domingo 05.04.2020

La derecha en modo golpista

La derecha política, los medios de comunicación de la derecha, la mayoría de los periodistas de derechas, lo han intentado todo para evitar que una mayoría progresista pueda gobernar en España en este comienzo de año del 2020, fruto de unas elecciones democráticas, limpias, que nadie ha cuestionado.

Un gobierno que procede de una propuesta del Jefe del Estado, el rey Felipe VI, a Pedro Sánchez para ser investido como presidente, y que lo ha ratificado el día 8 de enero. El PP, por boca de su numero dos y del propio presidente del partido, le ha llamado de todo: “traidor a la patria”, “felón”, “ocupa”, “estafador”, “villano de cómic”, que Pedro Sánchez había dado un golpe de Estado y un largo etcétera. Al resultado electoral lo ha tildado –y esto es grave– de “fraude electoral”.

En la Transición lo intentaron en 1981 el general Armada, Milans del Bosch, el coronel Tejero y varios generales, comandantes, coroneles, que Javier Cercas describe y relata en su libro Anatomía de un instante. Lo de cómo preparar un golpe de Estado está muy teorizado, fruto de experiencias históricas universales

El ex-general Fulgencio Coll, ahora en VOX, ha dicho que Pedro Sánchez es “un peligro para la seguridad nacional”, Mikel Buesa dice que “estamos a las puertas de un proceso revolucionario”, la periodista Isabel San Sebastián que estamos ante “un gobierno traidor” y que “ningún presidente había llegado tan lejos en la voladura de todos los cimientos de nuestra democracia”; el periódico El Mundo lanza una fake news diciendo que “El Gobierno –el aún en funciones– de Pedro Sánchez declara enemigos a jueces y medios críticos”, así, entre comillas lo de enemigos, aunque luego el propio periódico desmiente con sus comentarios que fueran palabras del presidente; La Razón publica un vídeo donde se ve al presidente prometiendo la Constitución en presencia del Rey y el pie del vídeo escribe “jurar o prometer ante el ciudadano Borbón”, expresión que nunca ha pronunciado Pedro Sánchez y sí lo ha hecho Alberto Garzón, de IU. El sumun de todo esto lo ha protagonizado VOX, falseando la realidad, al publicar un vídeo donde se ve aplaudir a los parlamentarios del PSOE cuando hablan los de Bildu, cuando en realidad aplaudían la intervención de la presidenta del Congreso. Todo esto es una pequeña muestra de los cientos –por no decir miles– de expresiones, artículos, vídeos, comentarios en las redes de políticos relevantes de la derecha, de medios de comunicación de derechas, de periodistas de derechas, no criticando el futuro programa del futuro gobierno de coalición, sino deslegitimando a un posible gobierno nacido de las urnas, incitando permanentemente desde las elecciones a que los militares den un golpe de Estado para impedir el primer gobierno progresista de coalición desde la II República.

Cuando digo que lo han intentado cometo un error por hablar solo del pasado, pero cada vez lo tendrán más difícil. Durante el siglo XIX hubo multitud de intentos de acabar con la siempre incipiente democracia y al menos lo consiguieron en siete ocasiones; en el siglo XX lo consiguieron Primo de Rivera padre con el consentimiento del Jefe del Estado de entonces, el rey Alfonso XIII, y en 1936 Franco y sus secuaces.

En la Transición lo intentaron en 1981 el general Armada, Milans del Bosch, el coronel Tejero y varios generales, comandantes, coroneles, que Javier Cercas describe y relata en su libro Anatomía de un instante. Lo de cómo preparar un golpe de Estado está muy teorizado, fruto de experiencias históricas universales.

Este intento de ahora se apoya en dos soportes: la mentira sistemática y la deslegitimación de las elecciones. El problema que tiene es que esta burda manera de deslegitimación coloca al Jefe del Estado como cómplice de todo lo que le acusan al nuevo presidente, puesto que ha sido el monarca quien le ha propuesto para la investidura y más tarde quien le ha ratificado en la Zarzuela. Y recordemos que el monarca es también la autoridad militar máxima de las fuerzas armadas. En fin, las distintas y variopintas derechas lo consiguieron en el siglo XIX, dos veces en el XX, pero han fracasado esta vez en el XXI y ha resultado non-nata. Al menos de momento. La historia, en efecto, se repite como comedia y, esta vez, como bufonada. Pero el peligro subsiste y hay que estar atentos porque tenemos un partido –que es VOX– que no renuncia al golpe de Estado a la vez que quiere ocupar las instituciones y se muestra como el partido más perrillo faldero de la Monarquía, aunque sabemos que es un clásico que los golpistas laman el culo a los representantes del Estado de Derecho hasta justo el día antes de acabar con él. Y por ello son los electores de VOX los que tengan la última palabra y parte de la responsabilidad de que el golpismo de este partido de extrema derecha se perpetúe. Ya no hay lugar para la sorpresa y el desconocimiento: ahora votar VOX es votar extrema derecha y golpismo.

Y tenemos al fin gobierno que ya no está en funciones. Un gobierno de coalición entre un partido definitivamente –confío en ello– decididamente socialdemócrata que es el PSOE y un partido pequeño-burgués de izquierdas, que es Unidas Podemos.

El análisis mayoritario en los medios de todo tipo es que el problema estará en sacar leyes progresistas –incluso sacar leyes– porque la coalición gubernamental no cuenta con mayoría absoluta y la investidura se ha saldado a favor del nuevo Gobierno por dos escaños de diferencia. Yo no creo que ahí esté el problema. La razón de ello es que Esquerra Republicana de Catalunya simplemente se ha abstenido y el PNV ha votado a favor, pero para las cuestiones sociales se pueden invertir los términos, y el apoyo para la inmensa agenda social que se avecina –y que se ha de rescatar del destrozo de los gobiernos de Mariano Rajoy– puede reforzar esa mayoría. Además los votos en contra de Coalición Canaria y el del partido de Revilla pueden cambiar cuando comprueben –en realidad eran excusas– que España no se rompe y la Constitución queda indemne, como no puede ser de otra manera en un Estado de Derecho.

ERC solo puede marcar diferencias respeto a su competidor de derechas en Cataluña por mor de su agenda social, lo cual cabe pensar que se hará cada vez más pronunciada si el pueblo catalán recompensa al partido por su espíritu dialogante frente a la vía muerta y carcelaria de la unilateralidad.

El problema del nuevo Gobierno creo que va a estar más en la difícil papeleta que le deja al partido de Unidas Podemos en su cohabitación gubernamental con el PSOE. Por un lado no puede discrepar con el partido socialista al menos en los temas acordados; por otro, si no discrepa, si no marca diferencias, corre el peligro de mimetizarse, de que los electores no aprecien diferencias entre ambos partidos y sea el PSOE quien se lleva aún más tajada electoral en próximos comicios. Creo que era preferible que Unidas Podemos hubiera apoyado la investidura en el verano pasado y hubiera pasado a la oposición de izquierdas. En todo caso también me parece un error que los dos máximos líderes estén en el Gobierno, con lo de atadura e hipoteca que ello va a comportar para el partido. Ahora se ve también un error haber dejado escapar –o echar, no lo sé– a un tipo tan brillante como Íñigo Errejón. Pero ya está hecho y todo apunta a que el sacrificado va a ser el partido en aras de asaltar los cielos desde el Consejo de Ministros. Desde luego eso no va ocurrir, pero al menos deberán contentarse –contentarnos– la gente de izquierdas y progresistas de cambiar las cosas desde el BOE, sin olvidar por ello la calle, y más teniendo lo dicho anteriormente: que la derecha –y no solo la extrema derecha– no renuncia al golpe de Estado si lo viera factible. Estemos atentos.

La derecha en modo golpista