jueves 6/8/20

El neoliberalismo de segunda trinchera

Ludwig von Mises
Ludwig von Mises

La segunda trinchera es el refugio de los perdedores en los combates ideológicos por mor de la realidad misma. Esto se da y se ha dado en la historia de la Ciencia, la Filosofía, la ideología, etc. Un ejemplo literario puede verse en la extraordinaria novela de Umberto Eco "El nombre de la Rosa", donde el inquisidor enviado por el Papado ha de retorcer los argumentos teológicos ante los inquisitivos planteamientos y osadas dudas de Guillermo de Baskerville, que representa, aunque en ciernes, el Humanismo que se oteaba en la Europa que salía del corsé religioso medieval.

Ahora los neoliberales están en esa segunda trinchera ante los dos tortazos ideológicos que se han dado desde el 2008. Recordemos los hechos: el 15 de septiembre de ese año Lehman Brothers, uno de los grandes bancos de inversión de USA, quiebra. Tres días más tarde la Reserva Federal obliga -¡intervencionismo!– a que los bancos de inversión Goldman Sachs y Morgan Stanley se conviertan en bancos de inversión. Días más tarde el primer ministro irlandés se ofrece como garante –el Estado, es decir, con los impuestos de los ciudadanos– del sector financiero de su país. En noviembre ¡la economía libre de mercado! no es capaz de garantizar la alimentación de 30 millones de estadounidenses y tiene que ser un programa público como Food Stamp Program quien lo haga.

En enero del 2009 el jefe del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker,  propone la creación de un Tesoro Único que, en el fondo, es un intento de lo que ahora se llamaría mutualizar la deuda que, cual tsunami, se avecinaba. En este mismo mes de ese mismo año, el BERD, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y los principales bancos europeos, proponen medidas comunes con el objetivo de no abandonar ningún país a su suerte si sufriera ataques especulativos de fondos de inversión –no se menciona así pero ese es el peligro– que sobrepasaran las posibilidades de solvencia de una economía: la economía libre de mercado, como reguladora de los mercados financieros, haciendo uno de los más espantosos ridículos de su historia.

En febrero, Alemania aprueba una ley mediante la cual el Estado podría nacionalizar bancos en apuros que eviten una suspensión de pagos de algún banco. Por supuesto que esta ley no se aprueba contra los criterios de los directivos de los bancos, sino con el ruego e imploración de los mismos, cargándose de un plumazo horas y horas de adoctrinamiento en la escuelas de negocios sobre las bondades del puro laissez faire, del solo mercado, de los malo que es el Estado, etc. Los que han estudiado en las escuelas de negocios deberían pedir que les devolvieran las matrículas y mensualidades pagadas por tanta falsedad en las clases.

Podríamos seguir con toda una retahíla de medidas de los diversos países occidentales que suponen siempre que los ciudadanos, con sus impuestos, van a arreglar el desaguisado que los especuladores –dicho en lenguaje neoliberal y de escuela de negocios, el mercado– han llevado al planeta a la que entonces se consideraba la segunda Recesión más importante desde la del año 29 y siguientes del siglo XX. Y así llegamos al 7 de mayo del 2010, cuando se aprueba un rescate por valor de 110.000 millones de euros[1] para Grecia, pero eso sí, con tales condicionantes en materia de déficit y deuda que hunden la economía helena en un 30% del valor de su PIB previo a la crisis. Es decir, para salir de una situación de parón de la economía –por los motivos especulativos aludidos pero podría ser por cualquier otro motivo–, en lugar de fortalecer la demanda agregada a través de una política de rentas, lo que se hace es deteriorar el consumo y la inversión, componentes esenciales de esa demanda. Pero aquí no acaba la historia.

Porque, como hemos podido comprobar en este año del 2020, el neoliberalismo de cátedra se da otro hostiazo con la crisis del covid19 por la necesidad del confinamiento de países o, al menos, ciudades y regiones en todo el planeta, y son los mismos empresarios que, hasta ese momento se refocilaban en sus Consejos de Administración sobre las bondades del solo mercado, de que cuanto menos Estado mejor, de que el dinero mejor en el bolsillo que no en manos de lo público, etc., cuando esos mismos empresarios decía, ejecutivos con cargos de más o menos responsabilidad en las empresas de este país, inician una peregrinación digital a la Moncloa para pedir el Ejecutivo social-comunista que, por favor, les socorra aunque se tengan que confesar y arrepentir de sus pecados neoliberales: París bien vale una misa.

Y así surgen muchas medidas de ayudas a las empresas que se concretan en los ERTES y en el socorro a los autónomos. En concreto esos mismos gestores –neoliberales hasta febrero de este año– se convierten sin disimulo en defensores coyunturales –solo, claro, coyunturales– del intervencionismo y de la necesidad de que el Estado de nuevo –nuestros impuestos– socorran a las empresas con la coartada de que, con eso, también socorren a los trabajadores, lo cual es cierto. Y por ello surgen las moratorias fiscales y en la Seguridad Social, el pago a los desempleados de los ERTES y los pagos a los autónomos por cese de actividad. Pero ocurre que los que piden eso mismo y lo consiguen –afortunadamente para todos–, piden simultáneamente que no se aumenten los impuestos, que no haya déficits y que se contenga el aumento de la deuda pública, como si el milagro de los panes y de los peces de los Evangelios oficiales fuera eso, un milagro para los que creen en milagros trasladado a la Moncloa desde Tierra Santa.

En economía no hay milagros, señores neoliberales de pacotilla.

Por eso se refugian en una segunda trinchera, admitiendo que habrá que subir impuestos, al menos coyunturalmente. Veamos algún ejemplo en nuestra piel de toro. Así, el 8 de julio de este año decía Enrique Calvet Chambon, presidente de ULIS, que “cuando se plantee en serio que España sea una democracia de ciudadanos libre, unidos, iguales y solidarios, será muy necesario una reforma fiscal colosal”. Resulta increíble que un tipo que ha sido europarlamentario no considere que España no sea aún una democracia, pero eso forma parte de la estulticia de este plumilla. Lo importante es que reconoce la necesidad de una reforma fiscal, aunque lo reconozca a regañadientes, como el niño que dice que no quiere comer por algo distinto a su hambre, para pedir el plato más tarde cuando las tripas le mendiga algo de viandas. El resto del artículo es deplorable y solo demuestra su bajísimo nivel intelectual.

El caso es que España está en el 35,4% de presión fiscal y la media europea sobrepasa el 41%, y este hecho no se puede eludir ni con mentiras ni con omisiones

Otro artículo –en este caso de un profesor como es Antonio Durán-Sindreu Buxadé– demuestra más nivel intelectual y más conocimiento, porque denuncia la insuficiencia de los ingresos del Estado como consecuencia de que “la cifra que deja de recaudar cada año –se refiere al Estado en general– por incentivos y beneficios fiscales asciende a 34.825 millones de euros (Presupuestos 2018), circunstancia, además, que explica una de las razones de nuestra presión fiscal inferior a la media europea”. El artículo sigue señalando otras deficiencias e insuficiencias de nuestra economía. El artículo se llama –curiosa y contradictoriamente con lo anterior– "Por qué no hay que subir los impuestos" y se publicó el 9 de julio en el diario Expansión. La contradicción viene porque eso “incentivos y beneficios fiscales –que son las deducciones, exenciones y bonificaciones en los diversos impuestos– supondría un saludable y necesario aumento de impuestos de los que más tienen en beneficio del conjunto de la población. Se trata de una contradicción derivada de que se quiere atender a dos amos: el de la coherencia y el conocimiento y, por otro lado, el de su ideología neoliberal (que es la que paga), y eso parece imposible.

Y para no ser cansinos me detengo en otro tercer artículo publicado en el diario El País el 20 de julio, también de este año, por los profesores de FEDEA, Julio López Laborda y Jorge Onrubia, donde se propone, por ejemplo, “un recargo temporal del IRPF”, “aproximar lo más posible el Impuesto de Sociedades a un impuesto ¿neutral?... integrado en el IRPF”, “abordar una reforma integral de la tributación de capital que contemple conjuntamente su gravamen en el IRPF y el Impuesto sobre el Patrimonio…”, “evaluar exhaustivamente, con base en criterios de efectividad, eficiencia y equidad, los beneficios fiscales (exenciones, reducciones, deducciones, bonificaciones, tipos reducidos, etc.)”. Se trata de dos especialistas con conocimientos del tema por la precisión y lenguaje que hablan sobre materia tributaria, frente a los dos ejemplos anteriores que hacen flotar algún dato y algo con sentido en un mar de tópicos y medias verdades.

Son los anteriores apenas un botón de muestra del estado de paroxismo en que se encuentra el neoliberalismo de cátedra, que no puede defender con coherencia, conocimiento y oportunidad las medidas del solo mercado con tanta peregrinación que han hecho los neoliberales de pie de tierra a los confines del intervencionismo del Estado para que, con los impuestos que pagamos, se arregle la situación. El caso es que España está en el 35,4% de presión fiscal y la media europea sobrepasa el 41%, y este hecho no se puede eludir ni con mentiras ni con omisiones. La cosa no puede esperar más si queremos que este país entre definitivamente en la cancha de juego donde se pelean deportivamente a diario Italia, Francia, Alemania y otros países de la Europa Occidental. No podemos estar cocinando las mejores viandas en cocinas de leña por mucha nostalgia que nos dé el recuerdo de los panes antaño cocinados: de recuerdos solo se alimentan los que no pueden hacerlo de otra manera.

[1] Todos los datos y la secuencia de hechos se han obtenido del impagable libro del libro de Santiago Niño-Becerra Más allá del Crash, 2011, edit. Los libros del Lince, S. L.

El neoliberalismo de segunda trinchera