lunes 26/10/20

La banca siempre gana

El rescate a la banca española, llámelo como quiera el Gobierno, certifica lo que muchos sabíamos desde hace tiempo: que nuestra banca no había sido ajena a la especulación y a la inversión en negocios volátiles que habían reinventado el sector financiero durante, como poco, la última década, esa que la canciller alemana, Angela Merkel, acaba de definir como la de la “burbuja inmobiliaria”.

El rescate a la banca española, llámelo como quiera el Gobierno, certifica lo que muchos sabíamos desde hace tiempo: que nuestra banca no había sido ajena a la especulación y a la inversión en negocios volátiles que habían reinventado el sector financiero durante, como poco, la última década, esa que la canciller alemana, Angela Merkel, acaba de definir como la de la “burbuja inmobiliaria”. Y certifica algo más: que la banca siempre gana y lo lleva haciendo desde que se fundó, prácticamente. Siempre recuerdo cómo, en otras épocas de crisis, se decía lo mismo en casa: “la banca es el único negocio que, pase lo que pase, siempre tiene beneficios”.

Me contaba hace poco un amigo la experiencia que había vivido de 1998 a 2001 trabajando en el sector inmobiliario, un sector al que se vio abocado porque, entonces, “dabas una patada y salían cuatro agencias en el tramo de calle en el que estabas”. Fue una época en la que cualquiera que tuviera dinero, o lo quisiera tener, abría una agencia de intermediación inmobiliaria. Recuerdo que mi amigo siempre decía en aquellos años que “antes, si te tocaba la lotería y no tenías experiencia empresarial, ponías un bar; ahora, pones una inmobiliaria; y lo mismo vale para quien quiere blanquear dinero negro”. Fue una época en la que las entidades financieras se apuntaron al boom inmobiliario, facilitando hipotecas a más del cien por cien del valor de tasación e, incluso, admitiendo documentaciones poco creíbles y avalistas múltiples que figuraban como garantes en más de una hipoteca. Mi amigo dice: “te preguntabas cómo todo eso lo admitía el Banco de España o, al menos, cómo no lo controlaba”. Y continúa: “entraban en la agencia clientes con trabajos precarios, extranjeros casi recién llegados, jóvenes sin contrato laboral pero con trabajo, y te ponían las condiciones para que les consiguiéramos la hipoteca porque sabían que, si no la conseguían con nosotros, la conseguían con el de enfrente”. Y sigue: “te obligaban, incluso, a presentar operaciones cogidas con alfileres a directores de sucursales bancarias, y veías cómo éstos las aceptaban por lo mismo, porque sabían que si no era su entidad, sería la de la competencia”.

Toda esta locura se desató, sin duda, por varios motivos: 1º. La famosa Ley del Suelo de Aznar, que permitía la calificación como urbanizable de todo terreno que fuera susceptible de ser vendido como promoción urbanística. 2º. La inmigración que llegó a nuestro país, a quien se sumó a la idea colectiva -firmemente arraigada en nuestra cultura- de que era más rentable comprar que alquilar. 3º. La liquidez crediticia, facilitada a su vez por la liquidez interbancaria, que procedía principalmente de bancos alemanes y franceses. Así, cuenta mi amigo, “te encontrabas con que la principal tasadora de este país servía como referencia a todas las demás; y claro, todas las entidades financieras se subían al carro, pues si querían firmar hipotecas, tenían que tasar las viviendas de acuerdo al precio de mercado que la burbuja incrementaba constantemente y no al precio real al que, sin burbuja, se hubiera pagado”. Y continúa: “y si el precio de tasación superaba las posibilidades de endeudamiento del comprador, la entidad financiera o la agencia inmobiliaria te animaban a justificar más ingresos o a presentar más avalistas, aunque ni lo uno ni lo otro tuvieran una base real”. En fin, una locura encaminada a mantener la espiral de un negocio en el que varios eran quienes salían ganando, como muy bien recoge uno de los últimos artículos firmados por el catedrático de Economía, Juan Torres.

Salían ganando, en primer lugar, los compradores y vendedores de la vivienda, pues unos accedían a su sueño dorado y, los otros, obtenían una plusvalía considerable. Salían ganando las agencias inmobiliarias, que cobraban sus comisiones por la intermediación, comisiones que iban del 3% al 10% del precio de venta, en función del inmueble y de la cartera exclusiva que la agencia manejaba. Salían ganando las entidades financieras, que firmaban hipotecas a 10, 20, 30 o 40 años. Salían ganando las empresas asociadas a la compraventa inmobiliaria, que mantenían su negocio de muebles, reformas, decoración, etc. Salían ganando las compañías de seguros, que firmaban pólizas de vida para los titulares y avalistas de las hipotecas y pólizas de viviendas, pues el seguro mínimo de incendios es obligatorio. Salían ganando notarios, registradores y gestores administrativos. Y salían ganando, cómo no, ayuntamientos, diputaciones provinciales, comunidades autónomas y partidos políticos de gobierno en todas aquellas operaciones macro-urbanísticas que llenaban las arcas recaudatorias, tanto por la venta de terrenos recalificados como por los tributos generados como por las comisiones cobradas por responsables políticos, que vaya usted a saber dónde terminaban. Así, se alimentó durante años una burbuja inmobiliaria de la que salían muchas partes beneficiadas y, al ser una de ellas la entidad política de referencia, nadie quiso o se atrevió a ponerle coto. Aznar fue, sin duda, culpable por sentar las bases de este gran negocio especulativo pero, sin duda también, Zapatero lo fue por mantenerlo.

A este festín hay que añadir lo que mi amigo también sufrió en carne propia: la borrachera de liquidez con la que nos ahogaron las entidades financieras, a base de facilitarnos tarjetas de crédito que nunca habíamos pedido. Mi amigo siempre recuerda sus años de juventud, en los que lo último que se le pasaba por la cabeza era pedir una tarjeta de crédito al banco para hacer frente a algún imprevisto económico. “Siempre pedía a los amigos”. Sin embargo, al cumplir los treinta, empezó a recibir en casa o por teléfono –como cientos de miles de españoles- tarjetas de crédito que no había solicitado. Así, mi amigo llegó a reunir siete tarjetas, que mantuvo guardadas durante mucho tiempo en un cajón, intentando olvidar que una sencilla llamada telefónica las activaba. “Hasta que, un día, llegó un nuevo imprevisto, y luego otro, y luego otro. Y, así, fui activando una tarjeta tras otra. Esta para el dentista, esta para la reparación del coche, esta para… Y ahora, ya me ves, pagando todos los meses casi quinientos euros en deudas financieras que sabe tú cuándo terminaré de pagar. Y, encima, terminaré pagando, como mínimo, el doble de lo que me han prestado en total”.

Mi amigo ve el futuro muy negro porque “todos estamos atrapados por la banca, todo lo domina ella; si te paras a pensar, no encuentras un espacio de la vida donde no esté presente, de alguna manera”. Y continúa: “por eso es tan difícil que los gobiernos tomen medidas contundentes contra ella; si lo financian todo, incluso a los partidos políticos con los que ganan las elecciones”. Mi amigo es muy pesimista: “no hay solución, se han dedicado durante años a especular en sectores y productos volátiles y, ahora, cuando han estado a punto de quebrar, han encontrado el maná acudiendo a las ayudas públicas”. Mi amigo se inclina, apesadumbrado: “y encima, para asegurarse otro gran negocio para unos cuantos años, se dedican a la deuda pública, a prestar dinero a los Estados, y a especular contra su deuda para incrementar los intereses que cobrarán de esos Estados… es demencial”.

 Sin embargo, lo peor de todo es que, aun sabiendo esto, la inmensa mayoría de los ciudadanos seguimos inactivos, inmersos quizás en esas redes que nos ha tejido la banca, como dice mi amigo. Los rescates que la UE está otorgando a los países en apuros no son sino fórmulas para que éstos devuelvan lo que deben a la banca, principalmente a la francesa y alemana. Cierto es que los políticos, blanco de la ira del movimiento indignado, tienen mucha culpa en lo que está pasando pero, como dice mi amigo, el problema tiene mucho más fondo, un fondo insaciable como el que genera el propio negocio de la banca. “Y es ahí donde tendríamos que dirigir todas nuestras miradas”, termina su conversación conmigo, “pero el capitalismo financiero nos ha vencido, pues en esa doble condición que tenemos todos como trabajadores y consumidores, ha conseguido que antepongamos nuestra conciencia de clase consumista a la conciencia de clase trabajadora… no es solo la reforma del sistema político lo que hace falta, es urgente e imprescindible una reforma de todo el sistema económico, empezando por la banca”.

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