lunes 26.08.2019

La distopía de lo amorfo

“Si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir”, recuerdo extraído del relato Los Hijos de los Días, del añorado maestro, Eduardo Galeano. Frase utilizada por miles de manifestantes en aquellas protestas de mayo del 2011. Eduardo, a propósito de la utopía, nos recordaba que es un concepto que sirve para caminar, se aleja cuanto más te acercas. Podríamos asegurar que la utopía es la constante búsqueda del horizonte.

“Otra democracia es posible”…, un gran murmullo recorría el aire de la Puerta del Sol, por aquellos días de mayo. Nos quitaron la justicia y nos dejaron la Ley…, Recuperar el valor de la palabra

                Utopía, Utopía, Utopía… o el valor etéreo de recuperar el tiempo perdido…

A fuerza de prostituir el concepto, llegará un día en el que arribaremos a las costas de La Isla de Utopía, un relato imaginario del escritor Thomas More. Todo un intento baldío en la búsqueda de una sociedad civil ideal, quedando reducido el sueño a aquel islote perdido, en las lejanas tierras de Sudamérica y pagando su autor un alto precio por su osadía, siendo decapitado al modo Enrique VIII y como testigos mudos, las piedras de La Torre de Londres.

La historia nos narra sucesos cruciales en la vida de los pueblos, hitos con la categoría de Revolución o victorias épicas, que con el transcurrir de los años se desnudan ante el espejo, desprovistos de todo horizonte utópico. La condición humana y las miserias inherentes al egocentrismo de líderes en huida libre, arrinconan cualquier atisbo de lealtad y esparce una alargada sombra de distopía, mostrando, cual sombras chinescas, difuminados reflejos que sólo son residuos de una realidad deformada, que evidencia el fracaso de una ideología que nunca lo fue.

Con la mirada en perspectiva, La Revolución Francesa nos dejó poco más que La Marsellesa, Joseff Ignace Guillotine y Marianne, como figura alegórica. El sendero a la utopía quedo grabado en forma de “Liberté, Egalité, Fraternité”. No fue más que un espejismo, Napoleón Bonaparte pisoteó Europa y cualquier atisbo de utopía.

Tras finalizar la II Guerra Mundial, La Asamblea General de la Naciones Unidas formuló La Declaración Universal de los Derechos Humanos, el 10 de Diciembre de 1948, en París,  obligando a todos los Estados firmantes a su cumplimiento.

distopia utopia

De la Utopía a la Distopía

Pocos acuerdos han sido tan pisoteados. La cruda realidad nos habla del quebrantamiento constante y continuo por parte de los Estados, en algún momento de la historia reciente. Una prueba más, y van centenares, del camino quebrado que va de la utopía a la distopía

Todos se declaran herederos del camino a la utopía. Todos, Estados y Estadistas, pretenden de asumir la bandera del bien común. Al tiempo que la distopía aparece huérfana, como si transitara por un desierto, o habitase en la cumbre del monte Olimpo, de nuestro vecino y marciano planeta. Curiosa orfandad de la cualidad más probada de los dirigentes. Incluso intentan reconstruir la Historia, basándose en hechos factibles, pero que no se ajustan a la realidad. A esta distorsión interesada del pasado se le conoce con el término de La Ucronía, una revisión falseada de la historia por motivaciones inconfesables y que nos conducen, indefectiblemente, a la Distopía.

Tratan de diluir el resplandor de su bajeza humana, transfiriendo lo “concreto” de la realidad, a lo “amorfo” de lo figurado…

Permítanme que les recuerde una anécdota, quizás les pueda ilustrar el mapa de las miserias humanas…

Poco más de 45 días habían transcurrido de los lanzamientos de las bombas atómicas que aniquilaron Hiroshima y Nagasaki…, The New York Times desmintió unos rumores que circulaban y que creaban pánico, que asustaron al mundo. El 12 de septiembre de 1945, su redactor experto en temas científicos, William L. Lawrence, publicó un artículo que negaba la alarma y los rumores, asegurando que no había ningún tipo de radioactividad en las dos ciudades arrasadas…, que todo era mentira, producto de la propaganda japonesa.

Lawrence fue premiado con el Premio Pulitzer, gracias a esta noticia.

Años más tarde se supo que este señor cobraba dos salarios. The New York Times le pagaba su salario y el otro corría a cargo del presupuesto militar de los EEUU. 

Estarán de acuerdo conmigo si califico, al presunto divulgador científico, como un ardiente ejemplo de la Distopía de lo Amorfo, en su vertiente más obscena. Fuente de inspiración y arquetipo de un país que lleva intrínseco en su ADN la belicosidad. La primera potencia mundial, liderada por un presidente xenófobo, supremacista y machista, sin el mayor quebranto y sonrojo por parte de su población. Un país que ha invadido y sigue invadiendo en casi todas las partes del globo. Llegando al límite de lo grotesco al decidir cambiar su Ministerio de La Guerra, por el Ministerio de Defensa. Una hipocresía en consonancia con el hecho de considerar a Mahatma Gandhi, Martin Luther King o Nelson Mandela, como personajes potencialmente peligrosos.

Podríamos regresar a casa y tratar de adjetivar a nuestra clase política, inmersa en un “Totum Revolutum” digno del mejor diván, del más reputado psiquiatra. Existen expertos revisionistas discípulos de la Ucronía. Quizás lo más adecuado sea dejarle esta tarea en sus manos, amigo lector. Le invito a tomar la iniciativa y tratar de poner en contexto al espectro político nacional. No se trata de encontrar a los culpables y, mucho menos, a los inocentes, estos no existen, del Sudoku político que nos ha tocado vivir. Es más sencillo, mucho más simple. Deberán tratar de encontrar algún dirigente que no se encuentre infectado por la Distopía de lo Amorfo. Mucha suerte y saludos cordiales.

La distopía de lo amorfo