martes 22.10.2019

Madrid Decide: La lotería de Babilonia

“Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles (…).Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra en ellas de modo imperfecto y secreto: la lotería. No he indagado su historia; sé que los magos no logran ponerse de acuerdo; sé de sus poderosos propósitos lo que puede saber de la luna el hombre no versado en astrología”.
La lotería de Babilonia, Jorge Luis Borges (1941)


En el relato fantástico La lotería en Babilonia, Jorge Luis Borges imagina la evolución de la institución de la Lotería en el antiguo reino. En principio ofrecía premios pecuniarios a las personas que podían participar, pero crece en complejidad por interés de los mercaderes y los usuarios del sorteo, hasta ser gobernado por una Compañía que decide la suerte de toda la población. El paso del tiempo aporta a la vez misterio y poder a la Lotería, cuyos límites y sentido sólo se pueden conjeturar, dado el secretismo del proceso.

La vida en Babilonia se organiza en torno al riesgo, la incertidumbre ante lo que depara la suerte o lo que la Compañía decida, lejos de un orden de causas y efectos.

Con el referéndum municipal sobre la remodelación de la Plaza España, el gobierno municipal madrileño emula la caótica y siniestra Lotería que imaginó con brillantez e ironía Borges.

En febrero y marzo de 2016 abrieron un “proceso participativo vinculante” para que la ciudadanía madrileña eligiese entre los 72 proyectos que se presentaron (una consulta dirigida mediante una veintena de preguntas con alternativas de todo tipo y poco precisas).

Dieron toda clase de facilidades: la consulta estuvo abierta durante un mes y medio, se podía votar por internet, se incluyó en el censo a menores de edad (desde los 16 años) e incluso el Ayuntamiento llamaba por teléfono (así votó un 30 % del total de participantes).

En lo que llamaron “el proceso de participación más amplio de la historia de Madrid”  votó un 1 % de un censo total de 2,6 millones de personas. Pero sólo el 0,6% de la ciudadanía madrileña expresó a través de esta consulta su deseo de que se acometa este proyecto porque nada menos que un 27 % se mostró en contra y un 10 % no se pronunció.

Tras los resultados de la primera fase, ahora entramos en la fase final, en la que, en un alarde más de democracia participativa, eliminaron las dos propuestas más votadas y someterán a votación la tercera y la décima (porque así lo decidió una comisión de “expertos”). Se vota entre “Mi rincón favorito de Madrid” (103 apoyos) y “Un paseo por la cornisa” (170 votos).  

Han llenado las farolas de propaganda del referéndum municipal sobre el proyecto de remodelación de la Plaza de España y han enviado 2 millones de papeletas al vecindario para que votemos el proyecto ganador del 13 al 19 de febrero de 2017. Se gastarán entre 100.000 y 600.000 euros en este chusco concurso de ideas.                   

Pero lo que el ciudadanismo populista nos oculta es que la decisión de demoler el edificio España y dejar sólo la fachada no está en discusión, se presenta como algo irrevocable (allanándose el gobierno municipal a la pretensión de los compradores, primero el multimillonario chino Wanda y luego el murciano Trinitario Casanova).

Orillan así el verdadero debate sobre la operación urbanística que se ha urdido en la Plaza de España: ¿por qué han dado luz verde a la demolición  del edificio España y se pliegan a las pretensiones del holding inmobiliario de turno?.

El asunto central lo ocultan y nos entretienen con un elemento tangencial al meollo del pelotazo urbanístico (se levantará un hotel de cinco estrellas del grupo Riu y las tiendas de lujo ocuparán las demás plantas en la manzana del antiguo edificio España).

Como el señor Casanova declaró en “El Español” (4-10-2016): “Me parece bien que la ciudadanía participe en el diseño de los jardines de la Plaza de España” y se ufanó de que se compromete a la conservación de la fachada mientras que el grupo Wanda pretendía la demolición completa del edificio. Un ejemplo más de empresario del ladrillo campechano, con conciencia social y dotado de un enorme altruismo por el bien de la ciudad.

La farsa y el embrollo del referéndum municipal es una cortina de humo para que no nos fijemos en los compromisos y las negociaciones cerradas previamente por el Ayuntamiento de Madrid con el holding inmobiliario murciano y  que perdamos el rato en dar vueltas sobre el  "entorno"  que tendrá la cáscara vacía del antiguo edificio España (el sótano y las tres primeras plantas para centro comercial y el resto del edificio un hotel de lujo con unas 600 habitaciones).   

En Las arquitecturas mentirosas, un documentado análisis a propósito de la operación del edificio España, publicado en “El Mundo” el 09/09/2015 por Enrique Domínguez Uceta, se denunciaba el “fachadismo”  como una tendencia al camuflaje de grandes operaciones de especulación inmobiliaria con el “compromiso” de que se conserva y protege el patrimonio urbano. Y se señalaba cómo precisamente en este caso, lo importante y lo singular es el conjunto del edificio y no la fachada.

Cito varios párrafos del texto:

Hablando de la fachada del madrileño Edificio España nos desviamos del tema principal, que es la certeza de que se va a destruir una obra singular de arquitectura si se llevan a cabo las obras que se anuncian. Fue el edificio más alto de Europa occidental en su tiempo y uno de los mayores del mundo levantado con estructura de hormigón armado. Mantener tan sólo una parte de sus fachadas supondrá salvar la cara en una operación de estricto contenido inmobiliario, y una pérdida indudable en el patrimonio y en la historia de su ciudad. La polémica sobre la pretensión de los propietarios de destruir la fachada para construir una semejante no deja de ser tan lamentable como irritante, puesto que sólo se justifica desde la conveniencia económica, ni siquiera desde la necesidad técnica.

El contorsionismo legal ha logrado que las leyes de protección del patrimonio histórico de nuestras ciudades, surgidas con pies y cabeza para que protegieran los edificios valiosos cuando eran arrasados por la especulación en los años 70 del siglo pasado, se hayan ido retorciendo y modificando hasta juntar los pies con la cabeza, como demuestra el hecho de que se permita derribar un edificio valioso y se obligue a mantener en el aire una fachada descomunal mientras se destruye el valor arquitectónico de la obra”.

(…)”En cualquier caso, el aspecto más interesante del rascacielos es su estructura, una de las mayores del mundo en hormigón armado, realizada así por la escasez de acero en nuestro país cuando se construyó, en plena posguerra. Esa es precisamente la parte de la obra original que va a desaparecer si nadie lo evita. Permanecerá su fachada principal masiva y escalonada, del estilo empleado por los arquitectos menos modernos de su tiempo que levantaban edificios de altura en la Unión Soviética o Nueva York, en línea con la torre de Telefónica en la Gran Vía, que en 1929 fue la más alta de Europa”.

Pero como ocurre en el rocambolesco cuento de Borges, también hay astrólogos, místicos y exégetas de la Compañía que relatan la experiencia de los llamados "Ayuntamientos del cambio" con un  fárrago incomprensible.

Así nos lo cuenta Carlos Girbau (Sin Permiso, 29/01/2017):

"Está fermentando en las ciudades un espacio colectivo de apoyo mutuo, transversal y diverso, vertebrado alrededor de principios republicanos de radicalidad democrática, libre e igualitaria que hace del común su eje y que entiende su intervención obligada en las instituciones como parte de la lucha por superar el actual marco institucional y económico impuesto a la ciudadanía por el Régimen del 78".   

Intuyo, tras la lectura de esta jerigonza, que el autor nos intenta convencer de que la galería de personajes que ocupan hoy los sillones municipales y se reparten con sus afines las canonjías correspondientes, lo hacen por nuestro Bien, que han caído allí por accidente, sin comerlo ni beberlo y para superar el Régimen del 78 “impuesto a la ciudadanía”.

Tal vez la “nueva política” consiste en un  circo permanente, en un “fábrica de la ilusión”  en la que participamos por internet como “individuos” en las consultas trucadas que improvisan los líderes que son promocionados previamente por las cadenas de televisión del “cambio”.

Tal vez la superación del “Régimen del 78” consiste en que se elimine del ágora pública el debate informado sobre el modelo de ciudad que necesitamos para la mayoría, que no se hable en absoluto del reequilibrio social y medio-ambiental de la ciudad a favor de los distritos del sur y del este de Madrid, que se consolide un centro urbano de escaparate, plagado y al servicio de grandes cadenas comerciales y hoteleras, con una almendra central “cool” y peatonal (en la que también florezca un nicho de tiendas de diseño para urbanitas y turistas con alto poder adquisitivo) y que se agudice lo que en la sociología urbana se llama el proceso de gentrificación de las ciudades.

Tal vez se elimine así en las instituciones democráticas la representación de los intereses colectivos de la mayoría social trabajadora, articulados a través de organizaciones sociales, políticas y sindicales (que son demonizadas como la “vieja política”, el diabólico “Partido Bankia” y la corrupción)  y se sustituya por el ruido y el espectáculo dirigido a “consumidores” individuales por una élite de “preparados” preseleccionada por los grandes grupos mediáticos y económicos que les dan soporte .

Tal vez así campe entonces a sus anchas la especulación inmobiliaria, para que superemos los males de la partitocracia y  volvamos, por ejemplo, a los años cuarenta o cincuenta del siglo pasado: el asistencialismo caritativo de las cenas de Nochebuena para pobres con bendición episcopal incluida o los plebiscitos arbitrarios inventados y ordenados por la voluntad del caudillaje sin garantía democrática alguna.  

Tal vez todo el tinglado consiste en que nos sentemos delante de la tele o del ordenador a darle a “me gusta”, que desestimemos los intentos por encontrar explicaciones racionales a los fenómenos sociales, económicos y políticos que ocurren delante de nuestros ojos, que no nos organicemos en nada ni con nadie y que nos resignemos, en beneficio de la Compañía que organiza la Lotería, a que “Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares”.

Madrid Decide: La lotería de Babilonia