Nuevatribuna

Como la verdad de Sócrates, era difícil conocerla y no quererla. Llamabas a su puerta y en seguida te abría con una sonrisa y te llevaba pasillo adelante —doce metros con un lateral atestado de libros— hasta el pequeño salón donde también estaban Félix y en los últimos años sobre todo, Lupe.

No había publicado su primer libro, Ítaca, hasta pasados los cuarenta años. Antes, un aprendizaje autodidacta que había acabado con un montón de cuadernos quemados o arrojados a la basura. Mucho antes incluso, la guerra, la huida a Francia, el regreso del padre, Lorenzo, confiado en la palabra de Franco de que no se mataría a quien no tuviera delitos de sangre y el asesinato por garrote vil de ese padre en la cárcel de Porlier. Una tragedia de la que Paca, como escribió Félix en Libro de familia, jamás hizo el duelo.

En Ítaca están ya tres de los temas que aseguran a Paca la pervivencia como poeta: un intimismo expresado en los más difíciles versos sencillos —siguiendo el magisterio de Machado y de Luis Rosales—; la memoria, y la defensa a ultranza de la libertad de la mujer. Si sumamos el amor por los animales y las plantas que aparece, entre otros, en Conversaciones con mi animal de compañía, tenemos que Paca adelantó en su poesía muchos de los temas que hoy son capitales en la literatura nacional, y occidental.

Lo hizo, además, desde una absoluta sencillez y alejada de todo boato: Paca no esperaba ni deseaba el éxito o la pompa, le basta con escribir. Ese “bastar” esconde varios libros de poemas impresionantes, de los que yo destacaría tres: Pavana del desasosiego y Los trescientos escalones por un lado; y por el otro una obra de esas tan redondas que le valió dos cotizados premios y, ya en su vejez, un reconocimiento, el Nacional de Poesía, que se completaría con el reciente Premio Nacional de las Letras; hablo de Historia de una anatomía.

Súmense a estas obras un libro de relatos memorísticos que en su intimismo y sencillez resulta ser desgarrador —Espejito, Espejito— y una colección de relatos no menos biográficos donde el feminismo baja a la calle y se llena de indignación —Que planche Rosa Luxemburgo— y habrá de concluirse que nos ha dejado una escritora como no ha habido muchas en nuestra Historia reciente.

Pero es que además, Paca era todo ternura. Lucha. Interés por las personas y sus circunstancias. Inteligencia. Memoria. Hasta el punto de que cuesta creer que cuando vengan nuevas batallas no contaremos con su voz y su alma en las trincheras. Cuesta creer que haya muerto alguien que siempre estuvo tan llena de curiosidad, sabiduría, amor, arte: vida, en suma.

Así que llamabas a su puerta y en seguida te abría con una sonrisa y te llevaba pasillo adelante hasta el pequeño salón. Luego, te daba de comer y de beber. Te leía versos. Te regalaba un elefante o una de sus piedras. Te hablaba de su infancia durísima o de los muchos amigos y escritores que habían pasado por aquella casa que a tantos había dado refugio. Y te explicaba una de las lecciones que jamás conviene olvidar y que ella había aprendido de su abuela, cuando todos en esa casa de Alenza vivían acosados por el hambre y el terror: que siempre conviene poner el dolor a trabajar a favor de la vida.

No olvidaremos esa lección. Ni sus libros. Ni a ella. Nunca.