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jueves. 29.09.2022

La política, quella vera, è una cosa bella. Walter Veltroni lo dice al principio y al final de la introducción de su biografía sobre Enrico Berlingüer, aquel gran político profesional, burócrata (“culo di ferro” le apodaban) honesto y muy querido que este 2022 habría cumplido cien años. Pese a la ejemplaridad de este líder comunista y de tantos de otras ideologías la verdad es que la política en Italia en España o donde sea, y menos ahora, no se percibe como “una cosa bella”.

La crispación política no es algo nuevo, puede que incluso sea consustancial a la democracia; afortunadamente rara vez cala en la opinión pública y la virulencia se queda en los círculos más politizados. Las redes sociales contribuyen a confundir la cantidad de improperios y rencores que canalizan con el contagio real que provocan. Claro que muchos de los denuestos que por esta vía o por otras más convencionales se lanzan tienen su explicación en conductas reprobables de algunas autoridades. 

Otros tienen que ver con la tendencia a convertir a los políticos en el chivo expiatorio de todas las desgracias y cataclismos desde el Covid a la sequía actual o el exceso de nieve cuando Filomena. En Italia se decía: “llueve, gobierno ladrón”.

Los propios políticos no parecen muy orgullosos de dedicarse al servicio público. Al contrario muchos declaran que ellos en realidad están de paso, que solo se dedicaran a esto unos pocos años, que pronto volverán a su profesión verdadera, etc. etc. Es en la izquierda donde más nos encontramos políticos que han negado serlo incluso si por varias décadas encadenaron secretarías generales, escaños, alcaldías o altas magistraturas al frente o con el apoyo de uno o varios partidos. La verdad es que el “oficio” nunca tuvo buena fama. En La hojarasca de García Márquez se dice de un personaje: “Elías es tan de malas que el hijo le salió político”.

En EEUU, al menos en el pasado, no era así. John F. Kennedy, siendo senador, escribió (o le escribieron) un libro de breves biografías de ocho senadores titulado Rasgos de valor, por el que le dieron (literalmente, dicen) el Premio Pulitzer. Una de las características más apreciadas de aquellos patricios norteamericanos era haber sido reelegidos en sucesivas ocasiones. En Europa también pasaba; mientras más años hubiera estado sentado en la Cámara de los Comunes más dignidad acumulaba el honorable miembro. En Francia Jean Luc Mélenchon con 71 años de edad viene ocupando cargos desde 1983: concejal, diputado, senador, eurodiputado, ministro. Este año no ha querido ser diputado; aspiraba a presidente de la República y puede que lo intente de nuevo en 2027. 

La indignación popular contra el empobrecimiento, la corrupción y el desempleo no se ha dirigido contra los banqueros, constructores y ejecutivos de multinacionales, a ninguno de los cuales se les molestó con escraches en la calle o acoso en sus domicilios, sino que se centró en los miembros de la “clase” política. Pasada la fase más aguda, a los pocos años de indignarse, los líderes de los indignados vieron que lo más práctico no era cargarse a la casta, sino regenerarla y ¿quién mejor que ellos para llevar a cabo la labor? 

Del movimiento regenerador solo quedan las primarias, la limitación de mandatos y el repudio de los tránsfugas y de los imputados. Poca cosa

Lo de que los diputados y ministros vivieran como frailes mendicantes quedó enseguida desechado y del movimiento regenerador solo quedan las primarias, la limitación de mandatos y el repudio de los tránsfugas y de los imputados. Poca cosa. Hasta la derecha nueva y la vieja aceptan esas reglas que además no son difíciles de sortear. Hay más de una señoría especialista en saltar de un partido a otro con cualquier excusa, cuando se le van agotando los mandatos. A otro club y contador a cero. 

Conozco a una buena persona de la izquierda tradicional que pasó de golpe durante la crisis financiera y la burbuja inmobiliaria a un radicalismo verbal extremo. Cuando le preguntaba cómo estaba me respondía, mientras leía el periódico: “muy cabreado, hoy no han metido en la cárcel a nadie del PP, ¡la justicia en este país es una mierda!”. Hay muchos “opinadores” y tertulianos que juzgan a los juzgadores en función de a quien condenan. Si es a alguien de su cuerda, los jueces son una vergüenza, si es de los otros, menos mal que nos quedan los jueces. Muchas veces el linchamiento va por delante. 

En un juicio celebrado contra un supuesto ladrón de caballos en el lejano Oeste, cuando el juez preguntó al jurado por la sentencia y el portavoz contestó: ¡culpable!, desde la sala alguien del público exclamó: ¡bien!, ¡hace una hora hemos colgado al individuo!

Por el contrario, yo soy de los que cuando hay un proceso por supuesta corrupción contra algún responsable político, no importa de qué tendencia sea, en principio, siempre deseo que sea exculpado; es decir que sea inocente, aunque luego el veredicto no lo confirme. La justicia es una pieza fundamental de la democracia pero no es infalible. Me parece que cuando un acusado es encontrado responsable de hechos con los que no se ha enriquecido, la sentencia debería ser benigna a la hora de privarle de la libertad. Eso no ha ocurrido en el caso de José Antonio Griñán.

Griñán, la justicia no es infalible