jueves 28/1/21

Yo nací a las afueras

Los existencialistas del siglo pasado nos asignaron una presencia en el tiempo un destino inapelable una mundanidad que globalizaba nuestro ser.

Los existencialistas del siglo pasado nos asignaron una presencia en el tiempo (el hombre es un ser en el tiempo) un destino inapelable (el hombre es un ser para la muerte) una mundanidad que globalizaba nuestro ser. Ninguno nos asignó una cuna en el mapa, un lugar preeminente en el globo terráqueo, un punto que nos identificara  como una marca definitoria.

Nacimos en un lugar porque somos seres en el espacio, pero sin bajar a la nimiedad de la cuna. La geografía no está incorporada a lo más profundo del ser humano. Es tal vez una casualidad que acontece porque en primavera es más cálido el sol en un sitio que en otro, porque el beso después de aquel café inesperado llevó a la caricia suprema del encuentro.

Y sin embargo hemos interiorizado hasta tal punto nuestro lugar de nacimiento, que hemos hecho de la patria chica el ombligo de la patria grande y de esa patria grande la concreción de lo perfecto, lo inigualable, el vértice donde se apoya el mundo y la historia. Y ahí surge el patriotismo: como una piedra en el agua que va ampliando su quehacer en círculos concéntricos, describiendo el apego, el cariño y el ánimo de defensa de lo nuestro, concretamente de nuestra patria.

Los poderes han plantado su tienda en esa patria y bajo el pretexto de no perder su posesión, han ido inyectando en sus coetáneos un amor capaz de llevarlos a la muerte por defender la tierra poseída por otros y para bien de otros.

Tan dentro de las venas se nos ha metido el concepto patria que sentimos el orgullo de que nuestros soldados maten a otros seres humanos para defender esa territorialidad. Dicen que hay ciertos animales que la marcan con elementos líquidos de su cuerpo. Nosotros los marcamos con mallas de cuchillas que desgarran o con armamento que destroza cerebros y que justificamos como elementos imprescindibles para prohibir la entrada de otros en nuestra tierra (que en realidad es la tierra de unos poderosos).

Y lo que ya desborda esta incardinación geográfica es que un grupo de los nuestros, una comuna hasta ahora integrada en las coordenadas más hermosas quiera marcar su territorio con ladrillo vito, levantando una muralla-frontera.  Algo de eso se viene planteando desde hace tiempo en nuestra querida patria sin tener en cuenta que España es UNA, GRANDE Y LIBRE. Y hasta el Cardenal Cañizares, alto jefe de la santa cruzada, ve inmoral que algunos quieran expatriarse, aunque debe parecerle bien que el hambre y la miseria astille la piel de quienes tratando de buscar pan y agua para sus estómagos hinchados de angustia y desesperanza, saltan por encima del desgarro. Y el Espíritu Santo, autor de ese rompecabezas que fue nuestra patria hasta que Pelayo, hasta que Fernando, hasta que Isabel, hasta que el caudillo por la gracia de dios y dueño de tierra, mar y aire impuso su bota militar y la entregó al sagrado corazón de Jesús-en-vos-confío.

Y han llovido los argumentos. Queremos tanto a esas gentes que no podemos permitir su marcha porque fuera de las alas de la madre protectora se van a quedar helados. Hace mucho frío por los Pirineos. Además, se van a quedar sin el cariño de Europa, sin el regazo de Merkel, sin la ternura de Cameron, sin los besos de Sarkozy. No es egoísmos. Es puro amor lo que sentimos. Que nadie lo confunda con posesión. Amor paternal, maternal, amor a primera vista. Es duro que nuestros hijos se nos hagan mayores y se enamoren y se nos vayan tras el cuerpo de esa hermosa vecina que se llama independencia. Con lo ricos que estaban con su baby de guardería, dibujando a papá y mamá sobre las cuadrículas de un cuaderno. Se nos quieren ir porque no les queremos, porque no les dejamos salir los fines de semana, porque no nos gusta que vayan con chicas que quieren su autonomía para malearlos. Somos un amor incomprendido como casi todos los amores.

Tengo conciencia de ser para la muerte, de ser en el tiempo, de mi mundaneidad. Pero ahí pongo los límites. Se me acaba el verbo SER, muy anterior e infinitamente más importante que el ESTAR.

Tal vez no nací en ningún sitio. Tal vez nací a las afueras.

Yo nací a las afueras