sábado 07.12.2019

Vivir sin pasado ni futuro, sólo en un presente permanente

Quienes dominan el mundo actual –banqueros, políticos, académicos u otras especies– han aprendido, tras 50 años de experimentos, que la manera más efectiva de destruir el sentido de identidad y solidaridad de los pueblos es borrar su pasado

“La caridad es una cosa fría, gris y sin amor. Si un hombre rico quiere ayudar a los pobres, debe pagar sus impuestos gustosamente y no repartir dinero a capricho”.Clement Attlee
“La caridad es una cosa fría, gris y sin amor. Si un hombre rico quiere ayudar a los pobres, debe pagar sus impuestos gustosamente y no repartir dinero a capricho”.Clement Attlee

Vivimos en un predominio apabullante del presente. El pasado y el futuro quedan eclipsados. Las preocupaciones de la actualidad son tan agobiantes y absorbentes, que nos impiden mirar el ayer y el mañana. Nos hemos instalado en un hoy permanente que nos incita a considerar el pasado deleznable y desechable, y a ignorar el futuro por sombrío e impredecible.

Tony Judt nos dice en su libro "Sobre el olvidado siglo XX",  de todas las ilusiones contemporáneas, la más peligrosa es aquella sobre la que se sustentan todas las demás: la idea de que vivimos en una época sin precedentes, única e irrepetible y que el pasado no tiene nada que enseñarnos. Según John Berger, cualquier sentido de Historia que vincule el pasado con el futuro fue marginado, si no es que eliminado. Y así, la gente sufre un sentido de soledad histórica. Los franceses se refieren a quienes tienen que vivir en las calles como SDF. Sin Domicilio Fijo. Estamos bajo una presión constante para sentir que tal vez nos volvimos los SDF de la Historia.

Quienes dominan el mundo actual –banqueros, políticos, académicos u otras especies– han aprendido, tras 50 años de experimentos, que la manera más efectiva de destruir el sentido de identidad y solidaridad de los pueblos es borrar su pasado. Una vez borrado, puede construirse cualquier discurso que, pese a su presunta inocencia, es corrupto políticamente: una nueva oportunidad, un nuevo tiempo. Tal es la demagogia del neoliberalismo. La intención es muy clara, el reducir así todas las alternativas políticas a una sola. Hay que pagar hoy la deuda, sin preguntar por su origen pasado ni por sus secuelas futuras- de ahí la inevitabilidad de la austeridad- y propiciar el crecimiento, que traerá empleo a borbotones. Es lo único que importa.

 Mas, la humanidad no hubiera avanzado y construido un futuro ilusionante sin tener en cuenta su pasado. Ortega y Gasset nos dice: «Siempre ha acontecido esto. Cuando el inmediato futuro se hace demasiado turbio y se presenta excesivamente problemático el hombre vuelve atrás la cabeza, como instintivamente, esperando que allí, atrás, aparezca la solución. Este recurso del futuro al pretérito es el origen de la historia misma…»

Es evidente que en el pasado hay soluciones, que podrían servirnos para salir de este tenebroso túnel e iniciar un nuevo camino ilusionante. Los destrozos producidos hoy son muchos y graves: desempleo permanente, precariedad con unos derechos laborales decimonónicos, niveles de desigualdad insostenibles, Estado de bienestar muy dañado, democracia eviscerada, un planeta Tierra ambientalmente insostenible. Conviene mirar por el retrovisor el pasado. ¿Cómo podemos olvidar que todo lo que se ha hecho en Europa occidental para conseguir más justicia, más seguridad, más educación, más bienestar y más responsabilidad del Estado hacia los marginados y los pobres nunca se habría podido alcanzar sin la presión de las ideologías y movimientos socialistas, pese a sus ingenuidades y falsas ilusiones? ¿Cómo es posible, por tanto, olvidarse de Marx, quien ya profetizó y analizó tantos desmanes del capitalismo? Tal olvido ha propiciado que la gran mayoría haya perdido sus coordenadas políticas. Sin mapa ni brújula, no sabemos a dónde nos dirigimos. No tenemos futuro. ¿Cómo imaginamos el futuro ahora? Nadie acaba de ver el tiempo que vendrá. Alguien decretó hace tiempo que ya no hay futuro, pero el futuro no se acaba nunca, simplemente somos incapaces de imaginarlo. Y si lo imaginamos es sombrío. Por ello, vivimos de espaldas a él, como si no existiera, lo cual significa una gran irresponsabilidad.

Por ende, es lógico que el futuro ya no tenga esa fuerza de orientación que tuvo en buena parte del siglo XX. El futuro se ha convertido en una amenaza al ser incapaces de ver posibilidades alternativas a la devastación, el empobrecimiento y la violencia. Y esta es precisamente la situación actual. Pero esto no significa que el futuro haya dejado de ser un campo de batalla para otros. Algunos han planificado nuestro futuro. Según Franco Berardi, destruir la Europa de la solidaridad y del progreso, thatcherizar el continente transformándolo en un desierto de miseria, precariedad e ignorancia es el proyecto que el poder financiero se ha propuesto y está ejecutando. Lo cual nos provoca desesperación, pánico y rabia incontenibles. En definitiva, un futuro sin futuro.

Para orientarnos hacia un futuro ilusionante, de progreso, no tenemos otra opción que hacer caso a Ortega y Gasset. Mirar hacia atrás.  Uno de los documentos más importantes del siglo XX fue el Informe elaborado en 1942 por Beveridge, sobre Seguridad Social y Servicios Afines, a instancias de las autoridades británicas, que recoge gran parte de las reflexiones y prácticas de las políticas de bienestar ensayadas hasta entonces. Beveridge, junto a las políticas de Bismarck medio siglo antes y las propuestas de Keynes, son la base del moderno Estado de bienestar. El significado del informe lo expresa Janet, su esposa: Tanto si les gusta como si no, tanto si se sienten contentos como apenados, significó la inauguración de una nueva relación entre los hombres en el seno del Estado, y del hombre con el Estado, no sólo en este país, sino en todo el mundo. La ética de la hermandad universal de los hombres fue entronizada aquí en un plan a llevar a cabo por cada individuo de la comunidad al servicio de sí mismo y de sus compañeros. 

En el Reino Unido durante la primera guerra mundial el pueblo pensó que el planear la paz no era importante. Instaurada esta retornarían los buenos tiempos de la preguerra. Durante la segunda guerra esa perspectiva de alegría en la vuelta del pasado no existía, porque los tiempos precedentes no fueron buenos. Finalizada la guerra en 1945, se abrían nuevas y profundas trincheras en el interior para solucionar los problemas de la gente. La reconstrucción era compleja, y el Informe establecía entre sus principios que la Seguridad Social debía evitar la miseria, enfermedad, ignorancia, desamparo y desempleo. De ahí, en 1945 la Ley de subsidios familiares, la de la Seguridad Social en 1946, la de la asistencia social en el 1948, y el Servicio Nacional de Salud en 1946.

Estas políticas del Reino Unido y de otros países tras la II Guerra Mundial fueron propiciadas por unos dirigentes impregnados de un conjunto de valores éticos, como la solidaridad, la justicia social, la empatía hacia los otros seres humanos. En el Reino Unido fue el gabinete ministerial laborista, presidido por Clement Attlee, que puso en marcha el Estado de bienestar tras los destrozos de la II Guerra Mundial. Winston Churchill tras la derrota en las urnas en 1945 dijo: "Frente al número 10 de Downing Street para un taxi vacío. Se abre la puerta y de él sale Clement Attlee". Sin comentarios. Los más destacados del Gobierno de Clement Attlee fueron Ernest Bevin, ministro de Exteriores; Nye Bevan, fundador de la Seguridad Social; y Herbert Morrison, el número dos de Attle. Todos eran de origen obrero, y en sus inicios fueron peón agrícola, minero y dependiente en una tienda, respectivamente. Y sin formación académica fueron capaces de llevar a cabo políticas para el progreso de la gran mayoría de la sociedad.

En contraposición hoy padecemos  a los Juncker, Merkel, Rajoy, Macron, Jhonson para los cuales estos valores éticos, como la solidaridad, la justicia social, la empatía hacia los otros seres humanos, les resultan irrelevantes Y así estamos donde estamos. Mas, todo tiene un porqué. Según Tony Judt en su libro "Algo va mal", durante 30 años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material. Sabemos qué cuestan las cosas, pero no tenemos idea de lo que valen. Ya no nos preguntamos sobre un acto político: ¿es legítimo? ¿Es ecuánime? ¿Es justo? ¿Va a contribuir a mejorar la sociedad o el mundo? Estas solían ser las preguntas políticas, incluso si sus respuestas no eran fáciles. Tenemos que volver a aprender a plantearlas. El estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea no es inherente a la condición humana. No podemos seguir viviendo así. La crisis de 2008 fue un aviso de que el capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos y a volver a acudir al Estado para que lo rescate. Pero si todo lo que hacemos es recoger los pedazos y seguir como antes, como ha ocurrido, nos aguardan crisis mayores en los años venideros. Sin embargo, parecemos incapaces de imaginar alternativas. Esto también es algo nuevo. Judt es muy claro. Naturalmente que las hay.

Lo grave es que la socialdemocracia ha asumido que no las hay. Por ello, los partidos socialdemócratas hablan cada vez menos de socialismo. Incluso se avergüenzan de tal denominación. Sus dirigentes no deberían olvidar que el socialismo democrático es un movimiento, cuyos principios básicos son la libertad, la justicia social y la solidaridad, así como la democracia y los derechos humanos. La libertad individual y los derechos sociales básicos son condiciones necesarias de una existencia humana digna.

Esos derechos no son intercambiables ni pueden ser contrapuestos. El derecho inalienable a la vida y a la integridad física, a la libertad de expresión y de conciencia, a la libertad de asociación y a la protección contra la tortura y cualquier trato degradante. Superar el hambre y la necesidad, y alcanzar una auténtica seguridad social y el derecho al trabajo. De acuerdo con estos principios a un dirigente socialdemócrata se le exige una práctica adecuada, no contradictoria.

La gente quiere veracidad y coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Siempre que en el mundo haya desigualdad, injusticia y falta de libertad existirá algo (que Engels, llamaba un "principio energético") que hace que mucha gente se rebele contra la injusticia. Esa rebelión es socialismo. Por ello, a pesar de la interesada literatura sobre la "muerte de la socialdemocracia", sus principios se mantienen. Necesita una nueva cartografía, que sitúe claramente, en todo momento, dónde está, y a dónde quiere llegar. Unos mapas solventes y fiables, y que sean suyos, no los de sus adversarios. La socialdemocracia no los tiene. No tiene claro el sentido de lo que significaría su éxito político, si lo obtuviera; no tiene articulado un relato de una sociedad muy diferente de la actual. Al no tenerlo, ser socialdemócrata hoy no es más que un estado de protesta, tratando de contener, y con poca convicción, los ataques al Estado de bienestar.

Los socialdemócratas no deben renunciar a la utopía ni a la ética de la hermandad universal. Al haber renunciado a ellas otros ocupan su lugar. Pero los socialdemócratas, como he tratado de expresar, tienen que mirar hacia atrás. Referentes no les faltan. Están ahí. Los he expresado ya en líneas precedentes. Evidentemente los tiempos son otros. Pero los valores de la justicia, solidaridad y empatía hacia los demás son y deben ser  inmutables para un socialdemócrata. Y si todavía algún socialdemócrata tiene dudas sobre cuáles deben ser sus referentes, le remito a que visione la película "El espíritu del 45", del director Ken Loach.

Vivir sin pasado ni futuro, sólo en un presente permanente