jueves. 04.06.2026
LIBROS | HISTORIA

¿Realmente se descubrió América el día 12 de octubre de 1492?

El problema es que, aunque se ha analizado con detalle el diario de Colóneste no ofrece una respuesta clara, por lo que, salvo que aparezca algún abalorio de la época, o sus propias cartas náuticas, parece imposible confirmar con certeza absoluta la isla exacta de la arribada.
Colón, obra de Carl Theodor von Piloty (1865).

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Esteban Mira Caballos

Para el 7 u 8 de octubre de aquel 1492 Cristóbal Colón ya sabía que estaban muy cerca de tierra porque en su contabilidad secreta había superado con creces la distancia a la que estimaba se encontraba la fabulosa isla de Cipango. Además, cada vez había más señales de la cercanía de tierra, como juncos, cañas verdes, palos cortados, peces que no se solían alejar de la costa y aves, como pardelas, lo cual no escapó a su sutil mirada. Ello no impidió que la situación se volviese ya casi insostenible desde el 9 de octubre, aunque él volvió a minimizar el asunto en su diario, al mencionar simplemente que la gente se quejaba de la larga singladura. Al día siguiente se produjo una nueva asonada general, y, por tanto, muy peligrosa, en la que estuvieron a punto de detenerlo o, incluso, de arrojarlo al mar, pues decían los amotinados que, siendo extranjero, nadie les pediría cuentas. Según un marinero de la NiñaFrancisco de Morales, se juntaron los tres maestres en la Santa María y le dijeron que diese media vuelta porque no solo no había tierra, sino que, si avanzaban más, la dirección de los vientos no les permitiría regresar. La situación se tornó extremadamente tensa y Colón solo la consiguió controlar, una vez más, con la inestimable ayuda de Martín Alonso Pinzón, quien los tranquilizó con dos argumentos: uno, convenciéndoles del error que suponía asesinarlo, porque, si sobrevivían, tendrían que rendir cuentas ante los reyes. Y otro, pidiendo un voto de confianza, es decir, que le ofreciesen un plazo de tres o cuatro días y, si en ese intervalo no llegaban a buen puerto, se podrían volver los que quisiesen, con alguna o algunas de las embarcaciones. Colón estaba convencido de que antes de finalizar ese plazo encontrarían tierras, primero, porque sabía que habían recorrido mucho más de setecientas leguas, aunque dijese que eran algo menos de seiscientas, y segundo, porque desde el 20 de septiembre vislumbraba claros indicios de su cercanía: la presencia continua de alcatraces y de hierbas arrancadas de las rocas evidenciaba su proximidad. Obviamente, no agotaría el plazo.

Fray Bartolomé de Las Casas fechó el descubrimiento el 12 de octubre. Sin embargo, a juicio de Juan Gil, pudo ser por la carga negativa que tenía para el cristianismo el número once, que a su juicio fue la fecha real del descubrimiento

El 11 de octubre, en torno a las diez u once de la noche, Colón apreció en cuatro ocasiones lumbres a lo lejos e hizo llamar en secreto a dos oficiales, el repostero Pedro Gutiérrez y el veedor y contador de la armada Rodrigo Sánchez de Segovia. El primero ratificó la existencia de dichos destellos, aunque no el segundo. Pero fuese real o no, lo cierto es que ya estaba seguro de que en breve se iba a producir el avistamiento, por lo que puso en máxima alerta a las tripulaciones, pidiéndoles que abriesen bien los ojos y redoblasen la vigilancia. Poco después, un marinero, natural de Lepe, acudió a decir que había observado lumbres, pensando en cobrar la recompensa, aunque le advirtieron que el propio capitán ya lo había visto antes. Además de los diez mil maravedís a perpetuidad que había ofrecido la soberana, Colón prometió un jubón de seda al primer vigía que la divisase.

Retrato de colon Carl Theodor von Piloty 1865
Retrato de colon Carl
Theodor von Piloty 1865

Había luna llena, de ahí que se pudiese otear bien el horizonte. La Pinta, como casi siempre, iba en vanguardia cuando se divisó tierra a dos leguas de distancia. Fue Rodrigo de Triana, encaramado al palo mayor, quien profirió el famoso grito de ¡tierra! Segundos después, siguiendo lo acordado, se disparó desde la Pinta un tiro de lombarda y se alzaron las banderas. Eran aproximadamente las dos de la madrugada del 12 de octubre de 1492 y Colón ordenó de inmediato a las tres naves ponerse al paire o a la cuerda, arriando las velas para no avanzar. Con muy buen criterio, decidió esperar a las luces del alba para navegar, ya que estaban en aguas desconocidas y podían sufrir un percance, al tocar algún bajío. Eso sí, aprovecharon el parón para celebrar un solemne y sentido Te Deum laudamus, en acción de gracias por haber llevado a buen término su aventura. Según el padre Las Casas, muchos tripulantes, con lágrimas en los ojos, acudieron ante él pidiéndole disculpas por haber dudado y ofreciéndose a servirle en el futuro en todo lo que ordenase.

Y antes de proseguir con el relato, cabe señalar que no se sabe a ciencia cierta quién fue esa persona que realizó el avistamiento. La versión tradicional que ha pasado a los libros de texto es que fue Rodrigo de Triana, pues así lo llamó tanto el propio almirante en su diario como su hijo Hernando y otros cronistas. El problema es que está documentado casi todo el rol del primer viaje y no aparece ningún tripulante con ese nombre, por lo que es posible que se tratase de un apodo. El nombre más parecido que sale entre la dotación es el de Juan Rodríguez Bermejo, natural del lugar de Los Molinos (Sevilla), y, además, hasta tres declarantes en los Pleitos colombinos —Diego Fernández Colmenero, Manuel de Valdovinos y Francisco García Vallejo— lo identificaron como la persona que profirió el emblemático grito de tierra.

Como ya hemos referido, Colón reclamó la prima prometida por la soberana, presentando varios testigos que certificaron que, al caer la noche del 11 de octubre, exactamente a las veintidós horas, ya él les comunicó la noticia del avistamiento, al haber observado unos destellos que solo uno de ellos verificó. Bien es cierto que no ordenó disparar la lombarda como estaba estipulado, lo cual hubiese sido el mejor certificado de autenticidad. El historiador Samuel Eliot Morison afirma directamente que el genovés se inventó el avistamiento, pues estaba aún demasiado lejos como para ver esas luces, y lo hizo para atribuirse luego el mérito de haber sido él el primero en avistar tierra. Estudios más recientes han calculado la distancia que aún faltaba para divisar la isla de Guanahaní y certifican que era imposible que pudiese emanar de algún punto de ella. Concretamente, según José Martín, a la distancia que se situaba la isla debía haber estado a quinientos metros sobre el nivel del mar para poderla avistar, algo que resulta del todo imposible.

Pero no hay que olvidar que después de esto hizo la promesa del jubón, e incluso recordó la renta ofrecida por la soberana al que vislumbrase tierra, algo que protagonizó Juan Rodríguez Bermejo, desde el palo mayor de la Pinta. Luis Joseph Peguero sostuvo que se le entregó tanto el jubón como la renta a perpetuidad, pero sabemos que no fue así. La justicia le terminó dando la razón, certificando que el primer avistamiento se hizo el 11 de octubre. Por ello el 23 de mayo de 1493 se le concedió dicha renta vitalicia de diez mil maravedís anuales, situada sobre las alcabalas de las carnicerías de la ciudad de Córdoba. ¿Y por qué se lo concedieron a él? El documento no deja lugar a la duda: porque «somos certificados que él fue el primero que vio y descubrió las dichas islas…». Como no podía ser de otra forma, su gran admirador, el padre Las Casas, lo justificó diciendo que los merecía por haber llevado «lo más trabajoso y angustioso de todo el viaje…». Sin embargo, sus detractores han usado históricamente esta avaricia e ingratitud hacia el marinero de la Pinta por llevarse una renta que le podía solucionar la vida a una persona humilde pero que para él era apenas una minucia. El acto tiene poca justificación, aunque debo matizar que en esos momentos la situación económica de Colón no era mucho mejor que la del trianero. Éste último regresó a Sevilla, donde estaba desposado con Catalina Muñoz, y siguió vinculado a la navegación indiana. En 1507 lo encontramos como maestre de la nao Santa Catalina, que viajaba a La Española, y en 1511 lo volvemos a situar con el mismo cargo en la nao Espíndola. Con posterioridad desempeñó el cargo de piloto y se embarcó, en 1525, en la expedición a las Molucas de García de Loaysa. Falleció en el trayecto, en abril del año siguiente. Por tanto, legalmente, y así lo decidió un tribunal de justicia, el primer descubrimiento se efectuó a las diez de la noche del 11 de octubre, y no el día 12, como se ha venido sosteniendo desde hace siglos. Pero, incluso, algunos autores mantienen que el avistamiento colombino se produjo el 10 de octubre y el de Rodrigo de Triana al día siguiente. En este sentido se expresaron tanto Francisco López de Gómara como Gonzalo Fernández de Oviedo. Este último no solo afirma que se descubrió un 11 de octubre, sino que en su computo de días desde que Colón salió de El Hierro hasta que llegó le salen treinta y tres días, y no treinta y cuatro. En cambio, fray Bartolomé de Las Casas fechó el descubrimiento del trianero el 12 de octubre. Sin embargo, a juicio de Juan Gil, pudo ser por la carga negativa que tenía para el cristianismo el número once, que a su juicio fue la fecha real del descubrimiento.

La isla descubierta era la de Guanahaní, en las Bahamas, que Colón rebautizaría como San Salvador, mientras que a todo el archipiélago los españoles lo denominaron Lucayas. Apenas permanecieron en el islote entre el 12 y el 14 de octubre, tres días en los que no tuvieron posibilidad, tiempo ni intención de construir ni tan siquiera una empalizada. Por ello, no extraña que no se haya encontrado ningún resto arqueológico que acredite su presencia en esa isla, pese a lo cual hay bastante unanimidad en la comunidad científica en sostener que se trata de la actual Watling Island. El problema es que, aunque se ha analizado con detalle el diario de Colóneste no ofrece una respuesta clara, por lo que, salvo que aparezca algún abalorio de la época, o sus propias cartas náuticas —hoy desaparecidas—, parece imposible confirmar con certeza absoluta la isla exacta de la arribada. Es más, él mismo no tenía claro dónde estaba, y sospechaba que debía de ser alguno de esos múltiples islotes que, según el imaginario medieval, había en la antesala del continente asiático descrito por Marco Polo. Eso sí, no albergaba ninguna duda de que las tierras del Gran Khan estaban cerca y que estaba a punto de lograr lo que tantas veces había prometido.


[Este texto es un extracto del libro del autor Colón. El converso que cambió el mundo; Barcelona, Editorial Crítica, 2025]

¿Realmente se descubrió América el día 12 de octubre de 1492?