martes 22.10.2019

Keynes o el extraño caso de un influyente economista difunto

El keynesianismo contribuyó a reanimar al sistema capitalista tras años marcados por nefastas experiencias.

El resultado de las elecciones generales del pasado 20 de diciembre ha metido a la política en un callejón de difícil salida. El empate técnico entre las fuerzas favorables al cambio y las que pretenden limitarlo y acomodarlo a opacos debates internos e intereses no explícitos dificulta encontrar soluciones aceptables para los principales actores políticos que intervienen en la disputa. Hay más preocupación por presionar y forzar la voluntad de rivales internos y externos que en facilitar un diálogo capaz de alumbrar cualquiera de los pactos que permiten las urnas. La información disponible para el común de los mortales sobre lo que está pasando en las entretelas del escenario político es escasa, fragmentada e interesada.

La incógnita catalana se ha resuelto en el último minuto. Como no queriendo, la CUP ha decidido que Mas de un paso al lado y que el proceso independentista mantenga el mismo plan trazado y el mismo liderazgo de la derecha catalana. ¿Qué impacto tendrá esa decisión en las negociaciones que están en marcha para decidir la composición y los apoyos del próximo Gobierno de España? Ninguna base racional permite hacer el menor cálculo de probabilidad sobre los escenarios posibles. Sencillamente, ni sabemos ni podemos saberlo. Habrá que esperar semanas para conocer si Rajoy o Sánchez o ninguno de los dos consiguen lo que quieren.

Aprovechando este compás de espera, intentaré analizar un interesante y extraño fenómeno que en los últimos dos años ha tenido una notable incidencia en la renovación de algunos rasgos de la identidad de los partidos de izquierdas y en la letra de sus programas económicos: el pensamiento de Keynes y sus partidarios ha resucitado y ha vuelto a ser influyente. Ideas y argumentos vinculados en su origen con el pensamiento keynesiano vuelven a estar presentes en el programa económico del PSOE y han saltado más allá del espacio socialdemócrata, tras haber sido adoptados por buena parte de los partidos postcomunistas. También nuevas fuerzas, como Podemos, que han aligerado la ideología y las referencias políticas con las que están dispuestas a cargar, se han mostrado muy permeables a los planteamientos keynesianos.

La recuperación de Keynes por la izquierda en los últimos años tiene mucho de malentendido. Las ideas de Keynes permitieron que economistas partidarios del sistema capitalista se atrevieran a pensar que el mercado podía funcionar mal y que la intervención pública podría ser necesaria para impedir que la economía se instalase en una situación de insuficiente demanda agregada que perpetuara el estancamiento económico y el paro masivo. Los planteamientos keynesianos salvaron al sistema capitalista de sus partidarios más doctrinarios, entre ellos buena parte de los economistas y políticos de su época, y de las viejas ideas y dogmas de la teoría económica clásica que predominaban en su tiempo, al igual que habían dominado durante los cien años anteriores.  

Según Keynes, “los postulados de la teoría clásica sólo son aplicables a un caso especial, y no en general, porque las condiciones que supone son un caso extremo de todas las posiciones posibles de equilibrio”. Y consideraba que las características de ese caso extremo o supuesto particular en el que se fundamentaba la teoría clásica no eran las de la economía que regía en su tiempo, por lo que consideraba que las enseñanzas de los economistas clásicos y de sus continuadores “engañan y son desastrosas si intentamos aplicarlas a los hechos”. Las ideas de Keynes lograron con creces su objetivo y durante las tres décadas que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial gozaron de enorme influencia teórica y práctica. A partir de mediados de los años 70 y durante otras tres décadas se dieron por amortizadas y quedaron marginadas a reducidos ámbitos académicos, pero por lo visto durante la Gran Recesión han revivido y vuelven a estar de plena actualidad.

Auge y caída del keynesianismo en el siglo XX

Más allá de su evidente interés y altura teórica, el keynesianismo contribuyó a reanimar al sistema capitalista tras años marcados por nefastas experiencias. A la Gran Depresión siguió una época de extrema inestabilidad política y proliferación de ideologías invasivas que alcanzaron su punto álgido con la gran catástrofe que supuso la Segunda Guerra Mundial. A su término, el keynesianismo propició en el bloque occidental un reajuste del capitalismo del que surgió un nuevo equilibrio político y una nueva legitimidad que sumó a la socialdemocracia a la defensa de un sistema reformado, compatible con un Estado de bienestar que mejoró las condiciones de vida de las clases trabajadoras del mundo capitalista desarrollado.

Tras varias décadas doradas de funcionamiento de ese nuevo modelo capitalista, la socialdemocracia se fue incorporando a partir de los años ochenta del pasado siglo a la tarea de desmontar aquel modelo y contribuir, desde una posición política subordinada a los partidos conservadores y neoliberales, al desarrollo de una nueva fase en el devenir del sistema capitalista caracterizada por una nueva ola de mundialización de los mercados, recortes del Estado de bienestar y fuerte presión desreguladora de los mercados laborales, financieros y bancarios. En algún caso, la socialdemocracia intentó puntualmente una acción gubernamental alternativa que dio por fracasada al poco tiempo. Una y otra vez la socialdemocracia volvió a defender la desregulación, proteger los beneficios empresariales como vía segura a la prosperidad y confundir crecimiento económico y bienestar de la sociedad.

La socialdemocracia fue demasiado lejos en la defensa del nuevo modelo neoliberal de sistema capitalista y contribuyó a la hegemonía de un nuevo paradigma económico que impulsó el desprestigio del sector público y la construcción de mercados liberados de la intervención pública bajo el pretexto de una búsqueda de competitividad y eficiencia. Por eso le está costando tanto a la socialdemocracia europea sacudirse de encima el pensamiento económico neoliberal. Para buena parte de la socialdemocracia, la  reivindicación del pensamiento de Keynes tiene mucho de ruptura con su reciente pasado y de recuperación de esencias y rasgos perdidos. 

En beneficio de la actualidad de los planteamientos keynesianos hay que señalar que numerosos estudios empíricos siguen mostrando dos conclusiones de gran interés: primera, los países capitalistas desarrollados que emprendieron antes de 2008 políticas de ajuste del gasto público más intensas no consiguieron necesariamente mayores logros en la mejora de la productividad global de los factores productivos o más crecimiento que economías similares que mantuvieron o redujeron en muy escasa cuantía los gastos públicos; y segunda, la flexibilidad de los precios como respuesta a los desajustes entre oferta y demanda sigue siendo lenta y, casi siempre, insuficiente.

En las recesiones se necesita de la política monetaria para reducir las tasas de interés y animar a consumidores y empresas a incrementar sus gastos (e inversiones) y reanimar la actividad económica. Pero la política monetaria puede no funcionar. Por ejemplo, cuando existe una trampa de liquidez y los tipos de interés son demasiado bajos para que la política monetaria sea eficaz.

Es en tales ocasiones cuando las ideas de Keynes autorizan a pensar que la intervención pública debe ir un poco más lejos para que la política presupuestaria permita recuperar el equilibrio entre oferta y demanda agregadas y, en definitiva, que la economía vuelva a funcionar. En la economía real, los mecanismos de corrección que actúan automáticamente en los modelos de la teoría económica clásica o neoclásica no siempre funcionan ni los mercados asignan eficientemente los recursos. Keynes legitima la intervención pública y eso es lo que sigue sacando de quicio a numerosos economistas y políticos conservadores y neoliberales. Keynes justifica la intervención pública y a ese clavo ardiendo se agarra la izquierda postcomunista que ha dejado atrás el legado leninista pero aún siente el vértigo de arrumbar por completo la crítica y el análisis marxista del capital.

Desde la segunda mitad de los años noventa hasta el estallido de la crisis global en 2008, el endeudamiento del sector privado en la eurozona aumentó en más de un 60%, espoleado por un crédito abundante y muy barato que creció a una tasa media anual que rondaba el 6%. El surgimiento y la expansión del euro eliminaron los riesgos asociados a las fluctuaciones del tipo de cambio, reforzaron los flujos de crédito desde los países excedentarios del norte de la eurozona hacia las economías periféricas y multiplicaron el endeudamiento de los agentes económicos privados de los países del sur de la eurozona. Ese sobreendeudamiento de hogares y empresas sirvió de estímulo suficiente a la demanda de bienes y servicios. El crédito, el efecto riqueza proveniente de las burbujas de los precios de los activos y la utilización puntual del déficit público como recurso de última instancia para compensar los destrozos causados por las recurrentes crisis financieras eran factores más que suficientes para impulsar la demanda agregada y, en consecuencia, el crecimiento de la actividad económica.

En los años previos a la crisis de 2008, pocos economistas o políticos en ejercicio echaron en falta la intervención pública de inspiración keynesiana para reanimar la actividad económica. El crecimiento económico logrado, aunque espasmódico, contribuía a desvalorizar las ideas de Keynes, transformando en anatema la defensa del sector público y marginando las ideas que señalaban la necesidad de la intervención pública para regular los mercados o incentivar la demanda efectiva. En el escenario económico levantado a partir de los años 80 del pasado siglo, las ideas de Keynes estaban de más. Tras haber sido determinantes en la reanimación del sistema capitalista, se habían convertido en una rémora. Volvieron a proliferar los cándidos o malintencionados economistas que predicaban “que todo pasa del mejor modo en el más perfecto posible de los mundos, a condición de que dejemos las cosas en libertad”.   

La recuperación del keynesianismo por las izquierdas

La reciente resurrección de las ideas keynesianas, tras la derrota y el repliegue sufridos en los años 70 y 80 del pasado siglo, se ha producido gracias a una crisis que ha puesto en evidencia las nefastas consecuencias de un mercado mundial desregulado, con un peso desorbitado de las operaciones financieras, que promueve la tolerancia del capital financiero a riesgos extremos de los que desconoce su envergadura y alcance, pero le brindan altas tasas de rentabilidad.  

El modelo de crecimiento basado en la desregulación y el sobreendeudamiento privado generaba inevitablemente burbujas en los precios de los activos financieros e inmobiliarios que impulsaban el crecimiento del PIB al tiempo que favorecían que una minoría poderosa capturara una parte creciente del incremento de la renta así generada. En España, esas burbujas coexistían con una elite política negligente e inmoral que favorecía la desigual distribución de la renta y veía normal o con buenos ojos que parte de sus miembros aprovechara su posición política para enriquecerse y enriquecer a empresas amigas y toda una fauna parasitaria dispuestas a agradecer sus favores. 

Finalmente, el estallido de la crisis financiera global de 2008 paró en seco las posibilidades de seguir financiando la deuda de los agentes económicos privados de los países del sur de la eurozona y puso en evidencia la artificial tramoya que había generado el plus de crecimiento económico que experimentaron los países periféricos de la eurozona, la fragilidad e insostenibilidad del crecimiento económico así conseguido y los poderosos intereses que habían promovido la desregulación del sistema financiero y bancario, el apetito por la especulación y el enorme riesgo asumido por deudores y acreedores. Tras casi ocho años de crisis y tras superar la doble recesión sufrida en la eurozona entre 2008 y 2013, el escaso y precario crecimiento de la actividad económica conseguido a partir de 2014 dificulta la inversión productiva, limita la mejora de la productividad global de los factores y, en consecuencia, impide la recuperación del crecimiento potencial perdido durante la crisis.

La crisis global de 2008 en la que aún está inmersa la eurozona ha permitido que las ideas de Keynes hayan vuelto a revivir. Sus apoyos se han desplazado hacia la izquierda y ahora sirven de inspiración a los programas económicos de los partidos de izquierdas y a las propuestas, reivindicaciones y críticas que realizan las organizaciones sindicales. Huérfana de otras agarraderas teóricas en las que inspirar sus alternativas de política económica, la izquierda ha abrazado lo que entiende como una fundamentación de la intervención del Estado para impulsar la demanda agregada y superar los fallos, desequilibrios e ineficiencias de los mercados realmente existentes.

Con la Gran Recesión se ha vuelto a repetir la historia que vivió Keynes con la Gran Depresión. Por lo menos, la parte de la historia que expresa la necesidad de una nueva reforma del sistema capitalista que facilite un nuevo equilibrio político y una nueva legitimidad que ofrezcan respuestas al descontento y la indignación que en los países del sur de la eurozona han provocado la crisis global y las políticas de austeridad. Keynes o una versión funcional, quizá también ramplona, del pensamiento de Keynes han vuelto a revivir en los programas de las fuerzas políticas progresistas y de izquierdas que confrontan sus propuestas económicas con las que sirven de soporte a las políticas de austeridad que propugnan los programas del PP y Ciudadanos.     

Keynes era plenamente consciente de la influencia de sus argumentos cuando en 1936 escribió lo siguiente: “Las ideas de los economistas y de los filósofos de la política, tanto cuando son correctas como cuando son erróneas, son más poderosas de lo que comúnmente se entiende. De hecho, el mundo está dominado por ellas. Los hombres prácticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto”. Lo que no podía saber Keynes es que esas palabras escritas en 1936, convertidas en una cita mil veces repetida desde entonces, se confirmarían en su caso por partida doble. Tras su muerte en 1946, los planteamientos keynesianos conocieron tres décadas de enorme prestigio y otras tantas décadas de ostracismo. Ahora, la crisis global ha vuelto a proporcionar nueva vida a las ideas keynesianas. Muchos de sus planteamientos y propuestas se han reencarnado en los programas de los partidos de izquierdas. Keynes ha vuelto a ser de nuevo un economista difunto muy influyente.

Keynes o el extraño caso de un influyente economista difunto