martes 23.07.2019

África: la tragedia de un continente

Los yacimientos más importantes de la humanidad están en el continente africano, de allí partió el Homo Erectus para poblar otros continentes...

Los yacimientos más importantes de la humanidad están en el continente africano, de allí partió el Homo Erectus para poblar otros continentes. Ahora, los descendientes de nuestros antepasados son víctimas de un sistema económico que los convierte en fugitivos de sus tierras.

Hace más de 500 años, África fue el mayor vivero de hombres y mujeres. Las colonias americanas se nutrieron de mano de obra esclava del continente: españoles, portugueses e ingleses los necesitaban para trabajar las tierras conquistadas por la fuerza. Se les cazaba como alimañas y se les metía, contra su voluntad, en grandes barcos que les transportaban hacia un cruel destino. Por aquel entonces, no querían salir de sus tierras porque ellas les ofrecían los recursos necesarios para vivir, pero entonces, África era una gran reserva de esclavos para los colonizadores del Nuevo Mundo.

Primero fue un continente expoliado de hombres y mujeres. Después, argumentado el estado salvaje o semisalvaje de sus gentes, en el siglo XIX los europeos invadieron tierras africanas. África fue repartida entre las naciones colonizadoras y el tratado de Berlín (1885) lo selló. Y el saqueo quedó legalizado. Se hicieron con los gobiernos poniendo a gobernantes títeres, para hacerse con los recursos existentes en sus tierras.

Hoy, la tragedia del continente continúa. La población africana se muere de hambre, de enfermedades endémicas, de SIDA, además de ser víctimas de guerras territoriales. Las descolonizaciones no tuvieron en cuenta las situaciones fronterizas anteriores y dejaron a los pueblos embarcados en guerras eternas; los gobernantes corruptos y dependientes económicamente hicieron el resto.

El desigual acceso a la alimentación hace que más de 1000 millones de personas sigan pasando hambre en el mundo; y una gran parte es del continente africano. Cuando estos desdichados mueren, los años vividos se han desarrollado entre la desnutrición y las enfermedades. En 1996, La Cumbre Mundial sobre Alimentación, con un gran alarde propagandístico, se comprometió a atenuar el hambre del mundo, pero el camino es largo y las intenciones se quedan cada vez más cortas. En veinte años, se propusieron reducir a la mitad los hambrientos del mundo; 22 millones cada año. Pero nada más lejos de la realidad; solo se han reducido 6 millones al año. La desnutrición en África, extremada en los niños, alcanza cifras espeluznantes; nacen desnutridos y las posibilidades de mejorar sus vidas son casi imposibles.

Pero hay más. En la cumbre de los países más desarrollados (G-8) de Génova del 2001, a la que fue invitada la FAO, se confirmó que el objetivo que debía cumplirse para reducir el hambre en el mundo consistía en desarrollar los recursos agrícolas de los países pobres; grandes conclusiones, para graves problemas. En ese sentido, el G-8 se comprometió a transferir tecnología dando prioridad a África y al sur de Asia, aunque no se concretaron las facilidades para que ello fuese posible, sin que la deuda les elevase más el agua al cuello. El hambre no espera: genera desnutrición, enfermedades y finalmente mata.

A través del tiempo, los hombres siempre actuaron igual. Los más aventureros, los que no se resignan a esperar en el ancho corredor de la muerte deciden emigrar. Esperan que otros continentes maten su hambre y su angustia. Los africanos miran el mar Mediterráneo e imaginan que al otro lado está la solución, pero ya ni eso les queda.

La tragedia persiste. Las mafias de tráfico humano se aprovechan de las necesidades de sus congéneres. En el mejor de los casos, los saquean, los embarcan y les dejan tirados en las costas. En el peor, sus cuerpos aparecen flotando sobre las aguas. Pero las mafias no son las únicas culpables de todos los cadáveres que nos lanza el mar. También los son las leyes injustas que facilitan todo tipo de tránsito económico, pero lo dificultan a los seres humanos: hombres y mujeres que se ven obligados a emigrar porque sus países de origen no les ofrecen las mínimas garantías de subsistencia, a pesar de que la Declaración de Derechos Humanos lo establece.

Hoy, cuando los africanos siguen arribando, muertos o vivos, a las costas europeas más cercanas, los partidos más conservadores siguen hablando de leyes y poniendo trabas a la vida de los inmigrantes. Pretende obviar una situación tan compleja como trágica con frases grandilocuentes que ocultan los antecedentes y las consecuencias. Ocultan la verdadera salida, que no es otra que atajar las condiciones de vida que mueven a hombres y mujeres a abandonar sus tierras. La lucha contra el hambre debe moverse en el campo de la cooperación norte-sur, pero desde políticas activas, de leyes comerciales justas que faciliten el desarrollo humano con dignidad en sus lugares de origen. Pero lejos de esto, los poderes económicos han convertido el continente Africano en tierra de promisión para las trasnacionales, con la pasividad, cuando no complicidad, del poder político.

África: la tragedia de un continente