aunque a veces ingenuos—, de Marx y Engels han sido, en virtud de sus consecuencias prácticas, un completo fracaso, en parte debido a una lectura defectuosa de la realidad y por otra debido a la falta de espiritualidad en el accionar revolucionario mismo. Como consecuencia del craso error de Marx, que consistió en no haber sido capaz de advertir que la dominación política y económica en el futuro sería de naturaleza negativa y no positiva, estos grupos revolucionarios siguieron derroteros que no los pudieron conducir a otro lugar más que al mismísimo fracaso; pues desde el comienzo sus fórmulas estaban desconectadas completamente de la realidad que determina el curso de la historia.

Actividad inconsciente y resignación

Me es lícito decir que trabajo como un autómata, como ya lo mencioné, por más de once horas al día. Algunos frívolos, a los que desprecio cordialmente, me animan porque en mi caso—dicen— cuento por lo menos con una hora de descanso, cuando ellos sólo disponen de media hora; en ese lacónico receso, como apresuradamente, parecido al soldado, para recuperar la materia y energía derrochadas en dicha actividad; después tomo un libro a la ligera, leo unas cuantas páginas y me doy cuenta de que el reloj, ese instrumento infernal, marca que mi tiempo “libre” ha caducado, tengo que volver a esa mecánica actividad. Al terminar la jornada, llego a casa cansado y con ganas de dormir, tomo mi libro favorito y comienzo a leer, no les miento, celebro interiormente al cabo de cinco minutos si no me he dormido. A veces suelo despertar con él en mi pecho a mitad de la noche rodeado por una oscuridad espantosa tan negra como la consciencia de mi patrón, en otras ocasiones está en el suelo y mi alarma torturándome con un sonido sofocante y aterrador, algo así como una película de horror. Como ven, con éste estilo de vida instaurado y promovido por el capitalismo protestante, enemigo de la jovialidad y disfrute humanos, no hay demasiadas oportunidades en el espacio y tiempo donde sus criterios dominan monárquicamente — que es casi en toda la tierra— para robustecer y potenciar mi espíritu homo lúdens. Acuso al capitalismo de aniquilar deliberadamente, para dominarlo más fácilmente, la dimensión interna del ser humano, su espíritu, y lo convierte en una máquina inconsciente: en un buen ciudadano, sano, emprendedor, políticamente correcto y exitoso.

Hoy día es cada vez más escaso el hábito de la lectura crítica. El espacio para la reflexión, sino se dispone de suficiente capital para permitírselo, es mínimo; todo mundo está demasiado atareado con cuestiones puramente prácticas y, en grado extremo, mundanas, vulgares, frívolas. El trabajo, que en un mundo sano, disímil al nuestro, tendría que ser el medio por el cual el ser humano se debería realizar a sí mismo, se hace mecánicamente; se ha transformado en una actividad inconsciente. Esto nos conduce a pensar que los hombres y mujeres del siglo XXI están en franca agonía, muriendo espiritualmente.

Las consecuencias de vivir humanamente

Ernesto Guevara de la Serna, conocido popularmente como “Che Guevara”, no le tuvo miedo a la muerte; con absoluta determinación hizo todo lo posible, por más polémicas que hayan podido ser sus disposiciones internas, por materializar y objetivar las demandas más hondas de su espíritu. Platón expuso tres veces su pellejo al tratar con políticos prácticos y en grado sumo romos, llegando inclusive por un breve periodo al grado mismo de esclavo, con el único fin de encarnar sus ideas filosóficas y políticas en un determinado espacio-tiempo. Marx, el gran crítico del capital, vivió en la pobreza la mayor parte de su vida, pero a pesar de ello nunca abjuró de sus ideas filosóficas y políticas que constituyeron su sistema de pensamiento.Por su incapacidad de ocultar las exigencias más genuinas de su espíritu, él como muchos grandes hombres y mujeres de la historia se vieron en la historia atacados y otros hasta matados por las navajas despiadadas del dogma. Resulta lógico pensar que si estos hombres, descomunales como pocos llegarán a ser, dejaron estelas tan profundas en la historia es porque alimentaron y potenciaron su espíritu con el alimento que proporciona la cultura y la naturaleza en general; los grandes hombres y mujeres de la historia han sido sujetos plenamente espirituales.

Pues bien, en contra de este estado de cosas fetichista en grado extremo, amo y señor de esta época en la que soy y estoy, cuyos miembros son incapaces de trascender su ego y ver más allá del dinero, el sexo y el poder, es imperioso por el bien individual y colectivo declararse contrario a tal delirio ramplón. Prefiero vivir como extraño, como ajeno, a ese mundo ilusorio de Rockwell Falls. Es preferible, cuando la indignación alcance su punto más álgido, a mi juicio generar la infundada sospecha de que se sufre de una posible fiebre que le impide a uno ser feliz con las cositas que dicha masa utiliza para alimentar, engordar y engañar a su espíritu. En esta sociedad capitalista a punto de explotar de positividad, de personas exitosas, felices y emprendedoras, es deseable optar por ser el que sufre la fiebre de Rockwell Falls, el que muestra desdén hacia esa enfermedad mortal llamada, de manera fácil, éxito.

La agonía del espíritu: ensayo de una consciencia desgarrada