martes 17.09.2019

La virginidad de alguna 'izquierda'

Cuando la agitación contra la casta les convirtió en parlamentarios/as fueron asaltados por la lógica institucional y entonces concluyeron que el pacto con los distintos acabaría violentando su inmaculada soledad


En un excelente ensayo sobre derecha e izquierda para reafirmar su existencia, sostiene Norberto Bobbio que, con frecuencia, algunas formaciones en los extremos tienen problemas con la democracia. Reivindicar la soledad  en un escenario de mayorías y minorías en constante movimiento no es sino la más contundente exhibición de debilidad política. Y algo de esto empieza a darse en el Gobierno –y esto es grave- y en formaciones como Podemos, lo que acarrea ciertos elogios de la opinión académica y una creciente y no menos preocupante sensación de aislamiento e inutilidad.

En las últimas semanas, opiniones progresistas de la prensa alternativa no han dudado en aclamar a quienes, como Unidos Podemos, huyen del diálogo con otras fuerzas parlamentarias para tratar de alcanzar acuerdos sobre diversas materias de orden social, laboral, educativo o presupuestario. En la misma secuencia, arremeten contra aquellas formaciones que dialogan y pactan, no se sabe si por no contar con las demás, o porque lo pactado queda lejos de sus demandas. No conozco todavía en Cantabria, Castilla-La Mancha, Aragón, Extremadura o Asturias acuerdo alguno de Podemos con el PSOE, por ejemplo, para aprobar el presupuesto. Son parlamentos en los que el PSOE u otros (no el PP) gobiernan con el voto de Podemos. Eso sí, Podemos rechaza los acuerdos para censurar con dureza después, los que consiguen otros. Como si se pudiera gobernar sin presupuesto. En ocasiones, pareciera que las diputadas/os de Podemos asisten a los parlamentos autonómicos como a una asamblea de barrio. Cabe pensar que las razones para evaluar las conductas de unos y otros no deban ser clasificadas entre el blanco y el negro; siempre irrumpen grises y matices. Pero vayamos al grano.

La voluntad de pactar

En más de una ocasión he manifestado mis dudas acerca de la intención del Ejecutivo de pactar las políticas más sensibles de esta legislatura: pensiones y Estado de bienestar, reforma laboral, recuperación de derechos sociales y laborales, empleo, fiscalidad, modelo educativo, violencia de género o servicios públicos. Sin ir más lejos, el 1 de enero, el ministro de Economía, Luis de Guindos, rechazó derogar o corregir la reforma laboral y reivindicó con intransigencia y entusiasmo el núcleo duro de la misma. De inmediato, voces como CCOO advirtieron al Gobierno que actitudes como la del ministro, además de chocar contra el movimiento sindical y la democracia parlamentaria, solo podían contribuir a avivar el conflicto social. Ha de quedar claro, por tanto, que la primera responsabilidad de lo que suceda -con la reforma laboral o con otros temas- corresponde a quien aprobó las reformas y más competencias tiene: el ejecutivo conservador.

El problema reside en cómo abordan este reto las restantes fuerzas políticas. A mi juicio, ni una sola de las exigencias parlamentarias o de las demandas sindicales debe darse por perdida. Pactar es un verbo que debe conjugarse regularmente en esta legislatura, sabiendo como decía Quevedo que “el que quiera de esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos”. No se puede refugiar uno en la inmaculada posición de sus principios programáticos, dando la espalda a una de las principales tareas de un partido parlamentario: arrimar el hombro para ofrecer soluciones a los problemas de la gente. ¿Se puede hacer esto a la ofensiva? Sí, pero con ideas, rigor y talento. No vaya a ser que la negativa de uno a reconsiderar sus reformas sirva de excusa al mutis por el foro de otros para no comprometer su indignada retórica. La pereza de Rajoy de hace ahora un año, el no es no de Podemos en la investidura de Sánchez de marzo, y el no es no de este último tras las elecciones de junio, son tristes expresiones de incompetencia política que no pueden volver a repetirse.

Aún más sorprendentes resultan algunos deseos progresistas para este año que comienza. Quieren que este sea el año del conflicto social. He llegado a pensar que no era esto lo que querían querer desear, y que una desafortunada redacción les jugó una mala pasada. Puestos a desear yo siempre pensé que lo mejor sería transformar en leyes y proposiciones parlamentarias, en acuerdos sociales, inevitablemente pactados con el Gobierno, las reivindicaciones que hemos señalado más arriba. Que para ello, debemos movilizar a las trabajadoras y trabajadores, a la ciudadanía, pues seguramente. Algo parecido han propuesto los sindicatos en el marco de su estrategia de negociación con el Gobierno, y cuya primera cita fueron las movilizaciones del 15 y 18 de diciembre. Lo que me resulta extraño es que el deseo para 2017 no sea el acuerdo sino el conflicto.

Mucho me temo que una plural y no siempre transparente coalición de nueva política y nuevo periodismo, debidamente alentada por un bipartidismo vulgar, se han asentado en nuestro país a golpe de indignación, espectáculo y populismo (para que nadie se ofenda, asocio populismo a la idea de ofrecer soluciones falsas a problemas reales), y lo que están consiguiendo es erosionar la política democrática y trivializar el periodismo. No deja de ser desolador que en estos dos últimos meses, Podemos haya sido noticia (dulce y blanda) por los escarceos cuasi amorosos entre Iglesias y Errejón y por una aparente lucha de formatos asamblearios, mientras guardaba silencio sobre los problemas del país o simplemente lamentaba lo que hacían los demás.

No me cansaré de repetir que el Gobierno debe asumir definitivamente su condición de ejecutivo minoritario. De la misma forma que los grupos parlamentarios han de saber aprovechar el nuevo tiempo político. A partir de aquí el diálogo y la negociación serán herramientas para avanzar soluciones y no solo escenarios para librar batallas publicitarias.

La virginidad de alguna 'izquierda'