martes 26.05.2020

¿Se puede llegar desde la ortodoxia y la heterodoxia a los mismos resultados?

El escrito firmado por estudiantes de economía de 19 países en el que se critica la enseñanza de la economía actual ha resucitado un viejo debate...

El escrito firmado por estudiantes de economía de 19 países en el que se critica la enseñanza de la economía actual ha resucitado un viejo debate acerca de qué es lo que se debe enseñar en un grado de economía y cómo. Esta controversia viene de muy atrás y seguramente es objeto de discusión cada vez que en las facultades se plantea un nuevo plan de estudios. Se reavivó en el año 2000 cuando un grupo de estudiantes franceses hizo un escrito criticando la enseñanza predominante actual, que se basa en los supuestos de la economía neoclásica y se desarrolla con modelos matemáticos cada vez más sofisticados y abstractos. Esto hace perder a la economía su vinculación con el mundo real y alejarse de lo que es una ciencia social.

Catorce años después de aquella llamada de atención y que dio lugar en Francia, pero también en otros países, a un debate en el que participaron profesores e investigadores, se vuelve a plantear la cuestión fundamentalmente por los estudiantes, pero que también hemos firmado enseñantes. La insatisfacción que se siente ante la enseñanza actual de la economía ha aumentado como consecuencia del surgimiento de la crisis actual. El hecho de que la mayoría de la profesión no fuera capaz de predecir la crisis y tampoco de combatirla eficazmente es lo que ha provocado esta reacción.

En economía, a lo largo de la historia, no ha habido nunca consenso unánime acerca de cómo abordar teórica y empíricamente los problemas complejos de la realidad. La historia del pensamiento económico sirve no solo para conocer las principales ideas de los economistas relevantes, sino también las controversias que se dieron en cada momento concreto. Sin embargo, siempre ha habido un conjunto de presupuestos teóricos que se han convertido en el paradigma dominante, aunque a su vez se han dado voces discrepantes y economistas dispuestos a nadar contracorriente. La ortodoxia cambia a los largo de la evolución de las ideas económicas y en consecuencia también la heterodoxia. Por lo general, las corrientes que no pertenecen al paradigma dominante y que lo critican desde diferentes posiciones es lo que se entiende por heterodoxia.

En este sentido, Luis Ángel Rojo en un excelente ensayo escrito en 1968 con el título “Keynes, los clásicos y los problemas de hoy” decía: “El tema de la ‘revolución keynesiana’ está quedándose viejo y relegado a un rincón del ámbito económico. La razón hay que buscarla en su propio éxito: la teoría keynesiana ha perdido, al cabo de treinta años, su carácter revolucionario y ha pasado a ocupar una posición central en el pensamiento económico ortodoxo” (J. M. Keynes y otros. Ariel, 1968).

De modo que lo que surgió como una heterodoxia frente al pensamiento dominante neoclásico luego se convierte en ortodoxia como reflejan muy bien estas palabras. Esta ortodoxia también era resultado de un modo de interpretar a Keynes y de la difusión del modelo que se basaba en hacerlo compatible con los presupuestos neoclásicos, pues lo que se pretendía era preservar todo el ensamblaje teórico de lo que había venido configurando la economía desde 1870. Se trataba, por tanto, de hacer de las ideas de Keynes un modelo de equilibrio y un caso parcial del equilibrio general en el que se admitían, no obstante, los presupuestos keynesianos de la existencia de rigideces e imperfecciones en el mercado, pero limitada su validez al corto plazo.

No todos los keynesianos aceptaron esta interpretación y consideraron que Keynes no era compatible con la escuela neoclásica, sino que suponía una ruptura con estos planteamientos. La escuela poskeynesiana, como así se denominó esta corriente, se convirtió en heterodoxa dentro de la interpretación que se hacía de las enseñanzas del maestro, pues seguían reivindicando esa revolución teórica frente a la visión complaciente de la síntesis neoclásica-keynesiana. Pero fue minoritaria dentro de la profesión.

En la década de los ochenta el pensamiento económico que se impuso, basado en el fundamentalismo de mercado y el monetarismo, desplazó al pensamiento keynesiano de la síntesis de la ortodoxia, de forma que los neokeynesianos, seguidores de esta interpretación, también pasaron a situarse en conflicto con lo que se constituyó como ideario dominante. El ejemplo más significativo lo forman un conjunto de economistas que están siendo muy críticos con las teorías que avalan la eficiencia de los mercados. De un modo muy clarividente lo expone Stiglitz en el capítulo “Reformar la ciencia económica” en su libro Caída libre (Taurus, 2010), si bien esta reforma que propone se queda pequeña pues se centra sobre todo en la crítica de las teorías defensoras del libre mercado y no da cabida a otras teorías y enfoques más heterodoxos, que es lo que reivindican los estudiantes antes mencionados cuando hablan de una visión más pluridisciplinar.

En estos momentos, como señala, con acierto, Chang (Sin permiso) se pueden destacar las siguientes líneas: la economía de mercado que tiene tres variantes -la escuela Clásica (Adam Smith y David Ricardo), la escuela austriaca (Friedrich Hayek) y la escuela neoclásica que es la actual corriente dominante-. Más allá de estas, hay otras muchas escuelas influyentes en el pensamiento económico incluyendo la Keynesiana, la Marxista, la Schumpeteriana, la Institucionalista, la Desarrollista y la Conductista. Como se puede ver muchas más que las que se imparten en las facultades. Esta mutilación es la que se refleja en las insuficiencias que muestra la economía convencional a la hora de analizar la realidad y su fracaso estrepitoso ante el estallido de la crisis y su desencadenamiento posterior.

En suma, ha quedado claro que la ortodoxia actual, basada en el fundamentalismo de mercado, parte de supuestos irreales que conducen a conclusiones falsas. De ahí su incapacidad para predecir y dar respuestas adecuadas a la crisis. A partir de aquí la cuestión de la reforma de los estudios de economía es una necesidad urgente si se quiere tener un cuerpo teórico explicativo y no quedarse en una visión estéril, aunque esté muy bien construida formalmente y con instrumental matemático, debido a su baja utilidad  para hacer avanzar el conocimiento de la realidad. Se plantea, no obstante, si existe un principio unificador en un edificio teórico alternativo que debe ofrecerse a los estudiantes.

En este caso empiezan las divergencias, pues hay controversias, como la que se suscitado entre un neokeynesianos, como Krugman, y otro poskeynesiano como Steve Keen. El primero en su blog critica el manifiesto de los estudiantes, porque considera que lo que proponen en las reformas de la enseñanza de la economía es la eliminación del cuerpo teórico de la síntesis y sustituirlo por corrientes más heterodoxas. No es así ni mucho menos, pues lo que se pretende no es destruir nada sino que no se imparta solo la visión dominante, que a su vez limita en exceso el campo de estudio de la economía.

No deja de llamar la atención que un economista como Krugman, que está resultando tan crítico, salga en defensa de lo que compone el cuerpo teórico actual de la economía, el cual a su vez no debe estar constituido solamente por la eficiencia de los mercados. Lo que considera básicamente es que no es un problema de insuficiencia teórica o de falta de herramientas lo que ha conducido a la falta de visión de los economistas ante la crisis, sino un fallo de observación. En consecuencia, no hay que cambiar nada, tal vez mejorar la observación. Pero esto no se sabe cómo se hace.

Por mi parte, considero que este fallo de observación es el resultado de la teoría económica actual, que no proporciona las herramientas adecuadas para el análisis de la realidad, por eso la ortodoxia y la heterodoxia no conducen a los mismos resultados.

¿Se puede llegar desde la ortodoxia y la heterodoxia a los mismos resultados?