miércoles. 29.05.2024
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Salvador Illa.

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Al indiscutible ganador de la contienda electoral catalana le describe muy bien un título cinematográfico. Me refiero a esa magnífica película de John Ford protagonizada por John Wayne que se titula El hombre tranquilo. En medio de tanta crispación escuchar una voz sosegada que apele al respeto y los buenos modos, en lugar de recurrir a los insultos y descalificaciones del adversario, resuena como una música celestial en me dio de tanto ruido y griterío parabélico.

Quien gana unas elecciones o logra formar gobierno se debe a toda la ciudadanía y no a una parte que descalifique al resto por no compartir ciertas ideas. Esto que parece una obviedad tautológica no es así desde hace demasiado tiempo. El hecho de que suceda por doquier no es ningún consuelo. Las crisis económicas y los conflictos bélicos contribuyen a incrementar una indeseable polarización política que lo contamina todo. Incluso un festival de música es aprovechado para mostrar apoyo a quienes califican como antisemita y apología del terrorismo cualquier observación sobre un salvaje proceder contra unos civiles indefensos. ¿Acaso la legítima defensa justifica masacrar o mutilar niños de corta edad cuyas madres enloquecen por su impotencia para protegerlos?

Los indultos y la ley de amnistía han reemplazado a los insultos proferidos con una enorme chulería. La dialéctica de una represión que generaba un rentable victimismo ha dado paso al diálogo y a los acuerdos. El protagonismo debe tenerlo la ciudadanía y sus polifacéticos problemas, no quienes aspiran a representarlo gestionando sus intereses. Cuando no se obtienen mayorías, toca hacer una oposición constructiva, para demostrar que puede haber alternativas mejores en el futuro. Pretender ganar siempre trucando los conteos es algo tremendamente pueril. No hay un bloque constitucionalista y otro independentistas. Hay varias formaciones políticas con sensibilidades muy diferentes.

Han  obtenido más votos las progresistas de izquierdas, aunque las conservadoras y ultras tan solo sumen un escaño menos. La leyenda del presidente legítimo en el exilio se ha quedado sin asideros y ahora toca demostrar que hay gente adulta en el parlamento catalán. No se pueden convocar elecciones indefinidamente, como si se hubieran equivocado las urnas y tuvieran que rectificar. Hay que posicionarse con arreglo a los resultados y permitir formar gobierno a quien concite más adhesiones o menos vetos. Ayer ganó un estilo tranquilo y sereno, lo que supone un verdadero acontecimiento en estos tiempos de tanta crispación y rabietas infantiloides.

Salvador Illa: un hombre tranquilo que no insulta