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sábado. 26.11.2022

Algo más que una derrota electoral

A grandes rasgos, en la derrota electoral del PSOE, el pasado 22 de mayo, han pesado dos grandes factores, que, como luces de alarma, revelan problemas profundos en el socialismo español.

A grandes rasgos, en la derrota electoral del PSOE, el pasado 22 de mayo, han pesado dos grandes factores, que, como luces de alarma, revelan problemas profundos en el socialismo español.

El primero ha sido la falta de trabajo pedagógico sobre el origen de la crisis, la situación económica de España y las exigencias para salir de la recesión, ofreciendo información pertinente, continua y veraz, adecuada al nivel cultural de los ciudadanos, que en su inmensa mayoría no son expertos en finanzas ni economistas. Lo contrario -la información parcial, contradictoria e inconexa, cuando no, las medias verdades o trapacerías- ha sido la tónica general.

A realizar esta labor imprescindible pedagógica, el Gobierno está obligado por responsabilidad, por lealtad hacia la ciudadanía y, a la vez, por su propio interés, para defenderse de la visión falaz, simplista y demagógica que está ofreciendo el Partido Popular, en la que el único responsable de la crisis es Rodríguez Zapatero. Pero el Gobierno en su conjunto, y en particular, los ministros más concernidos y el Presidente han abandonado esta tarea educativa para adoptar el estilo de gobierno del despotismo ilustrado: todo para el pueblo pero sin el pueblo; gobernar pero sin ofrecer explicaciones, porque se estima que los ciudadanos son incapaces de entenderlas (la derecha opina que no las merecen). Lo cual es un episodio más de su distancia respecto a la calle, salvada a duras penas por los medios de información y las encuestas, donde los expertos que interpretan lo que opina y desea la gente han ocupado el lugar del pueblo soberano, y otra muestra preocupante de su cómoda instalación como élite autocooptada, en la clase política que administra el cerrado sistema político español surgido de la Transición.

El segundo factor tiene que ver con la acusada pérdida de perfil del PSOE, con el progresivo debilitamiento de los rasgos que definen su identidad, expresado en el descolorido programa socialdemócrata, pero también en los supuestos ideológicos que lo sostienen: los valores igualitarios y los principios socialistas han desaparecido como referencias del discurso de sus portavoces y de las acciones del Gobierno o han sido sustituidos por valores y actitudes populistas, lo cual, en el mejor de los casos, es un evidente signo de resignación ante la hegemonía ideológica de la derecha, y, en el peor, una muestra de la transubstanciación sufrida por la socialdemocracia al aceptar los principios social liberales para gestionar el capitalismo, contenidos en la llamada Tercera Vía, representada políticamente por Tony Blair y Gordon Brown y, en España, por la corriente Nueva Vía, que dirige actualmente el Partido y el Gobierno; una vía que parece llevar directamente al precipicio.

Se ha dicho que Zapatero, instalado en una cesarista gestión del corto plazo, en la búsqueda de gestos y coyunturas que le permitan subir en los sondeos de opinión y utilizando la retórica como recurso ante las feroces críticas de la oposición, ha vaciado el ideario del PSOE; puede ser cierto en parte, pero el problema es bastante más grave.

Zapatero ha desnaturalizado el ya erosionado programa socialdemócrata al aplicar con mano firme y sin objeciones el contraindicado programa neoliberal para salir de la recesión, exigido por el FMI, la OCDE, la Comisión y el Banco Central europeos, cuyos resultados, a la vista de lo que ocurre en Grecia, son dudosos. Está aplicando el antisocial plan de ajustes exigido por la derecha europea y el capital financiero internacional. Quizá no lo hace con gusto, pero lo hace. Y a una parte importante de sus electores este servicio a los especuladores sin dar explicaciones no les ha gustado.

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