martes 19.11.2019

¿Qué hubiera pasado…?

Mientras por las calles de Barcelona volaban botellas, adoquines o ardían contenedores; al otro lado del Atlántico, Sebastián Piñeira, Presidente de Chile, declaraba el 19 de octubre el estado de emergencia en la ciudad de Santiago y otras partes del país, frente a las protestas motivadas por un profundo descontento social ante su gestión y cuyo detonante fue la subida del metro. Tal decisión resulto muy aplaudida por la ultraderecha española, al afirmar que en la Ciudad Condal debería procederse de igual manera. “Así, se iban a acabar las tonterías y los barceloneses podrían dormir tranquilos” escuchamos decir a un simpatizante de esta tendencia. Con el juicio del proces se pasó de la solución política del conflicto a la solución judicial; ahora se pretendía una solución militar. La judicialización del conflicto político supuso una radicalización del mismo: ¿qué pasaría si se impusiera, como se hizo desde la “Casa de la Moneda” una solución militar?

Volvamos la mirada al país más largo del mundo para ver los resultados de la protesta y la respuesta aplicada. Según datos aportados el 23 de octubre por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se contabilizaron en esos días 18 muertos, que otras fuentes elevan a 42; 376 heridos y 2.128 detenidos. A todo ello habría que sumar la violencia sexual y las torturas en el contexto de las detenciones de manifestantes, lo cual nos recuerda bastante los tiempos más oscuros de la dictadura pinochetista Después de la brutal represión inicial, las protestas no solo no acabarán; por el contrario: se radicalizaron, con los resultados anteriores. Ante dicha radicalización, el 22 de octubre, Piñeira se ve obligado a anular la subida del metro.

Las manifestaciones se suceden, desembocando en la marcha más grande de Chile, que reúne a más de un millón de asistentes. El 27 de octubre, el Presidente levanta el estado de excepción; ordena la dimisión de todos sus ministros y firma un paquete de medidas para reducir la brecha social. ¿Además de muertos, heridos, detenidos, etc. qué se ha conseguido por parte de las autoridades con las medidas militares comentadas? Absolutamente nada: más bien al contrario, pues los manifestantes lograron sus objetivos y el gobierno, que apoyó estas medidas, se ha visto obligado a dimitir.

De acuerdo con ello, deberíamos preguntarnos: ¿qué se hubiera conseguido con la implantación del estado de excepción en Cataluña, además de contentar a la extrema derecha? En el mejor de los escenarios, posiblemente lo mismo que en Chile; es decir: nada. Sin embargo, lo más probable es que el conflicto se hubiera radicalizado, o si se quiere -recordando las imágenes de los enfrentamientos entre policía y manifestantes violentos- radicalizado más. La diferencia es que esa respuesta violenta probablemente no hubiera sido vista con tan malos ojos por una parte de la población tanto catalana como del resto del país, como no se han visto con tan malos ojos las algaradas callejeras, primero de Chile; antes Ecuador. Además: ¿cómo hubiera reaccionado la opinión pública internacional frente a esa represión? Con toda probabilidad como ha reaccionado frente los conflictos en Latinoamérica. Es decir, el porcés hubiera sumado apoyos.

Se ha dicho que procés ha supuesto problemas de convivencia entre la ciudadanía en el seno de Cataluña y esta con el resto de la ciudadanía española. Estos supuestos problemas de convivencia se hubieran enconado mucho más. Y decimos supuestos pues, en las varias ocasiones que hemos recorrido la geografía catalana en las últimas fechas, no hemos sido testigo de los mismos, al menos con la intensidad descrita por los medios y estamos convencidos que los mismos son – como toda la cuestión catalana – una cortina de humo” para esconder los problemas reales, tanto de Cataluña como de todo el país.

Hilando con lo anterior y siguiendo la pregunta formulada en el título: ¿qué hubiera pasado si en la campaña electoral del 10 de Noviembre no existiera el problema de Cataluña? Dicho de otra forma: ¿de qué hubieran hablado nuestros líderes políticos y cómo hubieran llenado sus tiempos de intervención en mítines o debates televisivos? A lo mejor no les hubiera quedado otro remedio que hablar de su programa político real y sus verdaderas intenciones una vez obtenidos los apoyos parlamentarios necesarios, y con ello, la estancia en Moncloa a pensión completa. Eso de jugar la partida electoral con las cartas boca arriba es un sano ejercicio de higiene y madurez democrática que, en nuestro país, lamentablemente nunca hemos vivido y en otros países, con el imperio de las fake news, los robot, las páginas falsas en las redes sociales – prácticas de las cuales ya tenemos muestras en España- resulta de manera creciente una rara avis.

Como dice Alberto Royo, en la frase que abre su libro, La Sociedad Gaseosa (Plataforma editorial, 2017) cuando no queda espacio para lo sólido, solo queda lo superficial, lo efímero, lo gaseoso. De gaseosa; sin fundamento, puede calificarse puede calificarse la campaña electoral del 10 n. Si hacemos omisión del tema catalán: ¿qué argumentación han manejado la mayor parte de los partidos para captar el voto de la ciudadanía? O no tienen un programa claro, o – lo que resulta más preocupante- no nos lo quieren contar; pues si conociéramos la realidad de sus intenciones, la pérdida de votos podría ser alarmante.

Afortunadamente para ellos y ante lo etéreo de sus argumentaciones: Siempre nos quedará Cataluña. Un conflicto político, insistimos nuevamente el ello, que se está cronificando por la cerrazón de unos y otros a la negociación y la búsqueda de una salida política, pues de él están obteniendo importantes réditos.

¿Qué hubiera pasado…?