Nuevatribuna

La derecha entra en campaña

Sánchez ha hecho bien en aplicar lo que Borrell llama la política del ibuprofeno, o sea, ayudar a rebajar el conflicto, ofreciendo un diálogo

La manifestación del 10F marca el inicio de la campaña electoral de la derecha. Importa analizar con atención los mensajes y la escenografía para percatarse de lo que viene.

Las elecciones de Andalucía muestran tendencias que conviene tener en cuenta. Allí las derechas concurrieron con un objetivo único y claro: echar al PSOE. El argumento en Andalucía no fue que el PSOE representaba un peligro para la unidad de España. Simplemente era porque llevaba muchos años gobernando. También podían haber argumentado que había llovido mucho este otoño, para el caso daba igual. Lo que une a las tres derechas es arrebatar el poder al PSOE. Y eso es lo que han escenificado en la manifestación de Madrid: entran en campaña unidos para echar al PSOE. Este es el primer punto del programa común de las derechas.

El segundo es “aplicar un 155 duro” en Cataluña, lo que, dicho en plata, quiere decir suprimir la autonomía catalana por tiempo indefinido. No olvidemos que Vox está por suprimir la autonomía en todas partes de modo definitivo, lo cual es otra forma de estar contra la Constitución.

Me parece evidente que la crisis catalana tuvo su punto álgido durante el Gobierno de Rajoy que es cuando las instituciones catalanas conculcaron la Ley, como, acertadamente, señaló el Rey en un discurso, por cierto, impecable. Desde las últimas elecciones autonómicas  las autoridades catalanas han dicho muchas cosas y han hecho muchas tonterías pero se han cuidado muy mucho de conculcar las leyes. Cierto que eso no garantiza que no lo hagan en el futuro. Pero hoy por hoy, eso es lo que hay: mucha menos tensión en Cataluña.

Soy de los que piensan que la cuestión catalana no tiene solución, al menos a corto plazo. Y eso es así porque en relación a la independencia  el electorado catalán está dividida en dos partes casi iguales, pero el electorado español muestra una gran mayoría en contra de la independencia de Cataluña. Mientras esto no cambie, no hay una solución independentista (en cualquiera de sus variantes, incluido el derecho a decidir) pero los independentistas no lo admiten y no parecen dispuestos a contemplar una solución que no sea la independencia, en alguna de sus modalidades. Y eso es así porque están presos de su electorado al que le han hecho creer que la independencia está al caer. El mejor análisis político de lo que pasa en Cataluña lo hizo el policía que espetó  aquello de “qué República ni qué collons. No hay ninguna República, idiota.” El receptor de este contundente análisis político estaba diciendo al antidisturbios que estaba allí para “defender la República”. Los líderes indepes saben que lo que dijo el policía es muy cierto, pero necesitan que el manifestante les siga votando, aunque sea  para defender una república que no existe. Por eso están en un laberinto sin salida a corto plazo.

Creo que fue en los primeros meses de la I Guerra Mundial, cuando el Jefe del Ejército Francés envió un parte de guerra a su Gobierno que, más menos, venía a decir esto: mi flanco derecho retrocede, mi flanco izquierdo huye y el centro se hunde: ataco. No nos queda otra: hay que ir a la campaña electoral a la ofensiva

Sánchez ha hecho bien en aplicar lo que Borrell llama la política del ibuprofeno, o sea, ayudar a rebajar el conflicto, ofreciendo un diálogo. Para ser precisos, el rebaje de la tensión lo iniciaron los indepes, al no pisar la raya de la legalidad. Ambas cosas ayudan a que el conflicto baje de intensidad, lo cual es a lo máximo que podemos aspirar, dado que no hay solución, al menos a corto plazo. Pero el diálogo ha encallado antes de empezar por culpa de Puigdemont y los suyos y por la rivalidad electoral entre los partidos indepes. Imponer que la condición para el diálogo es que éste debe girar ser sobre el derecho a decidir, adornado con un mediador internacional y amenazando con la enmienda a la totalidad del Presupuesto es no entender la correlación de fuerzas que hay en el país. O bien, entenderla pero estar con la derecha: hay que echar al PSOE del Gobierno. Parafraseando a Tardá, los indepes son la mayor fábrica de fachas que hay en el país.

El problema es que el Gobierno ha tardado en reaccionar a las exigencias de los indepes, dando pie a la derecha para armarse con la bandera de la unidad de la patria y, de paso, dando lugar a mostrar una notable división interna en el PSOE. No me resisto a plantear una cuestión a los que han salido a criticar a Sánchez: estoy de acuerdo con sus críticas, pero me gustaría saber si, además, tienen alguna propuesta política para abordar el conflicto catalán, que parece tiene una cierta importancia.  Lo peor de todo es que, cuando el conflicto catalán estaba desinflamándose y perdiendo protagonismo, esta semana se ha vuelto a poner en lo más alto de la agenda política.

En política es conveniente que los intereses de tu partido están alineados con los intereses de tu país. Y lo que les pasa a los indepes es que sus intereses y los de Cataluña  no están alienados. El dilema que se aborda en Cataluña no es si es una República independiente o es una Comunidad Autónoma de España sino si es una Comunidad Autónoma de España o pierde la autonomía por completo. Y, atención, la triple derecha que va a las elecciones con la propuesta de suprimir la autonomía de Cataluña, si gana, se sentirá legitimada para hacerlo. En lo cual, creo que coincide con Puigdemont y compañía siguiendo aquello de cuanto peor tanto mejor, que siempre ha sido una receta infalible para el desastre.

Llegados a este punto, hay que volver al panorama político que surge de la ruptura del bipartidismo. El multipartidismo realmente existente trae como consecuencia la necesidad de pactos a dos, a tres o a cuatro para configurar gobierno, es decir, o tenemos inestabilidad o tenemos algún tipo de gobierno Frankenstein. Creo no equivocarme diciendo que el acuerdo con Podemos va más allá del Presupuesto y lo mismo se puede decir de las negociaciones con los indepes. Sin presupuesto se puede gobernar, como tantas veces se ha hecho. Pero no se puede gobernar si, tras las elecciones, no hay una mayoría que te invista. Y aquí hay dos posibles mayorías: o la de  la triple derecha o la que se ha llamado la mayoría Frankenstein, es decir con Podemos y los nacionalistas. Sánchez, tras la moción de censura, siguió en el gobierno para poner sobre la mesa una agenda social muy interesante y esbozando una posible futura mayoría, en la que se incluía una política hacia Cataluña basada en rebajar la intensidad del conflicto.  A la derecha lo que le interesa es agudizar el conflicto en Cataluña para que así pase desapercibida la agenda social. En eso coinciden con Puigdemont.

La derecha que se ha reunido en Colón sabe que las posibilidades de que España se rompa son las mismas de que te toque la primitiva y los euromillones a la vez. Lo que han hecho en Colón no ha sido defender la unidad de España sino su unidad, la unidad de los tres partidos de derechas. Por cierto, no deberíamos dar por consolidada esa unidad porque es tan solo la unidad en negativo. A saber si tiene recorrido.

Mientras tanto, la izquierda, se divide y se vuelve a dividir, y, al lado, los nacionalistas siguen de viaje a ninguna parte. Creo que fue en los primeros meses de la I Guerra Mundial, cuando el Jefe del Ejército Francés envió un parte de guerra a su Gobierno que, más menos, venía a decir esto: mi flanco derecho retrocede, mi flanco izquierdo huye y el centro se hunde: ataco. No nos queda otra: hay que ir a la campaña electoral a la ofensiva. Por cierto, los franceses ganaron la batalla.