<---Taboola---> <---Taboola---> #TEMP
lunes. 28.11.2022

España se afila

España no podía ser menos. Estados Unidos militarizará la frontera con México, el fascista partido griego, Amanecer Dorado, propuso electrificar las vallas...

cuchillas-valla-melilla

España no podía ser menos. Estados Unidos militarizará la frontera con México, el fascista partido griego, Amanecer Dorado, propuso electrificar las vallas que delimitan el territorio de los antiguos pensadores. Y ahora el Ministerio del Interior de España, a cargo de Jorge Fernández Díaz, ha decidido colocar cuchillas afiladas en la verja que separa a la ciudad española de Melilla del resto del Continente Africano.

Los avances migratorios sobre Melilla han provocado el hartazgo de Interior que ha puesto a trabajar a su equipo de profesionales en pos de lograr una solución razonable a este problema. Y por lo que se ve, éstos han resuelto el entuerto mediante una vía que de diplomacia tiene lo que Mariano Rajoy de estadista. “Ya está bien de tanto inmigrante indocumentado. Si hay que poner cuchillas afiladas, pues que se pongan”, diría mi vecino Antonio, a quien la vuelta a los “orígenes de la oscura tradición fortificadora” (tal como definió a esta medida el experto en fronteras Xavier Ferrer) le importa un pepino.

Si bien Fernández Díaz sospecha que esta genial idea no frenará el avance de inmigrantes, al menos tiene la certeza de que los “sin papeles” se desangrarán más rápidamente de lo habitual y puede que de esta manera no logren entrar -al menos no con vida- a España. “Pues mire usted....”, me dirá el Ministro, “....no ponga en mi boca pensamientos que aún no he pronunciado”.

No muchas décadas atrás, centenares de españoles partían desde Galicia hacia diversos destinos con el fin de amedrentar el hambre que los corroía. Puede que el gallego que aprueba con su firma la colocación de cuchillas afiladas en la frontera de Melilla ya no lo recuerde. Puede incluso que a este gallego -al igual que a mi vecino Antonio- le importe un pito el desabrido pasado de España, pretenda erradicarlo de su memoria, convencido tal vez de la importancia de pertenecer ahora a ese grupo de países unidos por una moneda común, un sentir diferente y un propósito incierto; pero que aun así coloca al país en una posición que considera de privilegio (aunque para obtener un ápice de honorabilidad, España y los españoles deban obedecer como soldaditos los mandatos de la Troika, el Fondo y de otros respetables organismos).

No muchas décadas atrás, decía, centenares de “sin papeles españoles” llegaban a puertos remotos en busca de una dignidad que habían perdido por completo y por variadas causas en su propio terruño. No saltaban vallas, aunque desearía saber si habrían tenido los cojones de hacerlo. No arriesgaban sus vidas en imposibles recorridos a pie por desiertos eternos, abrasados por el sol, deshidratados. No cruzaban estrechos en pateras, no eran apaleados por guardias civiles ni observados como delincuentes por esas viejas coquetas y pacatas o esos retrógrados nacionalistas cuyo máximo placer es ver morir a un toro en una plaza.

No muchas décadas atrás, cuando las papas a lo pobre aún no formaban parte de un menú ejecutivo, centenares, miles de sin papeles españoles desparramaban sus usos y costumbres por los cuatro puntos cardinales. Puede que el Ministro del Interior no lo recuerde, puede que Mariano Rajoy tampoco. Sin embargo los españoles emigrados aún conservan fresco en la memoria el recuerdo de la miseria que los flageló y por la cual huyeron hacia donde los llevara el viento. Por entonces no había vallas ni cuchillas afiladas, pero le prometo (le juro si es que así está usted más seguro), que no sabe cuánto desearía saber si usted -señor Rajoy, señor Fernández Díaz- hubiera tenido los cojones de atreverse al salto; porque como bien dejó dicho Eduardo Chillida...“un hombre, cualquier hombre, vale más que una bandera, cualquier bandera”.  A ver si ustedes, ilustres españoles defensores de insólitas causas, sois capaces de valer poco más que un trozo de tela. Atreveos y os aplaudiré (o quizás -quién sabe- me descojonaré de la risa).    

España se afila