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jueves. 18.08.2022

Caza de brujas

No debemos permitir que situaciones como las vividas estos últimos tiempos en esas fronteras se perpetúen, se enquisten...

El drama humano que los migrantes viven cotidianamente en las fronteras sur del mediterráneo, particularmente en Ceuta y Melilla,  produce una vergüenza sin límites. Es una situación trágica, repugnante e inaudita en el siglo XXI. Una situación envilecida, si cabe, por las mentiras y los exabruptos de políticos oportunistas e irresponsables que tanto abundan máxime cuando se acercan elecciones.

No debemos permitir que situaciones como las vividas estos últimos tiempos en esas fronteras se perpetúen, se enquisten y caigan en el olvido cuando dejen de aparecer en las primeras páginas de los diarios y en la cabecera de los informativos. 

El paisaje dantesco que asoma con toda su crudeza un día sí y otro también, muestra claros indicios de ir a más, de agudizarse, tanto por la persistencia de las causas, del hambre y de las necesidades que motivan estos movimientos migratorios, como por los intereses creados de los que se lucran con la miseria ajena, léase mafias organizadas y traficantes de todas las raleas y, también, por el desinterés de los grandes países democráticos, enzarzados en sus corruptelas financieras domésticas, pero perezosos a la hora de establecer planes de urgencia que se ataquen sin dilación a las causas que provocan y hacen inevitables estos desplazamientos que, en la mayoría de casos, buscan solo seguir viviendo, no solamente de prosperar individualmente, sino de escapar de situaciones desesperadas, sin perspectivas inmediatas o a medio plazo.

Cabe no olvidar el contexto de trapicheo y de corrupción en que estos hechos se desarrollan. Tramas dominadas por las mafias, que controlan las redes de tráfico de las personas, de las drogas y del contrabando, salpicando tanto a instituciones como a fuerzas del orden de las dos orillas.   

Debe considerarse, además,  que el verdadero coladero de los inmigrantes no es saltar la valla de Melilla, sino atravesar en transbordador o aterrizar en los aeropuertos españoles, aunque, por lo visto, a nadie le interesa sacar a este problema a relucir. Es, de todas formas,  una cuestión de precios sometidos a la demanda y a la oferta. El inmigrante que  intenta acceder a través del salto de la valla es el que menos dinero paga  y, obviamente, el que menos oportunidades tiene. ¡A la vista están los resultados! Cualquier otra vía, cuanto más seguras más cara. Cruzar vía transbordador o a través de los aeropuertos es seguro, pero más seguro aún es entrar con un visado como Dios manda. Es sólo cuestión de precios. 

Estamos ante hechos de extrema gravedad, y que, desgraciadamente, no acabarán con las 15 víctimas de estos últimos días. Los que controlan las pautas de movilidad por esas fronteras y los que tienen bajo vigilancia el ritmo de la misma se mueven en clave mercantil, y en condiciones de una casi absoluta impunidad. Así de crudo y así de claro.

Los estados, los democráticos en primer lugar y las instituciones tienen la responsabilidad histórica y la obligación de arreglar esto, porque con disponibilidad y buena voluntad sí existen soluciones. Que no nos cuenten milongas, la inmigración es un derecho y la pobreza tiene causas, de entre ellas la desigualdad, la injusticia y la explotación son las más importantes. La voluntad política tiene que traducirse en hechos concretos y lo más urgente en este caso, es acabar con la impunidad y la complicidad de que gozan las mafias organizadas en esa zona.

La convulsión social y política que vive el mediterráneo desde la llamada primavera árabe ha contribuido de manera sustancial al auge migratorio con todos los ingredientes arriba mencionados. No obstante sería un error  de bulto desligar lo que sucede en el Estrecho de lo que acontece en otras zonas colindantes por culpa de esa convulsión social y política, por culpa de la crisis económica y por culpa de la desigualdad y la injusticia. También en ellas las consecuencias se ceban sin género de dudas en el estrato más débil y desprotegido de la población, los inmigrantes. Estados y gobiernos de naturaleza política e ideológica diferentes y en algunos casos hasta antagónicas, utilizando pretextos de lo más variopinto, han encontrado un punto de interés común: la caza de brujas.

Y ahí va una retahíla de ejemplos:

En Arabia Saudí llevan desde hace más de un año una auténtica caza al hombre sin los más mínimos escrúpulos, separando familias enteras sin garantías ni derechos, expulsando a africanos y asiáticos a mansalva. Ya llevan más de 100.000 “repatriados” de manera arbitraria a oscuras, porque la mayoría de las caserías se desarrollan con nocturnidad y alevosía.  

En Israel el “Oasis democrático” de Oriente Medio ha facilitado la entrada de decenas de miles de africanos vía el Sinaí para construir, entre otras cosas, las ilegales colonias, pero también para neutralizar una cierta dependencia de los trabajadores de la construcción palestinos. Sin embargo, por culpa, supuestamente, de la crisis, les niegan  sus derechos adquiridos y, en una flagrante violación de los derechos más elementales, están fletando aviones a Uganda con trabajadores de diferentes nacionalidades soltándolos a su suerte. A algunos expulsados las autoridades de Israel les han otorgado la cantidad en metálico de 3500 dólares, después de hacerles firmar un documento por el que se comprometen a no volver ¡No me puedo imaginar a un o una inmigrante con esa cantidad de dinero en metálico suelta de noche en Uganda! Israel es un país con un currículum impecable e implacable en materia de “velar” por los derechos de las personas y lo sigue ampliando con brillantez.

El caso de Qatar es sintomático porque quieren concurrir a los mundiales de futbol a costa de los cadáveres de miles  de inmigrantes. La FIFA les está haciendo la pelota cambiando fechas  y mirando hacia otro lado,  mientras Qatar sigue  esclavizando y aniquilando físicamente a miles de trabajadores. La Confederación Sindical Internacional (CSI) está  haciendo una campaña internacional denunciando la flagrante violación de los derechos  de los trabajadores y su exposición cotidiana a una explotación extenuante que, en muchos casos, acaba en daños irreversibles y en muerte segura. Ya van más de 450 muertes, y se estima que de aquí a la celebración del Mundial se llegará a los 4000 muertos. ¡Seguro que después del Mundial empezarán otra campaña de limpieza!

Como veis, en las desgracias del Estrecho hay una cierta movilización social y mediática que, espero, tarde o temprano dará sus frutos, pero en el caso de los tres países arriba mencionados hay una ocultación sistemática y una complicidad vomitiva para encubrir situaciones de explotación  y de violación de los derechos más elementales de las personas.

Después de esto y antes de llegar a las conclusiones, me queda algún que otro ejemplo a evocar para completar la cuadratura del círculo, porque en todos los sitios se cuecen habas. En Bélgica ya están expulsando a ciudadanos de países de la Unión Europea, entre ellos a más de 300 españoles. Suponen, dicen, un lastre para las arcas del Estado y  Suiza  acaba de restringir por referéndum  la libertad de circulación de los ciudadanos Europeos. A la libertad de capitales ni la rechistan sea cual sea su procedencia. Paralelamente, hay una serie de partidos políticos de tufo netamente  xenófobo, cuando no racista, en países de tradición democrática que están experimentando un espectacular auge electoral, con propuestas demagógicas que afectan, no sólo a ciudadanos de terceros países, sino incluso a ciudadanos de la propia Unión Europea.

Todo lo relativo al tema migratorio y a la circulación de las personas, está adquiriendo aspectos muy peligrosos, con implicaciones que requieren reflexión y actuaciones de envergadura. Y cuando digo actuaciones no me refiero a exabruptos, ocurrencias y parches. Esto requiere algo serio, requiere pensar cosas que van más allá del hecho migratorio en sí. Estamos ante la quiebra de todo un modo y un modelo de vida, se están cuestionando valores y conceptos de los que nos hemos dotado gracias a largas y arduas luchas. Y todo eso tiene responsables, mejor dicho, es responsabilidad de todos, unos por generarlo, algunos por minimizarlo y otros por obviarlo y callarlo.  

Caza de brujas