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viernes. 31.03.2023

Después del 27S

El resultado de las elecciones catalanas tiene una influencia política más allá de la configuración de un gobierno.

“Que yo sea abertzale no significa que Navarra lo vaya a ser”. Esta frase la pronunció la flamante presidenta del Gobierno de Navarra tras las elecciones autonómicas de mayo pasado. Mediante esa expresión quería distinguir claramente que, aunque ella hubiese sido elegida para dirigir el gobierno, las elecciones autonómicas no llevaban incorporado en el kit un referéndum de anexión al País Vasco. Reflexión muy de actualidad después de que este domingo los catalanes renovaran su Parlamento del que tiene que salir un nuevo gobierno catalán.

Sin duda, el resultado de las elecciones catalanas tiene una influencia política más allá de la configuración de un gobierno. Participación histórica que da la medida de su importancia. Han reforzado unas opciones y han debilitado otras. Es más, el resultado condicionará las próximas elecciones generales. Pero no se votó sobre la independencia. Ni aunque las opciones favorables hubiesen sacado mayoría de votos.

Como expresó el Cercle, “cualquier cambio estructural -y la independencia sería la máxima expresión- requiere de la legitimidad de una consulta legal, acordada y bien informada. Estamos obligados a respetar las reglas y, en su caso, cambiarlas mediante los procedimientos establecidos”. De eso va también la democracia, de procedimientos reglados.

Quizás, hoy especialmente, sea necesario elevar la mirada más allá de España, mirar a Europa. Las elecciones catalanas han evidenciado, como las anteriores, un fuerte componente político y cívico por la separación de España. Pero no somos una excepción, estos movimientos no son únicos en Europa. Son muchos los estados europeos donde alguna parte de su población desea la independencia de su Estado. Por citar algunos relevantes, Escocia, Gales, Flandes, Bretaña, Véneto, Baviera. La Unión Europea es consciente de que si se abre la puerta en algunos de ellos, habrá un fuerte movimiento de simpatía en otros espacios.

Desde un pensamiento de lógica racional puede parecer un contrasentido que en un momento en el que se necesita la agregación política para hacer frente a los poderes económicos, una parte de la población apueste por la disgregación. Mientras Europa se enfrenta a una dura crisis de identidad espoleada por los flujos migratorios y de refugiados, surgen demandas de partes por independizarse de sus estados. A mi modo de ver las cosas, el reforzamiento de movimientos independentistas en Europa evidencia un malestar no solo de convivencia espacial, territorial, sino también de modelo social, de ciudadanía.

Las cosas van mal en Europa. La ciudadanía no se ve reflejada en los actuales modelos políticos. Los estados nacionales están atrapados en una crisis profunda de identidad. A la vez, no son capaces de construir un relato y un proyecto europeo que engarce y vincule a la ciudadanía. La ciudadanía asiste desorientada a esta crisis de modelo político y ansía nuevos espacios, que, aun cuando puedan ser quimeras, les saquen de su realidad actual. Es preciso avanzar en un relato común donde la ciudadanía se reconozca en sus instituciones políticas comunes.

Después del 27S