sábado 07.12.2019

El necesario acuerdo gubernamental

La opinión de la ciudadanía que reflejan los resultados electorales ratifica el fracaso del plan hegemonista de Sánchez de gobierno monocolor y programa centrista.

El preacuerdo del presidente socialista Pedro Sánchez y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias responde a las demandas y expectativas de una mayoría progresista amplia. Contiene propuestas para encarar los grandes retos sociales, institucionales y territoriales. Tiene unas características integradoras e intermedias de los planteamientos de ambas formaciones políticas, con sus límites y sus riesgos, entre ellos la necesidad de ampliar sus apoyos parlamentarios en particular los de ERC. Aquí expongo una valoración general sobre su carácter.

Una interpretación crítica y multilateral

Parto de una interpretación que valora la ambivalencia táctica y política de la socialdemocracia, en general, y el sanchismo, en particular, que de momento es un referente europeo de supervivencia. Su legitimidad social y su centralidad política (fracasada en casi toda Europa, incluido el gobierno de Zapatero en un contexto muy duro) consiste en combinar dos aspectos contradictorios: la vinculación con los grupos de poder y la representación progresista de amplias aspiraciones populares. Frente a la crisis socioeconómica, territorial e institucional, así como de una política regresiva y autoritaria del bipartidismo, se ha configurado en esta década un amplio espacio transformador por un cambio real de progreso, con capacidad de resiliencia. El ciclo político de este último lustro se enfrenta al reto de esta década que las fuerzas establecidas no han podido cerrar con una normalización de un bipartidismo corregido: una salida de progreso a la cuestión socioeconómica y territorial y la democratización institucional.

Cabe el interrogante: ¿es posible el desarrollo y la consolidación de un proyecto gubernamental compartido por estas dos fuerzas diferenciadas (más la colaboración de grupos nacionalistas como el PNV y ERC) que dé pasos significativos en esa triple dirección, aunque sean lentos y limitados, evitando las inercias continuistas y el impacto restrictivo de los poderes económicos, institucionales, europeos y mundiales? La historia lo dirá, pero merece la pena intentarlo y es la opción menos mala y más práctica y democrática, al estar conectada con amplia simpatía popular.

Ello no implica desconocer los límites de su alcance transformador, ni las restricciones estructurales e institucionales impuesta por los grupos de poder, ni las contradicciones de intereses y cultura política entre las propias fuerzas coaligadas, ni las necesidades de una gestión rigurosa, abierta y honesta.

Dos visiones unilaterales y contrapuestas

No obstante, hay que advertir de la unilateralidad de dos visiones contrapuestas. Una, la de situar siempre y de forma ahistórica a la socialdemocracia con su exclusivo componente de pertenencia al poder establecido (o al Régimen), del que se deduce la imposibilidad para las fuerzas alternativas de llegar a acuerdos globales y más o menos transitorios, especialmente en el ámbito estatal (más constreñido), complementado con una estrategia, también esencialista, de oposición general.

Otra, contraria, de embellecer su carácter, también de forma prejuiciada, priorizando su sentido progresista o de izquierdas, al margen de sus actuaciones políticas y su imbricación con los intereses de los poderosos, lo que conlleva a la sobrevaloración del campo común de prioridades y la estrategia de cooperación, al seguidismo o subordinación y a la infravaloración del desarrollo de un campo propio y una política diferenciada, vinculada a los intereses de la mayoría social.

Sin llegar a valorar la trayectoria de más de un siglo de historia de las izquierdas, ni siquiera la evolución de este último medio siglo, desde los comienzos de la transición democrática, tenemos una experiencia inmediata rica que modifica las interpretaciones rígidas sobre la recomposición de las fuerzas políticas y la configuración de un nuevo ciclo sociopolítico, incluido en el marco europeo.

Se trata de la experiencia de esta última década desde comienzos de la crisis socioeconómica, los ajustes estructurales regresivos y las medidas autoritarias de las élites gobernantes, contestada por una amplia corriente sociopolítica progresista que aporta elementos para una interpretación más crítica y multilateral que permita echar más luz a las tareas y perspectivas transformadoras del presente. En particular, la clarificación es sobre el carácter del sanchismo y el sentido de las fuerzas del cambio, sus puntos de acuerdo y de desacuerdo, que permiten descifrar el alcance del ciclo que comienza.

En definitiva, tras la evidencia del fracaso de su plan hegemonista anterior, la dirección socialista debe adaptarse rápidamente (en unas horas) a la realidad, eludir su responsabilidad por el bloqueo institucional, su discurso centrista y su apuesta hegemonista y buscar la única salida existente: el acuerdo con Unidas Podemos. El eje principal que explica estos vaivenes es conseguir la hegemonía institucional de una élite gobernante socialista, diferenciada de las derechas y de la izquierda transformadora, ahora dejando un hueco y estableciendo una tregua. Su ideal, como ha repetido estos meses el propio Sánchez, era el gobierno en solitario, el monopolio del poder y el continuismo en la política socioeconómica, institucional, territorial, europea, con leves reformas progresistas, particularmente en el ámbito sociocultural. La política de alianzas era ambivalente: desde una posición ventajista y de subordinación hacia las fuerzas a su izquierda, y de consensos básicos de Estado con las derechas (y los poderes establecidos), con su contención representativa.

Pues bien, la opinión de la ciudadanía que reflejan los resultados electorales ratifica el fracaso del plan hegemonista de Sánchez de gobierno monocolor y programa centrista. Su campaña moderada no ha atraído al electorado de Ciudadanos y su prepotencia respecto de Unidas Podemos no ha conseguido debilitar su capacidad de influencia en la configuración gubernamental y el proyecto de país a implementar.  Y eso le lleva a abrir un nuevo escenario y un cambio de plan, admitiendo algunas correcciones respecto de la gestión del poder y del programa de reformas a implementar en un sentido más plural, democrático y progresista, aspectos defendidos desde hace una década por amplias corrientes cívicas.

Bienvenida sea la oportunidad planteada por el nuevo sanchismo, aunque sea forzado por las circunstancias, hacia una salida plural, más democrática y progresiva, y siempre condicionado por una fuerte presencia de las fuerzas del cambio de progreso. 

El necesario acuerdo gubernamental