miércoles. 17.07.2024
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Decía Jacques Le Goff, maestro de historiadores, que los hombres somos hijos de nuestros padres, pero también de nuestro tiempo. El tiempo sería equiparable a las circunstancias de Ortega, aunque también quiso recoger la influencia del condicionamiento económico de los individuos y las clases sociales, de las estructuras. Es indudable que a lo largo de la historia, nuestros padres, nuestro tiempo y nuestras necesidades marcan el camino que hemos de seguir con el paso de los años. No es imposible escapar a los elementos que nos rodean, que nos educaron, que potencian o cercenan nuestras posibilidades vitales, pero lamentablemente es difícil y en la mayoría de los casos no se consigue.

Antes de la época de los Derechos Humanos, que parte de la Revolución Francesa, la ley no era otra cosa que la voluntad del poderoso. Si el rey, el aristócrata, el obispo o el prestamista querían que tal cosa fuese defendida por la soldadesca, no tenían más que expresarlo y hacerlo visible mediante el uso brutal de la fuerza. La fuerza, como en la Edad de Piedra, era la fuente única de la que manaba el Derecho, ungido, además, por la voluntad divina, que al fin y a la postre era el principio de todo. En España la revolución liberal se hizo a medias, la democrática no contó con revolución triunfante y se logró a base de intentos rotos y de pequeños pasos que al final no tocaron las estructuras fundamentales de poder. Por eso hoy, mayo de 2022, todavía sufrimos el poder de las castas y las estirpes que tanto gustaban a Fernández de la Mora y M. Rajoy. Se ha incorporado gente, grupos nuevo a los aledaños del poder, gente sin pedigrí, sin historia, pero de un modo u otro han tenido que adaptarse a la realidad estructural de un país en el que siguen predominando - gane y quien gane las elecciones, aunque hay diferencias ostensibles entre unos y otros- los grupos oligárquicos de antaño fortalecidos durante el franquismo como fórmula para la persistencia en el poder del intruso de El Ferrol y su camarilla.

Siento una inmensa vergüenza al comprobar el escasísimo impacto que las fechorías de esta gente tiene sobre el cuerpo electoral. Hay cosas que se llevan en la sangre

Los hombres, las familias, los grupos, los partidos que defienden los intereses y los modos de la oligarquía tradicional ajena a las obligaciones democráticas, siguen creyendo que la Patria es un bancal, un predio, un feudo; que sus derechos, diga lo que diga la Constitución que ahora tanto defienden, no tienen nada que ver con los de un ciudadano normal cuyo nombre es desconocido para la mayoría. Su forma de actuar continúa siendo avasalladora, despótica, soberbia y egoísta, por tanto antipatriótica si entendemos la Patria como el conjunto de individuos que viven dentro de un territorio y comparten historia, tradiciones y anhelos. La historia es para ellos un puñado de lugares comunes del pasado, tergiversados, glorificados y mitificados que emplean como coartada ideológica y como banderín de enganche para quienes nada tienen a que engancharse; la tradición, también deformada al gusto, una invención ajena al pasado, reinventada cada cierto tiempo, muy útil para fomentar un conservadurismo a medida; y los anhelos, contrarios a los que históricamente sintió el pueblo, sólo se reducen a perpetuar el orden de cosas heredado del Antiguo Régimen.

Si hay algo que me horroriza de la corrupción endémica que corroe al principal partido de la oposición, es la naturalidad con la que la asumen. Muchas veces, al pensar en esto, me ha venido a la memoria algo que me decía mi padre hace tiempo: “Pedro Luis, por regla general aunque no excluyente, los pobres pagan lo que deben sin rechistar aunque les falte para otra cosa; los ricos, siempre ponen pegas o lo dejan para el día de mañana aunque les sobre el dinero a raudales”. Y es que en España, los ricos, así como sus lacayos militares y clérigos, no pagaban, eso no estaba dentro de su educación, no lo habían mamado, nadie les había dicho que cuando se coge una cosa hay que pagar por ella lo que el campesino, el artesano o el tendero pide. Era la forma de corrupción más visible, pero que escondía un hábito de clase que se extendía a todos sus quehaceres.

He oído las conversaciones de María Dolores de Cospedal con Villarejo. Es cierto, como dicen algunos analistas, que la mayoría de las cosas eran conocidas; lo que no eran conocidos son los modos. Esa manera de hablar, esa forma mafiosa de puerto de tercera para laminar deshacerse al que fue íntimo amigo y ya no lo es, ese olor a mierda, a mazmorra hedionda, esa putrefacción franquista que ruzuman las preguntas y peticiones de Cospedal y las respuestas y sugerencia chabacanas del comisario Villarejo, esa manera de someterse de alguien que forma parte de la dirección del Partido Popular a un funcionario público, sólo se puede comparar a lo que después he oído a Esperanza Aguirre y el mismo individuo. No son personas de Estado, no son políticos, no son servidores públicos, no defienden ninguna idea más que la de “Pa la Saca”, la política como un medio de obtener privilegios y ganancias para ellos, para los amigos, conocidos y para los de toda la vida, es decir esa oligarquía ajena a la democracia en cuya mesa están deseando pacer. Además, llama mucho la atención que a ninguna de estas personas les haya dado por dedicarse a emprender, a arriesgar el dinero propio en la fundación de alguna empresa, en innovar, no, eso ni se les pasa por la cabeza, lo suyo es cobrar un gran sueldo del Estado como servidores públicos para entregar los servicios públicos a empresas privadas del país y del signo que sea, esperando, eso sí, las recompensas que los buenos servicios merecen.

Para nuestra derecha ni siquiera existe el perdón, la disculpa, el remordimiento de conciencia, la contrición. No, y sería imposible. Si tu eres capaz de vender un cuadro de Goya que pertenece a varias personas y te embolsas el dinero para ti solito, tu moral es cristalina, pero tu ética no existe. Y cuando no existe ética no hay nada que reprocharse ni por lo que pedir perdón, porque según su criterio no han hecho nada mal, sino que han obrado, y obran, en consecuencia con su concepto de país, de servicio público, de política, de la vida. Y es que el remordimiento, los problemas de conciencia lo crearon dios y sus curas también para los pobres, para que quedasen atenazados por la duda, por la incertidumbre, por el temor al Sumo Hacedor. Ellos, quienes hoy forman la derecha española, siempre opuestos a cualquier cambio que beneficie a los más, a los que llevan el peso del mantenimiento del país, no sienten pesadumbre, ni inquietud, ni zozobra, ni desasosiego porque actúan tal como se hizo siempre a lo largo de los tiempos, porque dado que el país es suyo, o al menos de sus jefes, a ellos corresponden las actuaciones y decisiones tendentes para conseguir que todo sea como fue antes de la Época de los Derechos Humanos, cuando la iglesia, la milicia, la educación, los hospitales, los dineros, la propiedad y la gobernanza eran una misma cosa, en manos de una misma gente.

No se puede decir que ante el diluvio de noticias sobre corrupción sienta ya el estupor de hace años, menos cuando ya ni siquiera me sorprendo de que la mayoría de ellos sigan en sus casas por decisión judicial o en tertulias mediáticas por determinación empresarial, dando lecciones, no, ahora lo que siento es rabia, mucha rabia, y una inmensa vergüenza al comprobar el escasísimo impacto que las fechorías de esta gente tiene sobre el cuerpo electoral. Hay cosas que se llevan en la sangre.

Se lleva en la sangre