lunes 06.04.2020

Traidores

En estos días de coraje y lenguaje tabernario hay un tema que necesariamente va a dar que hablar y mucho en los próximos meses o años. El de la traición. Y habrá que hacerlo. Si esto le sale bien a Sánchez estará cumpliendo solo con su obligación y si le sale mal lo pagará en las urnas. Esa es la democracia. A mí no me gustaba el modelo gobierno que se acaba de formar. Lo dije antes de que se produjese, porque pensaba que era mejor una formulación de gobierno a la portuguesa con un programa común de izquierda y un gobierno monocolor. Aunque visto, leído y oído el espectáculo político y mediático creo firmemente que no es posible otra opción. Y si tenía alguna duda al respecto las inaceptables diatribas en  las sesiones de investidura me las han despejado por completo.

Como tampoco me gusta el sistema electoral que tenemos y creo firmemente en el de segunda vuelta. Claro que si es el pueblo, el que decide directamente quien preside el gobierno, toda la arquitectura constitucional que preserva a la monarquía en la proposición de presidente se viene abajo, entre otras cosas. Se eso, como otras cuestiones que tampoco me agradan ni me convencen, y las acepto siendo radicalmente republicano, porque el pacto de convivencia entre españoles lo exigió y lo exige. Es la tan denostada hasta hace poco Constitución del 78 por la que la izquierda derramó prisión, sangre, sudor y lágrimas. Y si esa norma establece el sistema de representación de segundo grado y luego la regula en la ley electoral, es tan importante como el art. 155 o el 2. Y ese pacto escrito tiene y debe que respetarse no solo por la fuerza de la ley, sino por la de las convicciones democráticas.

Pero ese acuerdo de convivencia no lo bajó Moisés escrito en piedra. Se hizo por políticos y desde la política. Y se hizo negociando no solo entre diferentes; sino entre vencedores y vencidos; entre ex-presidiarios y ex-ministros de la dictadura; entre ex-huérfanos de fusilados y ex-responsables de ejecuciones de sentencias sumarias. Todos conscientes de que España y los españoles merecían darse otra oportunidad. Los comunistas llamaron a la «reconciliación nacional» desde los años 60 del siglo pasado. Las nuevas generaciones de hijos de los vencedores y vencidos habían pasado página de tal manera para superar el drama civil del siglo XX en que aquello fue posible. Y se consiguió.

¿Como se pudo construir un proyecto democrático entre el 75 al 78? ¿Quiénes eran los traidores? ¿Quiénes, con quiénes y con respecto a qué?

Por todo eso es detestable esta nueva deriva de odio y rencor. No es aceptable esta dinámica de política destructiva e inconsciente. ¿Es tan insoportable pasar página por desenterrar huesos antiguos? ¿Es tan tremendo reconocer nuestra tragedia común y poner alguna cosa en su sitio en reparación de las víctimas de la dictadura? Pero sobre todo, ¿Es tan imposible construir de nuevo un pacto de convivencia cuando se está fracturando? ¿No nos podemos sentar a hablar con nadie por su acción pasada? ¿Porque fueron asesinos? ¿Porque fueron terroristas o secesionistas? ¿Porque son comunistas? ¿Por qué son diferentes o piensan distinto? ¿Cual es el último que queda antes de llegar a nosotros como nos recordaba Brecht? ¿Quién de nosotros o ellos?

Entonces... ¿Como se pudo construir un proyecto democrático entre el 75 al 78? ¿Quiénes eran los traidores? ¿Quiénes, con quiénes y con respecto a qué? Porque en efecto. Así los llamaron. Unos a Suárez y a los ucedistas traidores (también al Rey ahora emérito) a los principios al movimiento nacional que habían jurado. Si ahora el líder de UCD levantase la cabeza y viese al ridículo fundamentalista en que se ha convertido su hijo se avergonzaría. Como lo haría el General Gutiérrez Mellado, zarandeado por unos ignorantes golpistas del 23-F, habiendo sido el directo responsable en la guerra civil del espionaje en el interior y de la 5ª columna de opositores a la república en favor de los sublevados. O el Cardenal Tarancón (el de Tarancón al paredón) Todos ellos unos cobardes, felones y traidores a sus orígenes. La fotografía comparada que ilustra esta opinión permite marcar las diferencias

Otros (la izquierda que fraguó la Constitución), también fueron cobardes, pactistas y traidores, para algunos de los suyos, a la II República, a su bandera, al marxismo, al marxismo-leninismo y a decenas de de cosas que produjeron dolor en nuestras gentes, en nuestros exiliados, en los familiares víctimas del terrorismo de estado totalitario franquista. Y se asumieron sacrificios para conseguir la reconciliación nacional y para garantizar el más largo periodo democrático y de prosperidad pacífica para España.  

Y todo eso tuvo su eclosión un 23-F en que los partidarios de las esencias de un bando fracasaron no sin dejar antes un reguero de muertos desde 1975 hasta el 26 de enero de 1977 con la matanza de Atocha. Si. Esa fue la transición de verdad. No la falseada de un cuéntame para merluzos. Y aún con esos muertos latentes las dos partes se sentaron, hablaron y negociaron. Y pactaron... Los traidores. De los dos bandos. Habrá que recordar quien, de nuevo, puso los muertos de ese periodo, aunque el terrorismo repartió bastante esa balanza.

Por todo ello no podemos ni debemos mantenernos más en el “tiempo de silencio”, que diría Martín Santos, ante esta deriva de sinrazones. Hay que hablar de esto alto y claro. Porque si dejamos de dialogar sobre lo que nos separa ¿Como nos vamos a encontrar? No desde el silencio desde luego. No desde la aceptación de una España artificialmente dividida por unos líderes irresponsables e ignorantes de su propia historia reciente y contemporánea.  Solo hay una condición esencial para ese hablar imprescindible. El respeto. Y el único límite no soportable es el del odio y el rencor. El del insulto y la amenaza. El de la coacción y la chulería prepotente de la ultraderecha. Porque eso es la antítesis del diálogo y de la razón. De manera que habrá que seguir peleando para conseguir el poder hablar y convenir. Seguro que sí. Es nuestra manera de ser de izquierda, progresistas, demócratas y españoles. Aunque nos llamen traidores.

Traidores