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lunes. 27.06.2022

Rubalcaba en el diván del psicoanalista

Acude a mi consulta Alfredo Pérez Rubalcaba, se tumba en el diván y comienza a hablar antes incluso de que se lo pida...

Acude a mi consulta Alfredo Pérez Rubalcaba, se tumba en el diván y comienza a hablar antes incluso de que se lo pida. Dice que tira la toalla y que se va. Al preguntarle por qué no lo hizo en 2001 cuando el PSOE obtuvo el peor resultado de su historia, se pone a llorar y le acerco un paquete de kleenex. Ser psicoanalista de un político resulta duro, sobre todo tras dos años de sesiones semanales en las que el paciente nunca ha asimilado su incapacidad para rentabilizar el desgaste del PP ni tiene asumido que no es una joven promesa.

Tras los nefastos resultados de los comicios europeos, Rubalcaba me asegura haber «recibido el mensaje» y se muestra partidario de convocar un congreso extraordinario, y después unas primarias. Intento razonarle que anteponer un congreso sería conferir al partido todo el control y que el secretario general que de él saliera sería una especie de candidato oficialista a las primarias. Para suavizar mi exposición, manifiesto al aun secretario general mi admiración por asumir la derrota y decidir marcharse cuando muy pocos políticos conjugan el verbo dimitir. Rubalcaba se emociona y reconoce –los ojos vidriosos de nuevo– que no esperaba tan nefastos resultados. Dice que se siente como un cadáver político y le acerco de nuevo los kleenex.

Tras sonarse con estrépito, el paciente se tranquiliza y admite que tal vez accedería a promocionar a Susana Díaz porque la considera «dócil y fácil de hacer entrar en razón», y porque teme que si se convocan unas precipitadas primarias se conviertan en un duelo entre Carme Chacón y Eduardo Madina, a quienes no quiere ver en la cúpula ni puede ver en pintura. Guardo silencio, le invito a proseguir con un gesto y Rubalcaba confiesa que la noche del 25-M tuvo una pesadilla en la que el PSOE era devorado por un monstruo de dos cabezas, la cabeza de Podemos y la deIzquierda Unida. De pronto, en un arrebato violento que me coge desprevenido, Rubalcaba se incorpora y grita que sólo él tiene derecho y potestad para designar al delfín que le suceda.

Incumpliendo el arte del psicoanálisis, cambio de posición, me sitúo de cara al paciente y le expongo que la debacle socialista nunca se resolverá a expensas de recuperar los votos sustraídos por la izquierda, sino retomando el centrismo que les arrebató la derecha y reduciendo al mínimo la abstención de los desencantados. Como Rubalcaba asiente, me animo a insinuarle que contemple a IU y Podemos como dos hipotéticos aliados, y le aseguro que los únicos enemigos a batir son las hueste del PP, sobre todo ahora que el PSOE se ha convertido en una izquierda Light.

Cuando Rubalcaba dice al fin «¿qué debo hacer, doctor?», me reubico ortodoxamente detrás de él y le respondo que su sucesor no deberían elegirlo los delegados de un congreso federal sino todos los militantes.

Rubalcaba reflexiona cuando le anuncio que la sesión ha concluido y le cito para la próxima semana.

Rubalcaba en el diván del psicoanalista