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martes 17/5/22

Las uvas de la ira

El actual remake del crack del 29 coincide con la vendimia. Y, como la naturaleza imita al arte, quizá nos estamos encontrando con una reedición de “Las uvas de la ira” de John Steinbeck, llevada magistralmente al cine por John Ford.
El actual remake del crack del 29 coincide con la vendimia. Y, como la naturaleza imita al arte, quizá nos estamos encontrando con una reedición de “Las uvas de la ira” de John Steinbeck, llevada magistralmente al cine por John Ford. De ser así, ¿por qué ahora el único Henry Fonda que se me viene a la cabeza es cualquier natural de eso que llamamos tercer mundo, que en el último siglo apenas ha salido de la crisis de los poscolonialismos, sin rascacielos que llevarse a la boca para tirarse por sus ventanas?

Afirma con razón Luis García Montero que uno de los aspectos positivos del anteproyecto de recesión que vivimos a este lado del mundo estriba precisamente en que hemos roto con el tabú de la economía y cualquier hijo de vecino es capaz de hablar de nuevo sobre la justicia en el reparto de la riqueza sin la necesidad perentoria de conocer personalmente a Milton Friedman. Y es desde esa perspectiva en la que comparecen las primeras paradojas: ¿por qué las bolsas se desploman por falta de confianza en el momento en que los gobiernos actúan para inyectar confianza a los parquets?

Mientras todo ello ocurre, se le abren las carnes a un sinfín de pequeños ahorradores que guiados por gurus de última hornada habían jugado en bolsa creyéndose brokers y clones de Mario Conde cuya ambición, por cierto, todos sabemos a donde le condujo. Mientras hay millonarios, por otra parte, que empiezan precipitadamente a dejar de serlo, hay una división acorazada de canallas que a río revuelto se tiene que estar poniendo las botas con este desbarajuste. Y mientras los gobiernos del mundo destinan billones de euros y de dólares para salvarle las vergüenzas a sus banqueros, el observatorio del hambre, el Hunger Watch, destaca en su último informe que tan sólo tres mil millones de euros bastarían para frenar la desnutrición en el mundo, desde Etiopía a Haití.

Esto es, por primera vez en la historia, la civilización actual tiene la posibilidad de acabar con ese inquietante jinete del Apocalipsis o plaga bíblica y no tiene la más mínima intención de hacerlo. En cambio, por segunda vez en la historia reciente, no tiene el menor problema en sacar dinero de la hucha colectiva para insuflarle oxígeno a unos cuantos particulares que, visto lo visto, reciben una especie de premio por hacer rematadamente mal su trabajo.

Para colmo, me temo que se van a dar con un palmo de narices quienes vaticinan que a partir de ahora entrará en crisis el pensamiento neocon, si es que ambas palabras no son incompatibles. Conociendo a esa tropa que, en España sigue reclamando austeridad presupuestaria mientras privatiza servicios sociales básicos, cuando Henry Fonda vuelva a casa y a los ferrallistas les de por contraer de nuevo varias hipotecas al mismo tiempo, seguro que encuentran algún Adam Smith de andar por casa que les permita apostar en época de vacas gordas por el liberalismo puro y duro. Y, cuando el grosor de las vacuas mengüe, no tendrán inconveniente en volver a la casa de Papá Estado.

Los desheredados, los proletarios del mundo, aquellos que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega, seguirán en cambio siendo los sin techo de la globalización. Sin derecho siquiera a un racimo de uvas con el que endulzar su ira.

Juan José Téllez
Escritor y periodista

Las uvas de la ira
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