sábado 04.04.2020

“Una noche de quinientas horas”

“Resignémonos, doctor. Aguardemos los acontecimientos, y si verdaderamente no es posible, esperemos la liberación general, sin jugar a ser héroes”.
Albert Camus. La peste.


Debido a un enfrentamiento con el emperador César Augusto, sin conocer los motivos, Ovidio, el más joven de la terna de los grandes poetas latinos, fue desterrado a un exilio obligado en Tomis, ciudad ubicada en la costa del Mar Negro, donde pasó el resto de sus días. Desde allí, escribió “Tristes”, cinco libros de poemas en los que Ovidio explica lo que le ha sucedido, defendiendo su inocencia. Inicia el prólogo con el recuerdo doloroso de aquella negra noche en la que tuvo que abandonar la ciudad: “Cum subit illius tristissima noctis imago…”: “Cuando se me aparece la tristísima imagen de aquella noche que fue para mí mis últimos momentos en Roma, cuando de nuevo revivo la noche en que tuve que dejar tantas cosas para mí queridas, aún resbalan de mis ojos las lágrimas”. Utilizando este lírico recuerdo, muchos ciudadanos confinados en nuestro exilio, al contemplar, en apenas unos días, nuestras ciudades desiertas, como a Ovidio, nos resbalan de los ojos tristes lágrimas. ¿Qué nos ha pasado? Si Ovidio llegó a ignorar la causa de su destierro, hoy, ningún español, ningún ciudadano del mundo, ignora la razón de este confinamiento: la pandemia causada por el “coronavirus”.

Al tratarse de uno de los temores más anclados en la mente humana, uno de los temas más abordados en la literatura por autores de todas las épocas, han sido las enfermedades, y más concretamente, las epidemias y las pandemias. Así lo recoge el dossier elaborado por Christine Sétrin “Grandes pandemias y epidemias de la literatura”. La peste, castigo divino por excelencia, ha sido descrita desde la Antigüedad. En el Libro de Samuel, Jehová le da al rey David la elección entre tres castigos: siete años de hambruna, tres meses de guerra o tres días de peste. David elige la tercera opción, muriendo con su opción hasta setenta mil hombres. En su Historia de la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta, Tucídides narra que una epidemia de peste en Atenas, en cuatro años de olas sucesivas, mató a una tercera parte de la población. En “Edipo rey”, Sófocles describe la peste que asola Tebas como metáfora de la violencia que se expande en la ciudad de manera contagiosa. En el siglo VI, gracias al historiador bizantino Procopio de Cesárea en su “Historia secreta de Justiniano”, sabemos que Bizancio fue asolada por una terrible epidemia de peste que se propagó por toda la Europa meridional. En 1348, otra peste se ensaña con Florencia. Matteo Villani, en su Crónica Universal hace el balance de la enfermedad, calculando que murieron unos 50.000 florentinos. Boccaccio lo recoge en El Decamerón. Maquiavelo en “Descripción de la peste de Florencia del año 1527”, no narra los estragos provocados por la peste, sino que describe a un paseante escéptico e irónico, en medio de una ciudad habitada por moribundos. Manzoni hace en su novela “I Promessi Sposi” un documento apasionante sobre la época de la peste de Milán. El escritor francés Marcel Schwob, en el siglo XIX dedica varios cuentos a la peste, cuya precisión en las descripciones no dejan insensible en su obra “El Rey de la máscara de oro”. En su novela ficticia “Diario del año de la peste”, Daniel Defoe relata las experiencias de un hombre durante el año de 1665, en el que Londres sufrió el azote de la gran plaga. Defoe se convierte en testigo de los comportamientos humanos más heroicos, pero también de los más mezquinos: siervos que cuidan de sus amos, padres que abandonan a sus hijos infectados, casas tapiadas con los enfermos dentro, ricos huyendo extendiendo la epidemia allende las murallas de la ciudad. En 1826, Mary Shelley, la aclamada autora de Frankenstein, publica “El Último Hombre”, novela de anticipación apocalíptica. Cuenta cómo descubre en una cueva unos escritos que recogen una profecía muy antigua sobre el porvenir de la especie humana: “a finales del siglo XXI, después de unas guerras, una plaga de peste diezmará la humanidad. Sólo sobrevivirán un puñado de hombres”.

La resignación puede ser peor que el virus. Hay que construir, empezando por una nueva Unión Europea con nuevas alternativas. Situaciones nuevas e impredecibles necesitan instituciones renovadas y nuevas soluciones, más imaginativas y eficaces

Analizando la realidad en la que hoy estamos inmersos, si existe una novela que aventura esta pandemia que sufre el universo, es “La Peste” de Albert Camus. Su historia es conocida. En la década de 1940, en una ciudad corriente de Argelia, Orán, empiezan a aparecer casos de peste por las ratas. La ciudad, atemorizada, comienza a inquietarse. En pocos días, a falta de espacio en el hospital, se utilizan escuelas para atender a los múltiples enfermos. Mientras los ciudadanos se adaptan al inesperado autoexilio, se sitúan guardias en las fronteras de Orán y se hace cambiar de ruta a los barcos que se dirigen a ella. El comercio decae y los habitantes permanecen inactivos. Progresivamente, con el fin de evitar la propagación, se van tomando medidas cada vez más limitantes, incluidas cuarentenas, hasta llegar al cierre de la ciudad, por lo que muchas familias quedan separadas. Se hace acopio de provisiones para sobrevivir el tiempo que dure la reclusión. Los únicos que podían circular por las calles son los intendentes, los síndicos y los soldados de la guardia. El final del primer mes de la peste se ensombrece por un incremento de víctimas y por el sermón de un cura, el abate Paneloux, quien vaticina que la epidemia atacará sólo a aquellos que no son dignos del reino de Dios. Los entierros se transforman en rápidas ceremonias y se decide transportar a los muertos al horno crematorio, al este de la ciudad. Los equipos sanitarios permanecen absortos en su trabajo mientras se anuncia que se está preparado un nuevo suero contra la peste. Este escenario que describe, miedo, dolor, enfermedad, sufrimiento, desazón…, permea la novela; le sirve a Camus para analizar los comportamientos y las actitudes de varios de sus personajes ante la peste. Finalmente, tal como vino, la peste se va y los ciudadanos pronto se olvidarán.

Con esta novela, el pensamiento de Albert Camus es el de un pensador vigente, y la mayor parte de sus descripciones y reflexiones son hoy actuales. La terrible peste que se avecinaba era un reto para la humanidad y las primeras reacciones de los hombres era tacharla de irreal; era imposible que un suceso así azotara la vida del hombre. Los ciudadanos morían en la soledad de sus casas, muchas familias desaparecieron por falta de quien las atendiera. El infierno, como tantas otras veces a lo largo de la historia, se había manifestado en la tierra. Era imposible que esto sucediera, precisamente porque la peste suprimía el porvenir del hombre y si el hombre se definía por ser algo, era por ser libre, por ser el dueño de su realidad y proyectar su vida presente en el futuro. Humillado por la peste, su futuro se había eclipsado.

Si los ciudadanos han sido capaces de resignarse a que esta dura noche sea de quinientas horas, a los políticos y a las instituciones se les exige que todas las noches de ahora en adelante, sean noches de horas de dignidad

Para Camus, la ciudad de Orán es el personaje central y el doctor Bernard Rieux, el cronista que, a pesar de las vicisitudes por las que atraviesa, tiene la capacidad de rescatar lo más valioso de la situación: ayudar y alentar a los ciudadanos desesperados, cuya aspiración personal es encontrar la paz, sin la necesidad de creer en Dios. Con esta alegoría, pretendía Camus expresar la terrible imagen de la expansión del nazismo durante la segunda guerra mundial. En ella, muestra lo que siempre fue, un humanista. Su obra refleja la “filosofía del absurdo”, ese conflicto entre la búsqueda de un sentido objetivo a la vida humana y la inexistencia aparente de él; la sensación de alienación y desencanto del hombre, pero, a la vez, la afirmación de las cualidades positivas de la dignidad, la solidaridad y la fraternidad humanas. Mas, cuando la ciudad de Orán se ve liberada del miedo, el doctor Rieux comprueba que los hombres nada han aprendido de la epidemia; después del sufrimiento padecido, ávidos por olvidar, manifiestan una huidiza dejación de aquella solidaridad y heroicidad aparecida durante la peste. Los personajes de la novela representan ese amplio abanico que va desde médicos a turistas o fugitivos, contribuyendo a mostrar los efectos que una plaga puede tener en una determinada población. De ahí que sean significativas las palabras que el periodista Raymond Rambert, uno de sus personajes aquejado por la epidemia, le dirige al doctor Rieux, expuestas en el encabezamiento de estas reflexiones: “Resignémonos, doctor. Aguardemos los acontecimientos, y si verdaderamente no es posible, esperemos la liberación general, sin jugar a ser héroes”.

Camus, junto a Sartre, fue uno de los portavoces éticos y morales de la Francia de la posguerra; representa la filosofía del absurdo; en su novela plasma la pérdida del sentido vital de la existencia humana, la pérdida de los valores que desde la Ilustración habían configurado la identidad europea. Se pone de manifiesto de que el hombre no tiene el control de la situación: la irracionalidad, el caos de la vida es inevitable; la peste representa el absurdo, cuya teoría Camus contribuyó a definir. La cruel y deshumanizada guerra mundial había provocado una lucha fratricida entre los hijos de Europa. Se impone una “nueva moral”: la moral de la honradez y de la solidaridad, por la que, conscientes del sufrimiento, es necesario aunarse en un destino común. Tal vez, con esta idea, superado el nazismo, Camus estaba anunciando y deseando la creación de una Europa unida. El enemigo unió al pueblo francés del mismo modo que la peste unió a los hombres de la ciudad de Orán con el propósito de combatirla. La enseñanza que se desprende del análisis de la novela es que, en medio de una epidemia, una guerra o una catástrofe, cuando no hay respuestas ni Dios ni la razón son el consuelo; de ahí la frase de André Gide, francés como él y coetáneo: “los dioses sólo se hacen presentes cuando no les necesitamos; ¿para qué valen, entonces?, ¿sólo para que les adoremos?; la unidad solidaria debe ser el principio motor que hermana a los hombres para hacer lo correcto: vencer, unidos por la fuerza del trabajo, la adversidad que les azota. Probablemente el mensaje más importante que aporta Camus en “La peste”, es que, en medio de una ciudad lanzada al dolor de vivir cara a la muerte, se aprende algo: que en los hombres existen cosas más dignas de admiración que de desprecio; queda la posibilidad de una profunda solidaridad y el compromiso con uno mismo y con los demás, por el que se da todo y no se espera recibir nada a cambio. Lo estamos viendo estos días en España.

Resulta, pues, insultante la atención que se presta en los medios de comunicación a gente frívola, a los necios que saben enfrentar y no unir, a profetas de desventuras, a noticias banales que nada aportan a la sociedad y sin embargo ignoramos a quienes, desde la ciencia, el conocimiento y la sensatez, nos ofrecen oportunos y sabios mensajes para la reflexión, estando más preocupados y dedicando más medios a las armas nucleares que a la investigación en biología y en el bienestar de la humanidad. Stephen Hawking, el físico británico, cuya carrera permitió contar con elementos importantes para la comprensión del universo, a pesar de esa enfermedad que lo confinó paralizado en una silla de ruedas, en una entrevista en 2001 al diario británico The Daily Telegraph, aseguró que “sería un virus y no una bomba atómica lo que acabaría con la población de la Tierra”. Su visión no era sólo la de un eminente científico e investigador del universo sino la de un “sabio profeta” del futuro de la humanidad. En estos momentos, en los que el espíritu y el ánimo, asustados, enferman, es cuando debemos demostrar nuestra gratitud y fidelidad a las señales que nos ofrece la vida. No podemos descubrir nuevos océanos a menos que tengamos el coraje de perder de vista la costa. Es un buen momento para tirar tabiques pues no existen islas para “la peste”.

Como en aquella película de la industria de Hollywood, vivimos “atrapados en el tiempo”. Nuestras noches de encierro son de quinientas horas. En esta situación delirante de confinamiento cada día se nos ofrece una sensación reconocible en cualquiera de nosotros: un hastío vital ante una monotonía que hace que, aunque no estemos atrapados realmente, reaccionamos en la monotonía cada vez que suena el despertador a la misma hora, para indicarnos que ha llegado el momento de hacer lo mismo que hicimos ayer, resignados a vivir una y otra vez el mismo día, despertando cada mañana y vernos obligados a repetirlo todo. Esta monótona repetitividad convierte a los “atrapado en el tiempo” en una parábola universal.

Pero el tiempo perdido hoy hay que saber ganarlo para “el mañana de después”. Son estos tiempos oportunos para la reflexión. A través de negarnos hoy llegaremos a afirmar nuestro mañana; si es incómodo el encierro, será más feliz la liberación. Las oportunidades pasan y no las podemos desaprovechar. Cuando pase esta larga noche de quinientas o más horas, cuando salgamos a las calles y podamos vernos unos a otros, sin máscaras ni guantes, sin recelos y miedos tendremos que reflexionar sobre el mundo que hemos construido, en el que hemos vivido, cómo lo hemos construido y vivido y qué cambios habrá que llevar a cabo. No podemos repetir aquello que en La peste comprueba el doctor Rieux: que no hemos aprendido nada de esta pandemia, que después del sufrimiento padecido, ávidos por olvidar, manifestamos una huidiza solidaridad, esa generosa y necesaria solidaridad aparecida durante “la peste”.  

Nos quedamos dormidos en una noche, en un tiempo, en el que no había peste en la ciudad y ahora, encerrados, nuestras noches son de quinientas horas. Viajamos sin movernos. Que el miedo no consuma en nosotros lo que el virus no ha podido tocar. Queda aún miedo y dolor en las casas del encierro y muchos días de espera por volver a las rutinas. Somos hoy un futuro que duerme, gastando horas, aburrido y escondido, pero nos espera un futuro que habrá que inventarlo cada día del que aún no está escrita la fecha de su amanecer. Cuando salgamos, los árboles y las flores se habrán vestido de primavera. Mientras estuvimos encerrados con el miedo, aceptamos solidarios los consejos, pero ahora, ya sanos, corremos el peligro de olvidarlos.

La resignación puede ser peor que el virus. Hay que construir, empezando por una nueva Unión Europea con nuevas alternativas. Situaciones nuevas e impredecibles necesitan instituciones renovadas y nuevas soluciones, más imaginativas y eficaces; no podemos volver a caer atrapados en nuestras comodidades y rutinas. Exigir una nueva sociedad que afronte no solo la incomodidad sino los nuevos riesgos que produce la globalización. Por desgracias, vamos a poder comprobar con dolor que las consecuencias del “maldito coronavirus” no afectará a todos los ciudadanos por igual, a pesar de las promesas de igualdad hechas por las instituciones del Estado. Muchos ciudadanos volverán a las miserias de ayer. Hay que cambiar la sociedad de los privilegios por la sociedad de la solidaridad y el reparto equitativo; no queremos volver a ver que la riqueza se acumula en la pirámide de las élites y los riesgos, las dificultades y las desgracias, en los de siempre. Sospechamos que esta desgracia no hará más igualitaria la sociedad. Que no será lo mismo vivir de rentas que de un mísero salario, ¡Qué facilonas, predecibles, obvias y cínicas sonaron las palabras del Jefe del Estado, en ese insulso y sobreactuado discurso por la crisis del coronavirus! Si con jabón se previene el coronavirus, para muchos ciudadanos, con la república superaríamos el virus de la monarquía.

En las situaciones de riesgo por las que estamos atravesando no todos tienen las mismas posibilidades de superarlas… “A ninguno le faltará lo que necesite”, decían Felipe VI y Pedro Sánchez. ¡Qué fáciles palabras! Es verdad que el virus no distingue de clases, pero qué bien saben algunos resguardarse contra él. Muchos sacarán tajada, se aprovecharán de esta crisis, pero no todos afrontarán los mismos riesgos ni del mismo modo. Tal vez se salven las empresas, pero no a los ciudadanos. Puro neoliberalismo. Nos dirán que no hay otra alternativa, y orientarán las preferencias económicas de aquellos que son los fuertes en las relaciones económicas. Es la teoría de la resignación, pero también un nuevo tiempo y motivo para la indignación. Hemos aceptado la gravedad de la situación, pero estará por ver si aceptamos también las soluciones si se van al paro cientos de miles de trabajadores. Hay que ensanchar el marco de lo posible. Se impone cerrar el escenario del egoísmo insolidario y abrir un horizonte de igualdad, solidaridad y justicia social, para vivir, todos, una vida que de verdad merezca ser vivida con dignidad. Si nada es imposible, hagamos que esto no lo sea. Como decía Mandela todo parece imposible hasta que se hace. Si los ciudadanos han sido capaces de resignarse a que esta dura noche sea de quinientas horas, a los políticos y a las instituciones se les exige que todas las noches de ahora en adelante, sean noches de horas de dignidad.

Sería un desastre, añadido al que ya estamos padeciendo con esta pandemia, que se cumpla lo que la periodista canadiense Naomi Klein señala en su libro “La doctrina del shock”: una historia sobre el libre mercado y cómo el capitalismo se ha usado como herramienta para ejercer violencia contra el individuo. Es el llamado capitalismo del desastre; ataques contra instituciones y bienes públicos, siempre después de acontecimientos de carácter catastrófico. Consiste en aprovechar el shock de un desastre y crear atractivas oportunidades de mercado que, con ciertos cambios económicos, beneficien a unos pocos. Sus tres grandes medidas suelen ser impopulares, pero, ante ciertas condiciones de shock, la población suele aceptarlas sin rechistar. Estas son: a. Privatización de empresas y bienes públicos. b. Desregulación de ciertos sectores comerciales y c. Recortes en el gasto social.

En su libro “Patas Arriba. La Escuela del Mundo al Revés”, Eduardo Galeano reivindica “el derecho al delirio”, el derecho a soñar con un mundo mejor, aunque posiblemente eso no sea posible. Y comparto estas palabras suyas: “Alguien, quién sabe quién, escribió al pasar, en un muro de la ciudad de Bogotá: Dejemos el pesimismo para tiempos mejores pues, aunque los océanos nos separen, nos une la misma luna”.

“Una noche de quinientas horas”