viernes 06.12.2019

Esta noche he tenido un sueño

Esta noche he tenido un sueño que, si bien en principio prometía ser inquietante y aportaba lacerantes ínfulas de pesadilla inminente, conforme avanzaba la trama se ha transmutado en una suerte de propuesta tranquilizadora que, lo reconozco, me ha regalado el final feliz de un despertar en nada parecido a mi paseo zombi de cada mañana desde el dormitorio al baño antes de dirigirme a la cocina.

En la primera parte del sueño, he experimentado una premonición proyectada en blanco y negro con la fanfarria del No-Do como música do fondo, en la que Santiago Abascal, Albert Rivera y Pablo Casado se daban las manos con convicción, cada uno a los otros dos, aunque los rostros de dos de ellos traslucieran un rictus circunspecto al imaginar lo que pensarían (y después opinarían de ellos) los líderes europeos de las formaciones liberales y de centro derecha.

Estos tres mosqueteros salvapatrias (El Mío Cid, El Doncel Veleta y el Látigo de los Felones), acababan de firmar un pacto preelectoral que les permitiría acudir como única formación a las urnas el próximo 10-N. Una audaz estrategia que, aplicando el uno más uno de la ley D’ Hont, podría otorgarles una mayoría absoluta en la elecciones generales a las que, por narices, deberemos acudir en noviembre como castigo presuntamente merecido por no haber votado bien en las tres últimas convocatorias.

Afortunadamente, la segunda parte del sueño me ha llegado como un revitalizador soplo de aire fresco cuando ya estaba a punto de despertarme, sudoroso, con taquicardia, y angustiado ante la perspectiva de un gobierno que confirmara la silenciada evidencia de que el franquismo nunca desapareció tras el 20-N de 1975. En esta segunda ensoñación, proyectada en tecnicolor, se pactaba otra plataforma preelectoral con sólo dos actores dándose la mano después de haber contrastado una serie de puntos álgidos en los que, milagrosamente, estaban de acuerdo, al menos en el modo de abordarlos y resolverlos. También después de que, quien menos bagaje aportaba de los dos, Íñigo Errejón, con una franca sonrisa en su rostro aniñado, se ofrecía a concurrir junto a Pedro Sánchez el 10-N sin exigir nada a cambio y con la esperanza de captar votantes tanto de la izquierda más izquierdosa y morada como del inconstante Doncel Veleta anaranjado. Acto seguido, quien hasta ahora había presidido por los pelos el Gobierno de la Nación, sorprendía a su interlocutor sugiriéndole la posibilidad de ofrecerle una vicepresidencia si las urnas les otorgaban mayoría absoluta.

Debo reconocer que si la primera parte de la surrealista ensoñación me ha hecho sufrir como un condenado en su último día en el corredor de la muerte, la segunda me ha transmitido paz e ilusión al permitirme vislumbrar la posibilidad de un gobierno progresista y transversal que, por desgracia, y por culpa de las ambiciones de poder que infestan el mundo real de la política, estoy seguro de que jamás experimentaré. Al menos no mientras esté despierto.

Esta noche he tenido un sueño