viernes 17/9/21

Niños invisibles

25 millones de niños  están solos. Son menores de edad, huyen de las guerras o del hambre y más de ocho millones han acabado en manos de las mafias que los explotan.

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Solo en Ceuta y Melilla hay cientos deambulando por las calles. El 85% son casi analfabetos, el 51’3% reconoce que se droga, en su mayoría inhalando pegamento. Un 66’2% se alimenta de lo que encuentran en la calle. Los que proceden de países asiáticos suelen ser varones pero de los que huyen de conflictos como el del Congo, las niñas llegan a superar el 61%.

A pesar de los esfuerzos de organizaciones como Acnur, Unicef  o Cruz Roja las cifran no son exactas. Cada día huyen de sus países miles de niños, unos llegan a ser contabilizados y ayudados, otros se convierten en “invisibles”. Y tal como afirma Teresa Marcos en el libro Los Conflictos armados contemporáneos al final muchos de ellos sufren “explotación sexual o laboral, reclutamiento forzoso, mutilación genital o matrimonios forzosos”. A esta lista también hay que añadir a los que son víctimas de robos de órganos.

Hiba Ishmail Al Haji, de 16 años, es una sudanesa que salió huyendo de su país hace un año junto a su hermana, escapando de los bombardeos en el estado de Kordofan. En la huida perdieron a sus padres.

A partir de ese momento se enfrentaron a un largo camino sin alimentos ni agua. Finalmente llegaron al asentamiento de refugiados de Yida, repleto de menores. Las asistieron y buscaron una familia de acogida pero eran ya tantos los que vivían en la pequeña vivienda que Hiba tiene que dormir con una colchoneta en la puerta de la calle.

Lauren, un bebé de nueve meses nacido en Congo, ha vivido sin saberlo una de las experiencias más dolorosas de su vida. Su madre, una víctima más de las violaciones sistemáticas que sufren las mujeres en su país, decidió dárselo a un vecino para que se lo llevase a Europa. Pensó que su vida podría ser mejor en el viejo continente, pero el vecino nada más llegar a Casablanca lo abandonó.

Lo recogió una mujer subsahariana que lo cuidó amorosamente y lo llevó hasta Melilla, pero ahí los separaron tras hacerles la prueba del adn. Desde luego no fue una buena idea ya que la mujer estaba dispuesta a quedarse con él y cuidarlo pero las ONG españolas así como la Guardia Civil andan recientemente en estado de alerta ya que algunos niños subsaharianos que llegan a España no son hijos de los adultos que los acompañan.

Unos han llegado porque sus padres no los pueden mantener y los suben a las pateras para que el “primer mundo se ocupe de ellos”, otros han sido robados o alquilados para entrar más fácilmente en la península y por supuesto los hay que viajan con sus progenitores.

La realidad es que cuando pisan suelo español las autoridades y ONG lo primero que hacen es realizarles la prueba del ADN. Si no corresponden al del adulto que los acompañan, se lo retiran. Unos son amparados por el Estado pero desgraciadamente otros acaban cayendo en manos de las mafias.

De Congo salen huyendo innumerables menores que en el mejor de los casos acaban en campamentos de refugiados. Jean, de quince años, es uno de ellos. Salió ileso de un tiroteo en donde perdió la pista de su hermano de 18 años. Huérfano desde los 9, Jean huyó de su país y consiguió llegar al campo de Bundibugyo donde vive provisionalmente rodeado de menores que están absolutamente solos, identificado con el código: B´GYO /013/001.

El equipo de ACNUR del  centro de tránsito de Nyakabande en Uganda ha recibido a muchísimos jóvenes de entre 12 y 14 años en los últimos meses. Pero a pesar de estar acostumbrados a ello, se quedaron muy sorprendidos cuando una joven refugiada congoleña, Rachel, apareció con sus seis hermanos huyendo de la guerra.

“Alrededor del 70% de estos niños se reúnen con sus padres o con familiares en un corto período de tiempo”, afirman responsables del campo, pero el resto pueden caer en manos de traficantes.

Tampoco los niños sirios se están librando de este triste destino. Una de las crecientes preocupaciones de las citadas organizaciones es el aumento del número de menores no acompañados que hacen este viaje. Puesto que el precio del trayecto puede variar de los 2.000 a los 5.000 dólares por persona, algunas familias optan por enviar a los niños solos o con parientes a Europa.

La única buena noticia que hemos tenido respecto a estos niños maltratados es la sentencia dictada el año pasado por la Corte Penal Internacional contra el congoleño Lubanga por reclutar menores para la guerra: 14 años de prisión. La pena es escasa pero la sentencia es un texto ejemplar.

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