jueves 12.12.2019

Para reconstruir los puentes rotos

Lo dudé mucho, pero me atrevo a publicar esta reflexión

antes de la Diada.

Cuando el PP, ya de Rajoy, lanzó a las calles y plazas españolas a sus zapadores a recoger firmas contra el nuevo estatuto de Cataluña, estaba comenzando una labor premeditada de romper los puentes del diálogo y de ningunear Cataluña. Si recuerdan ustedes, simultáneamente se lanzaba aquella difusa y absurda campaña de no comprar productos catalanes, boicoteando el propio PIB español. Su recurso ante el TC contra el Estatuto marcó la declaración de guerra, en un claro intento de ganar votos en el resto de España.

Por otro lado, este hecho sirvió para dar excusas a quienes ya de antiguo venían proclamando –es cierto que sin demasiada convicción de lograrlo- el independentismo. Ya en el debate del propio Estatuto, ERC sufre un profundo conflicto interno, promovido por los sectores más radicales, que logran imponer incluso le proclamación de que se votara No al referéndum del Estatuto. El fracaso de esta posición (sólo hubo un 30% de voto negativo entre los votantes), volvió a desarbolar las posiciones del partido, que había logrado recomponerse con fuerza a partir de su participación en el tripartito. Así, sufren un fuerte descalabro en elecciones legislativas y autonómicas, aunque esto no les impide participar en el segundo tripartito, gracias a que el PSC también perdió fuerza.

Pero ya se va formando también otro ejército de zapadores, trabajan para romper los puentes que Pere Esteve, de manera desgraciadamente efímera, había contribuido a que se comenzaran a construir. Los cálculos de ERC pasan por un cambio de estrategia: el techo parlamentario les constriñe demasiado, y prefieren pasar a lo que antes llamábamos “línea de masas”. Así van buscando camino para ir tomando la calle, y el más coherente pasa por “resucitar” lo que, desde 1971 fue la Asamblea de Cataluña, que aglutinó a los diferentes sectores antifranquistas. Así que en 2011 se constituye la Asamblea Nacional Catalana (ANC), que comenzó presidiendo la por ahora presidenta del Parlament. La insensible sentencia del Tribunal Constitucional de 2010 ayudó claramente a fraguar la ruptura. Y a que la táctica del descontento se fuera, poco a poco, instalando en la calle. No deja de ser curioso que cundiera el malestar, cuando la participación en el referéndum del Estatuto no había llegado al 50%. Pero también es cierto que ya había comenzado la crisis, y que los titubeos del gobierno de Zapatero ante las presiones de Europa, y el vertiginoso incremento del desempleo, estaban concitando el malestar social.

La zozobra afectó a todas las fuerzas catalanas. El PSC también se vio concernido. Maragall, de una forma o de otra –con el apoyo no bien meditado de Zapatero- había despertado al tigre, y el PSC no estaba en condiciones de reconducir la situación. Tras bajar 10 puntos porcentuales en las elecciones autonómicas de 2010, en las elecciones municipales de 2011 el PSC pierde 205.000 votos, y su declive se confirma en las elecciones generales de ese año. En medio de su desmoralización se inicia un debate relacionado con el catalanismo, que le lleva a perder el rumbo de su política socialdemócrata, y centrando su discusión interna en un asunto que en definitiva no le es propio: el derecho a decidir. Se inicia un proceso de rupturas, abandonos y convulsiones internas, que dura varios años. El PSC pierde su capacidad de articular el concierto de la política en Cataluña, y se gana el recelo de la calle. En 2013, reunido en Granada el Consejo Territorial del PSOE se acuerda optar por el Federalismo en el modelo territorial de España. Pero es una decisión que se queda en el congelador.

Mientras tanto, la política de la ANC va tomando la calle, Diada tras Diada. Artur Mas comienza a gobernar en minoría, y en lugar de gobernar (quizá la única medida de gobierno que adoptó fue la de los brutales recortes en la Sanidad Pública) se apunta al movimiento, y con ERC va perfilando una línea de masas a favor del independentismo. La consigna “España nos roba” y la del “derecho a decidir” van calando en una parte de la gente, hasta el punto de que en cinco años los partidarios del independentismo pasan del 20 al 48%. Nadie ha especificado hasta hoy qué es lo que España roba a Cataluña, ni ha explicado en qué cosiste ni el derecho ni lo que hay que decidir. Y menos, de qué manera. Pero la gente que sale a la calle lo va asumiendo.

La ruptura está servida. Mientras tanto, el gobierno de Rajoy no da un solo paso hacia un diálogo con las instituciones catalanas. Más bien establece una escalada de hostilidad que enrarece más y más las relaciones. Tampoco estas instituciones quieren que haya ese paso. Es más rentable la ruptura. Y la ruptura la va fomentando la hostilidad de Rajoy y de sus lebreles en Cataluña. Ni Sánchez Camacho, y menos Albiol, son las personas adecuadas para generar un intento de entendimiento. Y una parte de los catalanes no secesionistas, ante la ruptura del PP y la falta de liderazgo de PSC intentan una tercera vía con la constitución de Ciudadanos, que termina desgraciadamente adoptando posiciones beligerantes y que no ayuda a pacificar las relaciones.

Mas es inhabilitado y sustituido por Puigdemont. ERC, primero a través de ANC y después directamente, va tomando cada vez más el timón de lo que cada vez se convierte más en una revuelta. Hasta el punto de que se llega a materializar la ruptura de una manera casi procaz y desafiante, con la ley del referéndum y con la ley de camino a la independencia. La antigua CiU se disuelve en ese movimiento secesionista, y aunque se reinventa en el PdeCat, una vez que se ha desgajado la gente de Unió Democrática, ha vinculado su destino de una manera suicida al éxito de la secesión.

Rajoy no ha adoptado ni un sola medida política en todo el proceso. Ni siquiera, dentro de su propia lógica, ha tomado medidas de gobierno para parar la rebelión. Ha optado por judicializar la oposición a los secesionistas, y ha convertido al Tribunal Constitucional en una especie de brazo ejecutivo que ha de lidiar con todos los que quieren la independencia.

Los secesionistas, a su vez, enardecidos, atropellan a esa mitad de catalanes que no están por la independencia. Las sesiones del Parlament son una lamentable sucesión de despropósitos, como no puede ser menos, procediendo de una mayoría tan antinatural como la que las promueve.

En medio de todo el embrollado proceso, surge un grupo, ya convertido en partido, que capitaliza el desconcierto de los votantes socialistas y el descontento con las consecuencias de la crisis. Con una exigua mayoría minoritaria se lleva la alcaldía de Barcelona, y practica la ambigüedad de apoyar un no explicado “derecho a decidir”. En época de reparto de garrotazos, jugar a la tibieza y a la ambigüedad calculada puede proporcionar votos. Y si no hubiera sido por Coscubiela –aguerrido militante de la Izquierda- habrían quedado como un apéndice supeditado a ese silencioso director de orquesta que dirige la calle y el bloque parlamentario secesionista, y que creo que se llama Junqueras.

Ahora el secesionismo va a continuar tomando la calle. Con el peligro, eso sí, de que algunos se desmanden y cometan algunas torpezas que no ayudarán a su causa. Y sobre todo, van a intentar unas elecciones, en las que aspiran a desbancar a Puigdemont y a los restos de CiU, que han hecho el desesperado trabajo de salvarse propiciando el absurdo. E intentarán gobernar (me refiero a ERC) con el apoyo o el acuerdo de Catalunya en Comú. Y es posible que este grupo cometa la torpeza de sustituir a Puigdemont, para ser devorado en su ambigüedad.

Y ese camino no va a arreglar nada. Ahora es necesario recobrar el perdido “seny” catalán, y tratar de encontrar un espacio de encuentro. Pero sin dejar que ningún “diablo cojuelo”, de los que han aparecido en estos últimos meses, les lleve a fórmulas imposibles haciendo de interesados anfitriones en el comedor de su casa.

Ahora hace falta que quienes por ambas partes han liderado la ruptura se quiten de en medio. Y que dejen que hablen entre sí quienes no han participado en el desmán que se ha creado. Inicialmente ha de pasar por un diálogo sincero de la gente del PSC y de Catalunya en Comú. Tal vez también de representantes de los sindicatos y de los empresarios. Para establecer unas bases sobre las que dialogar una salida. Y a partir de esas bases, han de ir, poco a poco, sumándose personas de las zonas más templadas de Ciudadanos, de la antigua CiU, e incluso de ERC y del PP. Pero la incorporación de estos dos últimos ha de ser cuando se haya avanzado en las reglas de diálogo. Cuando un 67% de catalanes reclaman una consulta, hay que buscar la fórmula legal, no rupturista y legítima de realizarla. Sin oportunismos ni autoritarismos.

En paralelo puede ser muy útil la iniciativa de esa Comisión Parlamentaria para abordar la renovación de la Constitución. Pero también en un proceso cauteloso y muy prudente. Porque de este terrible fracaso hemos salido todos con unas profundas heridas, cuya curación va a durar mucho. Y hemos de esforzarnos por lograrla.

Para reconstruir los puentes rotos