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lunes. 27.06.2022
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Desde que se fue Rajoy del Gobierno (2018) no ha habido ningún encuentro fructífero entre el presidente de Gobierno y el líder oficial del principal partido de la mal llamada Oposición. Y mal llamada porque no se puede considerar ni a Casado ni a Feijóo jefe de una oposición donde estarían el PP, ER, PNV, Más País, etc. Oposición al Gobierno sí hay –hay oposiciones– pero no hay jefaturas que valgan, que es una idea anglosajona propia de países de sistemas electorales mayoritarios (UK) o donde solo hay en la práctica dos partidos, uno de los cuales está en el Gobierno y el otro espera su turno según el deseo de los electores (USA). Aquí se importó en la época de la Alianza Popular de Fraga Iribarne para contentar a la derecha española después de que el PSOE de Felipe González obtuviera 202 escaños en 1982. Y lo de ser oposición civilizada, útil o democrática se diluyó ya cuando Jose María Aznar dijo aquello de “gobernar sin complejos”, que lo que significaba es que le importaba un pimiento lo que dijera el resto del Parlamento puesto que el PP tenía mayoría absoluta (año 2000).

Y por fin en esta legislatura que supuestamente acabará en el 2023 el líder oficial del PP, el Sr. Alberto Núñez Feijóo, ha visitado la Moncloa y, con ello, ha conversado vis a vis con el actual presidente de Gobierno porque, como se sabe, el nuevo líder del partido no está en el Congreso de los Diputados. Sánchez y Feijóo han hablado de varios temas según una versión optimista; según la más realista, cada uno ha expuesto sus temas y puntos de vista al otro y nada más. Se ha hablado del tema pendiente de la renovación de los miembros del CGPJ y del Tribunal Constitucional que el PP de Casado lleva años boicoteando, del voto rogado, de una posible modificación –es posible que también express– de la Constitución para cambiar el término “disminuidos” del artículo 49, del pacto antitransfugismo que el PP rompió en 2021 (moción de censura en Murcia), sobre reforzar el pacto contra la violencia de género, pese a lo cual en Castilla y León ha pactado el PP con Vox una ley de violencia intrafamiliar para diluir lo anterior. Y también de política exterior, como es lo del ataque de Rusia a Ucrania y el cambio de posición del Gobierno –otra cosa es lo que se ha votado en el Congreso– respecto al contencioso Marruecos-Sahara Occidental. Y, por supuesto, la propuesta eterna del PP que es la de que, pase lo que pase, sea cual sea la coyuntura económica, bajar los impuestos aunque, simultáneamente, pida el PP directa o indirectamente ayudas, subvenciones al Gobierno para todos los problemas que vayan surgiendo: crisis energética derivada y no derivada del tema ucraniano, huelga de los transportistas, de los agricultores, de los pescadores, pensiones, etc. Pura demagogia, puro populismo, pero los peperos esperan que eso les de votos.

Pero el PP se enfrenta a varios problemas para una segunda visita a la Moncloa. En primer lugar debe dar el paso de convertirse en un partido que acepta la legitimidad democrática del gobierno actual, puesto que el anterior líder oficial del PP, el Sr. Pablo Casado, ha llamado al Gobierno “Gobierno ilegítimo” y “ocupa”, aparte de insultos habituales, ya más personales, porque en lo de mentir e insultar el PP compite con Vox a diario en los medios y en el Congreso y Senado. Actuando así, con apelativos tan “cariñosos”, esperaban alguna reacción de las Fuerzas Armadas en forma de declaraciones o avisos y así amedrentar al primer gobierno de coalición de izquierdas –de coalición también, sin más– en este ya largo período democrático. Vox, no hay que ser ingenuo, esperaba y espera un golpe de Estado: ambas cosas, ni declaraciones ni golpe se han producido, y lo que sí ha ocurrido es que Vox ha ido comiendo terreno al PP en las encuestas y en las últimas elecciones de Madrid y Castilla y León. Un desastre para el PP y un peligro para la democracia. Otro problema para Feijóo es la eterna corrupción del PP, que ahora ha cobrado nuevos bríos en el Madrid de Ayuso, el hermano de Ayuso, Almeida, etc., pero adobada la cuestión con espionaje interno. Y eso no es nuevo porque viene de la época de Esperanza Aguirre, Francisco Granados, Ignacio González, Manuel Cobo, etc., allá por el año 2.009. Es cierto que al PP no le preocupa mucho el tema porque supone que a sus votantes y a sus posibles votantes no les importa la corrupción del PP –sí la de otros partidos–, lo cual, si fuera cierto, es una vergüenza para esos votantes. Aunque no olvidemos que a Rajoy le costó la pérdida del Gobierno a raíz de que a Ciudadanos le entró vergoña seguir apoyando al PP en el 2018 por el enésimo caso de corrupción de la época. Un tercer problema para Feijóo es qué hacer con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que va camino de encamarse políticamente con Vox con luz y taquígrafos. Y el cuarto problema para Feijóo es que va a ir a Europa, en concreto a los inevitables encuentros con el PPE, y va a tener que explicar cómo es que se van ha nombrar tres consejeros de Vox en un comunidad autónoma. Es posible que el PPE no sepa mucho de las competencias e importancia del hecho y el Sr. Feijóo trate de restarle importancia y el PPE acabe, como se suele decir, tragando. ¿Pero qué pasará cuando se celebren elecciones generales y se encuentre el Sr. Feijóo con la posibilidad de formar un gobierno de coalición con la extrema derecha española porque no tenga otra alternativa? Ya los medios de comunicación de la prensa escrita como el ABC, El Mundo, La Razón, etc., intentan convencer a sus posibles votantes de que Vox no es de extrema derecha, pero en Europa eso no va a colar. Y no va a colar porque ya el Sr. Abascal se ha hecho fotos con los Orbán, Le Pen, Salvini y toda la troupe fascista europea, además de estar en sintonía en música y letra con todo ella. El problema para el PP es que tiene muy difícil que partidos nacionalistas –aunque de derechas– de ámbito autonómico puedan apoyarle para una hipotética investidura.

Yendo a algunos temas concretos tratados, la oposición del PP a lo hecho por el Gobierno en el contencioso marroquí y el Sahara Occidental es cínica puesto que el partido de la derecha está de acuerdo con lo hecho pero su electoralismo pasa por criticarlo; en el tema de los impuestos es una contradicción insostenible real e intelectualmente pedir bajar los impuestos y aumentar simultáneamente los presupuestos de continuo en el Parlamento para ayudas y subvenciones con el fin de ejercer su populismo. Y no solo porque en Europa no se pida la bajada de impuestos –cosa que no es cierto si nos salimos de los Gobiernos– sino porque las tres crisis consecutivas habidas –Recesión 2008, covid19, ataque a Ucrania– han exigido y exigirán cuantiosos desembolsos para la banca, la pandemia, ERTES, fuerzas armadas, pago de intereses de la deuda, pensiones, modernización de la economía, reforzamientos de la sanidad y educación públicas, dependencia, etc. Dicho de otra forma, el PP o no dice nada, o lo que dice es demagógico y/o populista o está de acuerdo con el Gobierno aunque lo critique por cuestiones electorales. El problema del PP es que nunca se atreve a decir alto y claro algo como: hay que bajar impuestos aunque ello supongo un deterioro de los servicios públicos, porque eso vale para ganar elecciones pero para luego gobernar no. El Sr. Feijóo sí tiene experiencia de ello en Galicia: ha deteriorado lo público aunque apenas ha bajado los impuestos cedidos o compartidos y cuando lo ha hecho ha sido tardíamente, muy limitadamente. Mentiras que, a pesar de todo, los gallegos –al menos una mayoría justa– se lo han aplaudido en las elecciones autonómicas. Y con ello el Sr. Feijóo feliz como una perdiz… gallega. ¿Pero todo esto vale para el resto de España? Recordemos que también el Sr. Rajoy propugnaba una bajada de impuestos y luego los subió cuando se enteró de qué era eso del déficit y la deuda pública y cómo estaban ambos; recordemos que el Sr. Rajoy aumentó la deuda pública en cerca de 350.000 millones, recordemos que el Sr. Rajoy gastó los cerca de 70.000 millones de la llamada hucha de las pensiones o fondo de reserva de la Seguridad Social.

El primer paso que debe dar el PP de la mano del Sr. Feijóo es convertir al PP en un partido democrático: de derechas –no se le pide que sea de centro porque eso no existe– pero que sea democrático, lo cual exige pedir disculpas por el pregón continuo de Pablo Casado con lo de “Gobierno ilegítimo”, “ocupa”, etc., porque eso es apelar al golpe de Estado. Lo seguirá haciéndolo Vox, pero si solo lo hace Vox no es un problema grave: el problema es que lo sostenga alguien que aspira a la presidencia de Gobierno. Lo segundo es que, si quiere convertir el PP en una oposición constructiva, no puede oponerse a todo lo que haga o intuya que va a hacer el Gobierno sin más. Lo tercero es construir una alternativa con programa en la mano, que sea creíble y coherente y no la incoherencia de pedir bajar los impuestos sea cual sea las circunstancias económicas, el ciclo, las crisis, etc., porque eso es pura demagogia, populismo, que puede servir para ganar elecciones pero no para gobernar. Y lo cuarto es decidir qué hacer con Vox porque la izquierda y el gobierno de coalición no van a negociar nada sustancial ni otorgar la vitola al Sr. Feijóo de jefe de la Oposición si el PP gobierna con Vox en algunas Comunidades. Si no resuelve estos problemas solo le queda al Sr. Feijóo la carta de ganar las próximas elecciones, pero una carta envenenada si necesita de la extrema derecha para gobernar España. En ese caso sería el fin de la democracia española tal como la conocemos y cualquier cosa podría pasar, porque Vox no se detendrá: exigirá primero cambios encaminados a la destrucción de algunos derechos civiles como el aborto actual, las leyes de género, leyes anti-inmigración, el fin de los presupuestos destinados a combatir la violencia de género, del cambio climático, de la memoria histórica, etc. Luego exigirá la prohibición de los partidos que considere separatistas (todos los nacionalistas), luego los que considerara de extrema izquierda (Podemos), luego los de izquierda que no defiendan suficientemente según su criterio la unidad de España (PSOE), luego los liberales que no votan con ellos por ser traidores de derecha (Ciudadanos), los sindicatos si alguna vez son capaces de movilizar a los trabajadores, etc. ¿Tiene el Sr. Feijóo las ideas claras sobre el qué hacer en un supuesto gobierno con Vox? ¿Aceptaría llegar a eso y nombrar, por ejemplo, ministros de Economía, de Exteriores, de Defensa o presidente del Congreso, a un miembro de Vox? Da miedo; mejor dicho, debiera dar miedo. Y si no da, adiós a la democracia.

¿Un nuevo viejo PP?