Cada uno de los cuatrocientos mil votantes de Vox tiene su alícuota parte de responsabilidad en el crecimiento y el atracón mediático de este partido fascista. Menos condescendencia con ellos

Dice un amigo que los cuatrocientos mil votantes de Vox en Andalucía no pueden ser calificados de fascistas. Que es gente que vota cabreada, a la contra, por la desesperación del paro. Dice que la izquierda ha abandonado la lucha entre obreros y potentados, ha renunciado a la bandera y hasta a la palabra España, y que ha afrontado el problema de la inmigración con un buenismo que a la gente no le atrae.

Puede que todo eso sea cierto, pienso yo, pero si resulta que para convencer al electorado obrero, al pueblo llano, la izquierda tiene que convertirse en Vox y renunciar a sus principios, a lo mejor conviene ya pasarse al partido de Santiago Abascal con armas y bagajes.

Yo tampoco creo que haya cuatrocientos mil fachas de nuevo cuño en Andalucía. Creo que hay muchos de viejo cuño y un buen puñado de irresponsables que sin haberse leído el programa de Vox han considerado que es divertido, gracioso y hasta moderno darle doce diputados a un partido que propugna el fin de la autonomía, poner a la legión a proteger las fronteras, la derogación de la ley de violencia de género y la criminalización de los partidos nacionalistas (y de momento sólo estos) entre otras lindezas.

Creo, también, que si uno mira los datos ve que el perfil medio del votante de Vox no es el desempleado de las zonas rurales o deprimidas, sino un habitante de la ciudad, con una renta media bastante decente y que hasta hace poco votaba al PP o a Ciudadanos. Es paradigmático, a este respecto, el caso de El Ejido donde propietarios que se han enriquecido con la explotación de los inmigrantes y con una renta per capita superior a la media andaluza han votado por un partido que apuesta por dejarles sin mano de obra esclava. O a lo mejor es que tiene claro que para ellos sí seguiría existiendo esa mano de obra, y estaría además más controlada. Es decir, muerta de medio.

La democracia no consiste sólo en ir a votar. Consiste en reflexionar y ser crítico antes de hacerlo. Y tomarse en serio las urnas. En ese sentido, me parecen más respetables quienes han decidido manifestar su hartazgo quedándose en casa, convencidos quizás de que ninguno de los partidos que se presentaban a las elecciones los representaba. Lo que no es óbice para que muchos, tal vez, se hayan arrepentido el lunes de haber sesteado.

Es decir, que sí, los medios le han hecho una campaña gratis de marketing a Vox (porque el espectáculo debe continuar y Podemos ya está amortizado); Susana Díaz los metió en el debate; el PP y Ciudadanos han dado carta de validez a muchas de sus propuestas -blanqueando el fascismo sólo porque necesitan sus votos-; el nacionalismo catalán ha provocado como reacción un nacionalismo español que no es capaz de ver más allá del rojo y amarillo de la bandera; y en general se ha frivolizado con las propuestas de un partido que representa en España ese fascismo peligroso y demagógico que ya crece o triunfa en Polonia, Hungría, Italia, Alemania, Francia o Brasil.

Pero pese a todo ello, cada uno de los cuatrocientos mil votantes de Vox -mayores de edad todos- tiene su alícuota parte de responsabilidad en el crecimiento y el atracón mediático de este partido fascista. O sea, que menos condescendencia con ellos. Y menos tratar al electorado, para lo bueno y para lo malo, como si estuviera formado por un grupo de borregos. Todos aquí somos, o deberíamos serlo, conscientes de qué votamos o dejamos de votar. Y en Andalucía, nos guste o no, hay cuatrocientos mil fascistas. Y contra eso es contra lo que hay que pelear.