martes. 16.07.2024
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Cartel electoral del PP. (Imagen de archivo)

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Primero fue Demetrio Madrid, que dimitió sin haber hecho nada reprobable del cargo de presidente de Castilla y León sobre el que Aznar construyó su imperio de desfachatez. Luego le siguieron otros muchos “casos” totalmente ficticios, los más recientes los de Mónica Oltra y el portugués Antonio Costa. Ahora, tomando ejemplo de otros delincuentes, se plantea un caso de “denuncia vicaria” contra Begoña Gómez, esposa del Presidente del Gobierno, con el único fin de liquidar al Presidente del Gobierno.

Yo no soy jurista, pero los que lo son sostienen que la denuncia nunca debió ser admitida a trámite, incluso porque hay jurisprudencia en contra, lo que nos pone ante una situación que hace tambalearse, lo he dicho aquí otras veces, la “apariencia de imparcialidad” de lo que en el colegio creíamos que era el tercer poder del Estado.

Esto ocurre en un clima de silencio cómplice y de ruido activo, una conspiración de manos sucias que empezó cuando Pedro Sánchez era un muy incómodo líder de la oposición, el político que se salía de los estrechos márgenes del establishment, y está durando ya demasiado tiempo. La democracia se tambalea en manos de una oposición que no respeta las reglas básicas, un poder del Estado que transmite la imagen de una parcialidad impune y un poder moderador, tan ensalzado por algunos, que mira directamente para otro lado mientras inaugura exposiciones florales.

La carta abierta hecha pública el miércoles por el Presidente del Gobierno ha sido un fortísimo aldabonazo dirigido a la conciencia de quienes la tengan

En este contexto, la carta abierta hecha pública el miércoles por el Presidente del Gobierno ha sido un fortísimo aldabonazo dirigido a la conciencia de quienes la tengan. Como era de esperar, ha sido respondida por la derecha testosterónica con argumentos de matón de colegio: a la política se viene llorado, no me quieras dar pena. La escala argumental está perfectamente a la altura de quienes la emplean.

Pero lo que debemos preguntarnos ahora, lo que la carta pone sobre la mesa, no es si el Presidente va a soportar o no la presión inmunda a la que se está viendo sometido, sino si la vamos a tolerar nosotros, el pueblo, de quien emanan todos los poderes y que ya en repetidas ocasiones ha manifestado que quien está en la Moncloa es en este momento quien él ha querido. No estamos impotentes. Suceda el lunes lo que suceda, debemos ser conscientes de que el voto es quien debe silenciar los gritos e imponer la Ley. La paz social no llegará el día en que la derecha consiga recuperar ese poder que siempre se atribuye como propio, sino el día en que las ciudadanas y los ciudadanos la convenzan de que son ellos, y nadie más, quienes deciden quiénes hacen las leyes y en qué dirección miran. Mientras no se descienda el último escalón hacia el infierno, quien lleva la batuta de esta orquesta es el pueblo.

Manos sucias