LA BATALLA DEL RELATO

El vacío que dejamos

Compendio de la historia general del Nuevo Mundo por el autor del Nuevo Robinson; traducido del francés, corregido y mejorado por D. Juan Corradi; Tomo II
La consecuencia es conocida: mientras unos se refugian en silencios culpables, otros venden orgullo simplificado.

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Hay derrotas políticas que no se producen en las urnas, sino mucho antes: en el momento en que una tradición intelectual renuncia a pensar con complejidad aquello que le incomoda. El vacío que deja no permanece vacío mucho tiempo. Otro llega, lo ocupa y lo simplifica.

Algo de eso ocurre hoy con la discusión sobre la conquista de América, el mestizaje y la herencia histórica española. Mientras una parte de la derecha convierte la hispanidad en un producto identitario de consumo rápido, parte de la izquierda parece oscilar entre el silencio incómodo y una crítica tan moralmente enfática como históricamente insuficiente.

Mientras unos solo ven pecado histórico, otros solo ven gloria imperial. Y entre ambos extremos desaparece lo más difícil: pensar

Y, sin embargo, la cuestión exige precisamente lo contrario: menos consigna y más lucidez.

Porque sí, la conquista fue violencia, jerarquía racial, destrucción de mundos indígenas y explotación. Negarlo sería obsceno. Pero también es cierto que el espacio hispánico produjo algo históricamente singular: debates jurídicos sobre la humanidad de los conquistados, discusiones tempranas sobre los límites morales del imperio, universidades, formas híbridas de cultura y sociedades mestizas cuya complejidad no puede reducirse al esquema binario de verdugos y víctimas.

La paradoja es notable. Una parte de la izquierda contemporánea, que defiende —correctamente— sociedades diversas y mezcladas en el presente europeo, parece incapaz de pensar el mestizaje hispanoamericano fuera de una lógica exclusivamente colonial. Como si toda mezcla histórica fuese necesariamente una falsificación moral. Como si reconocer la violencia original obligara también a negar la aparición posterior de nuevas realidades culturales, humanas y políticas.

Pero la historia no funciona así. Las sociedades reales no nacen puras. Nacen conflictivas.

El problema de fondo quizá sea otro: el progresivo abandono de la complejidad histórica en favor de una política emocional de identidades rápidas. En ese clima, la izquierda ha tendido a sospechar de cualquier continuidad histórica española, como si toda apelación a una herencia común condujera inevitablemente al nacionalismo excluyente. Y al abandonar ese terreno —el del relato histórico, el de la memoria nacional, el de las ambivalencias culturales— lo ha dejado disponible para quien sí está dispuesto a ocuparlo, aunque sea mediante simplificaciones sentimentales.

No es un fenómeno exclusivamente español. En buena parte de las democracias occidentales, amplios sectores progresistas han cedido a sus adversarios el monopolio emocional de conceptos como pertenencia, comunidad o continuidad histórica. Y luego se sorprenden de que esos adversarios utilicen dichos conceptos de forma reaccionaria.

La consecuencia es conocida: mientras unos se refugian en silencios culpables, otros venden orgullo simplificado. Mientras unos solo ven pecado histórico, otros solo ven gloria imperial. Y entre ambos extremos desaparece lo más difícil: pensar.

Pensar exige aceptar simultáneamente dos verdades incómodas. La primera: que el imperio español fue también dominación, violencia y destrucción. La segunda: que reducir tres siglos de historia compartida a una caricatura exclusivamente criminal empobrece tanto el análisis como la comprensión del presente latinoamericano.

La lucidez política comienza precisamente ahí: en la negativa a elegir entre presentismo y relativismo. Algo parecido aparecía en una reflexión reciente sobre los riesgos de juzgar el pasado únicamente desde categorías morales contemporáneas sin por ello caer en la indulgencia histórica.  Porque el problema no es criticar el pasado; el problema es sustituir el análisis por la absolución o por la condena automática.

Y esa sustitución suele producir monstruos intelectuales.

La derecha identitaria prospera allí donde la izquierda abandona los argumentos difíciles. Cuando se deja de disputar el sentido de la historia, otros aparecen con relatos sencillos, emocionalmente eficaces y extraordinariamente rentables políticamente. La simplificación tiene siempre ventaja competitiva sobre la complejidad silenciosa.

Quizá el verdadero problema contemporáneo no sea el exceso de memoria, sino la incapacidad de sostener una memoria adulta. Una memoria capaz de reconocer simultáneamente creación y barbarie, mezcla y violencia, herencia y crimen. Una memoria que no necesite ni autoflagelación ritual ni orgullo compensatorio.

Porque las sociedades maduras no son las que se creen inocentes. Son las que soportan mirarse sin necesidad de mentirse.

Y esa tarea exige algo cada vez menos frecuente en el debate público: una ética de la lucidez.


[i] Imagen bajo la licencia Creative Commons Atribución-Compartir Igual 4.0 Internacional. Autor: Campe, Joachim Heinrich; Iriarte, Tomás de (1750-1791); Carnicero, Antonio (1748-1814). Fecha: 1817. Datos de edición: Madrid, Imprenta de Doña Catalina Peñuela.