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jueves. 02.02.2023

España en crisis. Crónicas de la desilusión (Primera parte)

NUEVATRIBUNA.ES - 9.8.2010 Amanece el 12 de julio en Madrid y las calles del Paseo de la Castellana, más abajo Paseo de Recoletos y luego el Paseo del Prado están atestadas de basura. Toneladas de botellas de plástico y vidrio, trozos de tela amarilla y roja, y un olor a resaca inundan el ambiente.
NUEVATRIBUNA.ES - 9.8.2010

Amanece el 12 de julio en Madrid y las calles del Paseo de la Castellana, más abajo Paseo de Recoletos y luego el Paseo del Prado están atestadas de basura. Toneladas de botellas de plástico y vidrio, trozos de tela amarilla y roja, y un olor a resaca inundan el ambiente. La víspera España ha ganado el primer campeonato mundial de fútbol de su historia, en Sudáfrica. Esa tarde, las mismas calles serán escenario de un recibimiento multitudinario, de millones de aficionados, a los jugadores y al entrenador que ganaron la copa del mundo. Se repetirán las escenas de júbilo desbordado. En todos los años de la democracia española no se habían visto tantas banderas rojas y amarillas colgadas de los balcones y ventanas, ni a tantas personas vestidas con los colores de la bandera y ni a tanto joven cantando “soy español, soy españool”. Pero así como una golondrina no hace verano, un campeonato de fútbol, así sea la copa del mundo, no conjura una severa crisis económica que tiene a uno de cada cinco trabajadores españoles sin empleo, que ha llegado a la cifra récord de 4.5 millones de desempleados formales, que ha desplomado la credibilidad de un gobierno socialdemócrata y que se adentra en el túnel de un ajuste estructural que habrán de pagar empleados públicos, pensionistas y trabajadores en situación de precariedad. El fútbol fue sólo una gota dulce inmersa una cascada de amargura económica y social.

Del “cheque bebé” al congelamiento de las pensiones

Tras una primera legislatura relativamente tranquila en materia económica, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero se presentó para un segundo mandato ante los electores españoles en la primavera de 2008. “ZP”, como es conocido Zapatero, había cumplido su palabra de retirar las tropas españolas de Irak apenas llegó a La Moncloa en 2004, había sido capaz de distender el debate a cara de perro que existía entre su antecesor José María Aznar y el Lehendakari del País Vasco, José María Ibarrtxe, quien amenazaba con convocar a un referéndum soberanista, y había logrado, no sin un fuerte desgaste político pero con éxito al fin, pactar y aprobar en Las Cortes un nuevo modelo del estatuto de autonomía de Cataluña.

En esos primeros años de gobierno de ZP, Europa entonces crecía a tasas moderadas aunque positivas y España se veía favorecida por su pertenencia al euro: los bajos tipos de interés y el aumento de la demanda externa se combinaron en una fase positiva del ciclo económico que permitió crear empleo, atraer mano de obra barata del extranjero y conseguir superávit fiscal. Así llegaba ZP del PSOE a su segunda cita en las urnas frente a Mariano Rajoy, del Partido Popular. Más dinero para la cultura, la ciencia, la educación, la tecnología, el deporte y, sobre todo, para los colectivos necesitados, eran las divisas del programa económico del PSOE. Así, en un país cuya tasa de natalidad no incurría en números negativos gracias a las inmigrantes que procreaban en territorio español, ZP propuso un bono de 2,500 euros de apoyo a las familias por cada nuevo hijo; era el famoso “cheque bebé”. También se impulsó y aprobó la ley de dependencia, para asegurar el flujo de recursos para familias e individuos en una situación de invalidez. Era la fase expansiva y la receta desde el gobierno era procíclica: gástese más, increméntese el consumo. Rajoy, por su parte, insistía en la presencia de la crisis económica, pero su discurso no conmovió, siquiera, al empresariado -cercano al partido de la derecha española- que vivía época de jauja.

Transcurridas las elecciones y constituido el nuevo gobierno socialista con apoyos puntuales de formaciones nacionalistas, pues el PSOE no alcanzó la mayoría absoluta en el Parlamento, ZP insistió en su mensaje económico acorde con lo que él interpretaba como buenos tiempos a pesar de que todos los partes metereológicos indicaban tormenta inminente sobre la capacidad de consumo y la producción en España. La crisis era, todavía para el verano de 2008, en la percepción del hombre tranquilo que había ganado las elecciones de 2004 sin alzar la voz, un eslogan de sus rivales políticos. Pero lo cierto es que el hombre tranquilo se había transformado en un hombre insensible. Tardaría más de dos años en reconocerlo, pues fue hasta una entrevista en julio de 2010 que reconoció haber perdido mucho tiempo en la discusión sobre la existencia o no de la crisis, como si de un acto de fe se tratara.

Al final de 2008 se sabía que España era uno de los países que resultarían con el crecimiento más afectado por la crisis global. Los datos del desempeño económico de 2009 confirmaron esa impresión, sobre todo por la rápida destrucción de empleo, ligada al colapso de lo que había sido el motor del “milagro” español de los últimos años: la construcción o, como le llaman ellos, la economía del ladrillo.

Con todo, una vez reconocida la profundidad de la crisis, el mensaje de Zapatero se inscribió dentro de las voces gubernamentales que (casi) en el mundo entero (México es la excepción práctica) comprendieron que la caída de la demanda sólo podía contrarrestarse con aumento del gasto público y que había que echar mano de planes extraordinarios de inversión y que dejar operar a los estabilizadores automáticos concebidos en los Estados de bienestar para no acentuar la debacle, esto es, ampliar la duración del seguro de desempleo y asegurar rentas mínimas a las familias en peores condiciones.

ZP era uno más en la foto del G20 que, junto a Obama, Sarkozy, Merkel, Brown, insistían en la necesidad de revisar la escasa regulación de los mercados financieros, abrían posibilidades para la ampliación de los recursos canalizados a la reactivación de la economía mundial y se comprometían a hacer frente, desde la política, a las oleadas especulativas del poder económico financiero.

Pero en mayo pasado ocurrió un cambio radical del guión y de la política económica de ZP. España ocupaba la presidencia rotativa de la Unión Europea mientras Grecia veía cómo las calificadoras internacionales penalizaban su deuda sin que ninguno de sus socios europeos acudiera al rescate oportuno. El despectivo acrónimo de PIGS (cerdos en inglés) a Portugal, Italia, Grecia y España, utilizado en los años noventa desde los circuitos cercanos al Deutsche Bank para pretender abortar el proyecto de la moneda única, regresaba para señalar a los países que verían caer sobre sus soberanías el descrédito de los mercados. Entonces ocurrió el vuelco: 120 segundos bastaron para que en la tribuna de Las Cortes, en Madrid, ZP anunciara un drástico recorte al gasto y el inicio de un ajuste económico para hacer frente a la crisis. Una respuesta de manual ortodoxo, sin paliativos. Atrás había quedado la ocurrencia del cheque bebé, pero, sobre todo, se había desmoronado la aspiración de que un gobierno socialdemócrata se planteara hacer frente, desde la política, al poder económico de los agentes financieros internacionales.

Barra libre para todos

Es el principio de verano de 2010 en una cena a orillas del Ebro, en Zaragoza. Esa ciudad, la capital de Aragón, que en 2008 fue sede de la Expo Zaragoza dedicada al agua y, por lo tanto, beneficiaria de un gasto inusual en infraestructura, padece ahora una contracción más drástica en la actividad, ya sin la derrama económica de la Expo. A la cena acuden siete matrimonios jóvenes de españoles, en la mitad de la década de sus treintas; todos son profesionales, todos tienen estudios universitarios. De los siete matrimonios, cinco han visto a alguno de los miembros de la pareja afectado laboralmente por la crisis. Dos de los esposos se han desplazado al cerrar su centro de trabajo, uno hacia Asturias y a otro le propusieron hacer las maletas para ir a China; una más vivió un “ERE” (expediente de regulación de empleo, es decir, un despido generalizado en su empresa); otra, que había trabajado en la Expo 08, pasó más de medio año en el desempleo hasta que consiguió dar clases en el colegio religioso donde estudió la educación básica; uno más, arquitecto, ha visto cómo las ganancias de su despacho se esfumaron y consigue, apenas, cubrir los gastos de operación.

Todos esos matrimonios, en su mayoría con hijos muy pequeños, tienen una característica común: están hiperendeudados. Un matrimonio español, joven, puede tener con facilidad una deuda por arriba de 300 mil euros –el precio de una vivienda de no más de 80 metros cuadrados-, es decir, cerca de cinco millones de pesos, que esperaban pagar destinando, durante treinta o treinta y cinco años, el sueldo íntegro de uno de los miembros de la pareja.

A la pregunta de qué ocurrió en España, la respuesta es más que gráfica: “mira, vivimos una barra libre para todos desde los bancos, nos ofrecieron crédito por un tubo y ahora, ya ves, a pagar como puedas si tienes curro” (trabajo.) La barra libre consistió en lo siguiente: ofrecer recursos para la compra de un bien inmueble en medio de una espiral creciente de precios de la vivienda. Era un círculo vicioso: subía a ritmos acelerados el metro cuadrado construido pero aumentaba el crédito –gracias, en parte, a los bajos tipos de interés en la zona euro-, así que quien alquilaba un departamento decidió cambiar el estatus a propietario sin haber ahorrado y quien tenía una propiedad compraba una adicional. “A mi me dieron el crédito para el apartamento sin pedirme que mostrara una sola nómina de pago en el trabajo”… “y una vez que cerré el trato me dijeron: ‘qué tal si agregamos cinco mil [euros] para que te compres el BMW’”. “Ahora, debo el piso, el coche y la moto, fue una borrachera colectiva”. En efecto, pues la deuda de las familias españolas duplica la deuda pública del gobierno, es decir, las familias deben lo equivalente al 120 por ciento del PIB.

En esa borrachera hubo consumidores de un lado de la barra, pero también vendedores prestos del otro lado, así como suministradores del dinero y ausencia de alguna autoridad que pusiera fin al peligroso festín. Esto es, además de la decisión de adquirir activos sobrevalorados, en que incurrieron las familias, hubo banqueros repartiendo crédito sin ninguna responsabilidad –banqueros españoles que, a su vez, encontraban recursos frescos de la banca alemana con frecuencia- y las autoridades económicas, en vez de enfriar el sobrecalentamiento del mercado inmobiliario, creyeron ver en la construcción no una burbuja sino un proceso sólido de creación de riqueza. No se trata de discutir si fue más grave el fallo del mercado o el fallo público, sino de reconocer que la suma de esos fallos afectó severamente, quizá por décadas, al tejido productivo español y a su capacidad de crear empleo.

La derrota política de los sindicatos

Zona de bares del Barrio de Lavapiés, Madrid, un rumbo de gente progre. Ahí, al lado de mi mesa, ocurre una conversación sobre la crisis donde un corro de compañeros de trabajo de alrededor de los cuarenta años, se queja con la crisis pero, sobre todo, se cabrea con los sindicatos. No con los banqueros, no con los empresarios, incluso no tanto con el gobierno como con las organizaciones gremiales de los trabajadores. Comisiones Obreras (CC.OO.) y la Unión General de Trabajadores (UGT) son por igual poco valoradas. “Con la que está cayendo y no han dicho ni mu”. Y es que el desempleo alcanzó desde hace meses niveles desconocidos, y hay un millón de familias en que ninguno de sus miembros tiene empleo y, con todo, los sindicatos no salen a la calle, es más, no hicieron durante meses siquiera el amago de convocar movilizaciones. Tuvo que anunciarse un recorte del 5 por ciento generalizado en los sueldos de los empleados públicos –desde el director general hasta el bedel y la secretaria-, el congelamiento de las pensiones y la aprobación de una reforma laboral no pactada entre los agentes sociales que permite universalizar el contrato de 33 días de duración para que, finalmente, a un año y medio de la irrupción de la crisis, los dirigentes sindicales decidieran convocar a un día de huelga general. La fecha de tal paro, sin embargo, revela los reflejos de las organizaciones: será el 29 de septiembre próximo. Al indagar el por qué de esa lejana cita, la explicación es que desconfiaban de su propio poder de convocatoria. No queda claro, eso sí, si para entonces ese poder pudo haberse recuperado o desgastado aún más.

La desazón con el papel que juegan los sindicatos se cuela incluso a los gabinetes sindicales mismos. Unas colegas economistas, de UGT, refieren su hartazgo porque el discurso de Cándido Méndez, en los primeros seis meses del año, haya tocado temas como el cambio climático o la destitución del juez Garzón, pero que a la vez hubiese resultado incapaz de trazar una estrategia contra la destrucción del empleo y la pérdida del poder adquisitivo. De esta manera, en plena crisis causada en buena medida por el papel del sector financiero, la crítica se ceba contra las organizaciones de los trabajadores. A los malos tiempos económicos que perfilan una derrota política de la izquierda en las urnas, hay que sumar la victoria ideológica de la derecha en contra de un sindicalismo que, no obstante, poco ha hecho para merecerse una valoración popular distinta.

Ciro Murayama - Economista, es profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es editor de la revista “Nexos” y en la actualidad escribe semanalmente en “La Crónica”.

ciromurayama@yahoo.com

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