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sábado. 01.10.2022

Si fuera ayer

Fue una alegría el entonces, cuando ayer era ayer. Y el tiempo empezaba. Y la vida empezaba. Y la palabra, y la libertad, y el quehacer. Todo empezaba...

Fue una alegría el entonces, cuando ayer era ayer. Y el tiempo empezaba. Y la vida empezaba. Y la palabra, y la libertad, y el quehacer. Todo empezaba. La historia como un vientre entreabierto. Con contracciones la historia.  Cuarenta años de gestación. Pero por fin estaba ahí, como evidenciando que los dictadores se mueren  a los cuarenta años de estar muertos. Y que hay ataúdes que se almacenan entre rocas crucificadas porque Dios convirtió en cruzada santa los fusilamientos al amanecer contra las tapias blancas de los cementerios.

La llamaron democracia. La libertad se agrandaba para caber por la ranura de las urnas y se hacía amiga del enemigo del quinto que espiaba hasta ayer para la político social. Y empezamos a querer lo que queríamos, a ser decisión, iniciativa, exigencia, a cambio de entrega, de deberes retribuidos con derechos. Se inventó la ciudadanía y se cosificó al súbdito instalando museos de recuerdos agrios como limones desechados.

Siempre es tierna la democracia, como la cintura de la luz de otoño. Siempre fuerte la democracia como los muslos de un monte. Y en esa dicotomía ternura-fuerza vivimos los  que queremos ser los dueños de la historia, del devenir, de la construcción de un mundo habitable. Pero los habitantes de esa plaza grande que es la democracia deberíamos ser conscientes de que siempre hay lobos que bajan de las alturas asilvestradas. Y esconden garras y colmillos y sed de sangre. No son charreteras ni polainas. Son pieles elegantes, gris plata, ojos como estrellas incrustadas. Lobos mimetizados en el silencioso reptar de las víboras. Aprietan el cuello hasta el estrangulamiento e inoculan un veneno como una morfina somnolienta.

Y en esas estamos. Crisis la llaman, deuda externa, vaciamiento bancario, prima de riesgo. Nadie, excepto unos pocos, puede vivir por encima de sus posibilidades. Los pobres deben volver a acostumbrarse a ser pobres para que ciertos poderosos no olviden de serlo. Rajoy lo supo desde muy joven: va contra la naturaleza pensar que todos tienen los mismos derechos. Y ahora que es presidente elegido por la libertad de las urnas ha decidido ponerse en consonancia con esa desigualdad implantada por las raíces mismas de lo que los Obispos se empeñan en denominar derecho natural. A él no le gusta. Sufre por tener que hacerlo. Pero su conciencia y su sumisión a Merkel, a la Troika, al FMI, al Banco Central le obligan. El prometió mirar frente a frente a los ojos de Europa. Certificó que había presionado a la Unión Europea porque no consentiría que nadie le presionara a él. Pero es que Rajoy ignoraba cuando estaba en la oposición el estado de la economía, de los bancos, del panorama laboral. Se encontró con una herencia ignorada.  Hizo oposición sin saber a qué se oponía. Aspiró a la presidencia sin saber a los que aspiraba. Y la ignorancia desde entonces exime del cumplimiento de cualquier programa electoral. Había una sanidad envidiada, una educación gratuita y universal, una ley de dependencia que empujaba la silla de ruedas, a la dignidad de la vida de los destruidos por la droga, a mujeres maltratadas. La justicia era un derecho universal, la mujer era más dueña de su cuerpo y de sus decisiones sexuales y maternales sin un Gallardón expropiador de ingles y orgasmos.

Se hace una reforma laboral para destruir empleo, se convierte a los enfermos en mercancía, la capacidad intelectual se transforma en mercantilismo económico patrimonio de ricos, se impone la religión en la enseñanza porque de retomar la santa cruzada se trata, los pensionistas son viejos con el deber de morirse como castigo de su improductividad, los parados deben emigrar a Laponia, el dolor es propiedad del enfermo y lo vende sólo si tiene dinero para comprarse la alegría de vivir, los niños pasan hambre por culpa de la despreocupación de los padres, los empresarios pueden despedir al obrero por culpa de que la amante no supo calmar erecciones nocturnas, los trabajadores deben renunciar a la dignidad de su sueldo porque más cornás da el hambre, el miedo es un instrumento de dominio más disimulado que el tiro de gracia franquista que resultaba poco exquisito. Hay que implantar un sistema ideológico que deje claro el muro que separa la riqueza de la pobreza porque no hay derecho que ampare a la muchedumbre a salir de la esclavitud y aspirar a ser ciudadanos.

Fue ayer, casi ayer, cuando empezamos a vislumbrar un futuro como hechura del esfuerzo común. El dictador que se murió después de estar muerto cuarenta años, dispuso de tanques, aviones, ayuda internacional de los nazis para organizar una guerra que destruyera la democracia republicana. Tres años de guerra le costó y cuatro décadas más con un país aquejado de tromboflebitis perpetua. Desde despachos con moqueta y pocos meses, Rajoy y adláteres han conseguido destruir la democracia. Porque destruir derechos sociales, laborales y canjear el estado de bienestar por la miseria es destruir la democracia.

Fue ayer, casi ayer, cuando estrenamos la alegría. Hoy, alguien se ha empeñado en despeñarnos por el barranco. Un derrape consciente, premeditado y con alevosía. Ha sido fácil hacer volcar a la historia.

Si fuera ayer