jueves 14.11.2019

De nacionalismos diversos y de respuestas necesarias

@Montagut5 | Los nacionalistas -españolistas y catalanistas- han gestionado los asuntos públicos de forma nefasta en los últimos años desde Madrid y Barcelona. El Estado del Bienestar no es la patria de los nacionalistas, no les interesa, les incomoda y lo combaten con dureza, a pesar de que muchos de sus protagonistas viven o han vivido del Estado siempre. El PP, el principal partido nacionalista de España, hasta ahora, ha herido los derechos sociales como nunca nadie en este país lo había hecho desde que llegó la democracia, y entró de lleno en la limitación de los más clásicos, como los relacionados con las libertades de expresión y manifestación. Pero el nacionalismo catalán ha hecho algo parecido en su ámbito, provocando problemas tan graves como las que se padecen en el ámbito sanitario, mientras no se legisla, o se gasta el dinero en cuestiones de supuesta amplia prioridad relacionadas con esa huida hacia delante hacia la tierra prometida de la independencia, que todo lo solucionará seguramente. A unos y otros no les interesan los colegios públicos de primaria, los institutos públicos de secundaria, los hospitales públicos, la dependencia, la atención a los mayores, etc. Eso no es patriótico. Lo patriótico es apelar a la unidad sagrada de España, supuestamente alcanzada por los Reyes Católicos, al calor de la rendición de Granada en un enero, que debió ser muy frío, o a la Cataluña vilipendiada por las supuestas felonías cometidas por un rey francés a comienzos del siglo XVIII. Pero, ni España fue creada por los dos Trastamaras más interesantes de una fascinante dinastía, por mucho que quisieran imponer un modelo de monarquía autoritaria, pero que tuvieron que las leyes y fueros de sus respectivas Coronas, como luego sus herederos austriacos, a pesar de un Olivares centralista y que fracasó; y, siendo cierto que se terminaron las libertades catalanas con los Decretos de Nueva Planta, su naciente burguesía aprovechó la situación para acumular capital en el comercio americano antes vetado, base fundamental de la revolución industrial que hizo de Cataluña uno de los espacios más modernos y dinámicos del Mediterráneo decimonónico, y posteriormente.

Pero llevar lazos amarillos y sacar banderas españolas, ya sean constitucionales, ya no, permite esconder muchas miserias. La derecha española y el nacionalismo catalán se caracterizan, en este sentido, por no asumir nunca responsabilidad alguna. Para la primera la culpa de todo la tienen los socialistas o los nacionalistas sin Estado, o esos señores radicales de Podemos o las Mareas. Pero el nacionalismo catalán también es campeón en el ejercicio de achacar todos y cada uno de los males que aquejan a Cataluña, sin excepción alguna, al centralismo brutal de Madrid. La culpa es del otro, no lo duden.

Los nacionalismos se caracterizan, además, por generar extensas tramas de corrupción porque el amor intenso a las esencias patrias no está reñido con el amor por el dinero acumulado de forma ilícita. Si ese dinero, además, se puede depositar en un paraíso fiscal, mejor aún. La patria es terrenal y se lleva en el corazón, pero el dinero está mejor en el paraíso, fuera de las fronteras del mundo, donde los demás no lo pueden alcanzar.

Los nacionalismos se necesitan para vivir, para subsistir políticamente, y para ello no dudan en manipular el discurso e intentar manipular a la ciudadanía, dentro de los parámetros del debate que podemos definir de “patio de colegio”, del “tú más”. No es nuevo. Hay muchísimos ejemplos en la historia contemporánea española desde los tiempos de la crisis de la Restauración.

Y al calor de esa Cataluña que supuestamente insulta cada día, y ante una derecha clásica enfangada hasta las cejas por la corrupción, apareció otra, amparada al calor de liberales europeos, moderna, joven, guapa, glamurosa, que igual te pacta con los socialistas, que acepta votos de la extrema derecha, en el triunfo de la frivolidad más manifiesta de una época en la que todo vale, y todo es justificable, fruto de la intensa falta de cultura política y de valores cívicos que padece este nuestro país.

Y mientras la derecha clásica abandona la tecnocracia de los últimos tiempos del presidente amable que nada sabía de lo que ocurría en su casa genovesa, al calor de un heredero del personaje que, a Dios gracias, nos salvó a mediados de los años noventa, y que potencia un discurso retrogrado un día sí y otro también, aunque con poca sustancia argumentativa, y la derecha nueva revolotea por el sur, tan contenta de haberse conocido, surge algo que parece más nuevo, como en Europa, aunque no lo es, realmente, porque vivía ya desde hace mucho en los polvorientos sótanos del Partido Popular, que se presenta como el más firme ariete contra nuestra particular pérfida Albión, léase Cataluña, pero que también pretende recordarnos que sólo hay un modelo de familia, que el franquismo fue, sí una dictadura, pero superlight, y necesaria para salvarnos (la manía de la salvación no cesa nunca en este país), que las feministas son nazis, los inmigrantes nos asedian, especialmente los musulmanes en una suerte de modernos almohades o almorávides, y los gays, bueno, qué se yo.

Y en medio de todos estos cambios en la derecha española y del increíble trío matrimonial de la fuerza nacionalista catalana de raíz burguesa, con la de la supuesta izquierda más la antisistema, juramentadas las tres en un furor fundamentalista, nuestra izquierda, la clásica y la nueva, llena de nobles ideales democráticos y sociales, no termina de encajar en este debate del nacionalismo, a pesar de que una parte de ambas ha sucumbido a cierto discurso de las patrias, aunque en versión más moderada, y sin llegar a los desvaríos de los golpes de pecho, mientras otra, también en ambas casas, vive en las eternas querellas internas, fatigantes y desmovilizadoras. Esas izquierdas conocen la Historia de este país, y saben de las mentiras que esconden los patriotas de opereta y los más peligrosos de las esencias. Por eso, deben comenzar a entenderse y pasar a la ofensiva contra las mentiras, las manipulaciones y las medio verdades, amplificadas por los modernos medios de difusión, simplificadores y fácilmente manipulables. Hay tiempo para la defensa de la civilización, representada por el reconocimiento y garantía de derechos y libertades individuales, colectivos y sociales, por el respeto a los demás, por la necesidad de seguir trabajando contra la violencia que padecen las mujeres y otros colectivos, por la solidaridad con los que sufren todo tipo de desigualdades e infortunios, sean de donde sean, fuera del reduccionismo y el maniqueísmo, así como contra los que pretenden regresar al centralismo que no reconoce la diversidad real, pero también contra los que se han inventado una Cataluña cainita que pretende ahogar la que tanto ha aportado al acervo común, buscando una solución territorial que, quizás, pase por el federalismo, desenmascarando en ambos casos las falacias del mal planteado debate territorial, que esconde las cuestiones esenciales, anteriormente resumidas. No es momento de desánimos, es momento de actuar con serenidad, pero con determinación democrática.

De nacionalismos diversos y de respuestas necesarias