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jueves. 06.10.2022
TRIBUNA DE OPINIÓN

¿No habría que rebelarse contra la tiranía de los algoritmos?

Decía Kant que, dadas ciertas condiciones, podríamos predecir el comportamiento humano tal como pronosticamos un eclipse lunar. Nuestra compleja maquinaria físico mental funcionaria con la precisión propia de los resortes del reloj y bastaría conocer en profundidad ese mecanismo. Sin embargo nuestra inferioridad no es tan fácil de conocer, ni siquiera para nosotros mismos. En realidad tendemos a deformar nuestra propia percepción del fuero interno, para embellecerlo normalmente o denigrarlo en algunas tesituras.

Tampoco podemos controlar las circunstancias y la convergencia de ambos parámetros, el interno y el externo dificulta sobremanera cualquier cálculo de probabilidades que nos propusiéramos hacer. La más rigurosa de las introspecciones topará siempre con zonas opacas, por mucho que pretenda bucear en las abisales profundidades del inconsciente. También habrá mil detalles que no serán registrados por nuestras percepciones, aunque se cuelen por minúsculos e inadvertidos intersticios en el ánimo. Por eso Leibniz hablaba de nuestras pequeñas percepciones.

Puertas adentro nos vemos desbordados por el vasto número de factores que Intervienen sin darnos cuenta. Por otro lado el cúmulo de concausas convergentes que nos rodean en un momento dado también sobrepasa con mucho nuestras capacidades. Nos desborda cuánto deberíamos abarcar para intentar hacer un cálculo probabilístico que acertase con el desenlace.

Nos desnudamos una y otra vez al utilizar nuestros dispositivos electrónicos ante la mirada del Gran Voyeur

Pese a todo ahora quedan múltiples registros de nuestras opciones. Al navegar por internet queda huella de nuestras voliciones. Nuestros hábitos nos delatan. Como dijo Schopenhauer en realidad queremos cuanto elegimos de hecho. Nos desnudamos una y otra vez al utilizar nuestros dispositivos electrónicos ante la mirada del Gran Voyeur, ese ojo que lo ve todo a todas horas y que no es el de Dios ni mucho menos. Es asombroso cómo las plataformas nos aconsejan cosas que ver con tanto tino. Amazon anticipa los libros que nos tentará comprar. Google baliza nuestras futuras búsquedas. Y un etcétera cada vez más largo.

Los algoritmos nos tutelan al replicar nuestros usos y costumbres, dejando un menor margen para la improvisación y el capricho inesperado. Las estadísticas hacen comer medio pollo a quienes pasan hambre y rebajan el obsceno consumismo de los más adinerados. La carestía se mide con unos determinados parámetros que marginan otros muy sustantivos. En las encuestas hay mucha cocina y las preguntas vienen a dibujar el contorno de cada respuesta. Lo genuinamente humano se caracteriza por su bendito nivel de incertidumbre.

Los algoritmos nos tutelan al replicar nuestros usos y costumbres, dejando un menor margen para la improvisación y el capricho inesperado

Si no pudiéramos rectificar nuestros peores rasgos caracterízales y una máquina por sofisticada que fuera lograse adivinar todos nuestros pasos, la vida humana dejaría de tener su sentido más cabal. La curiosidad requiere no conocer todas las respuestas y afronte interrogantes. Afortunadamente no podemos predecir nuestro porvenir con una bola de cristal o leyendo los posos del café. Todo eso puede ser muy divertido y hasta propiciar situaciones generadas por nuestro inconmensurable poder de autosugestión. Pero siempre podemos acabar sorprendiendo a los demás y sobre todo a nosotros mismos.

Conocer con exactitud la fecha de nuestro deceso sería terrible. Semejante ignorancia nos permite remontar enfermedades de todo tipo y cuidar por nuestra salud, aun cuando a cierta edad y con ciertas dolencias el misterio de la fecha final tampoco sea un misterio mayúsculo. Explorar nuestro código genético podría prevenir ciertas anomalías de nacimiento, pero pueden provocar una prescindible desesperación cuando no haya recursos para tratar patologías contumaces.

En la infancia necesitamos grandes dosis de cariño y protección. Precisamos vernos tutelados por quienes cuidan de nosotros e igualmente por cuantos ejercen una labor educativa. Pero esa tutela tiene fecha de caducidad y lo suyo es que nos equivoquemos o acertemos tomando nuestras propias decisiones, tras haber analizado otros y contras. Es más cómodo sin duda que nos guíen a cada paso y muchos depositan una fe ciega en los manuales de influencias varias. Remiten los mantras de turno como si fuera una liturgia religiosa y dimiten de su humana condición, al no querer pensar por sí mismos, incurriendo en la irresponsabilidad por antonomasia.

El cabal ejercicio de nuestra responsabilidad colectiva e individual, como ciudadanos y en tanto que personas requiere que seamos autónomos al seleccionar nuestras convicciones

Habitamos un mundo harto complejo donde resulta muy difícil cambiar el orden establecido e introducir mínimas reformas políticas o religiosas. Pero tenemos un arma muy poderosa para luchar contra las inercias que no convenga mantener. Siempre nos cabe cambiar de costumbres. Una forma de hacerlo es rebelarse contra los dictados algorítmicos.

Desintoxicarnos de nuestra brutal dependencia del mundo digital, por decirlo en términos generales, puede contribuir a fortalecer nuestras muy mermadas cotas de autonomía. Debemos recordarnos que son un magnífico instrumento, siempre que utilicemos los dispositivos y sus inmensas prestaciones con cierta mesura. El abuso es lo contrario al uso y en este caso nos podemos dejar instrumentalizar por los instrumentos.

Aprendamos a dar por buenas algunas cosas catalogadas como carencias e imperfecciones. La incertidumbre figura entre las más importantes. Debemos aprender a confiar en el propio criterio, mostrándonos críticos con aquellos datos que no inspiren confianza y estén poco acreditados. El cabal ejercicio de nuestra responsabilidad colectiva e individual, como ciudadanos y en tanto que personas requiere que seamos autónomos al seleccionar nuestras convicciones, modelando con ellas nuestros hábitos. En suma, quizá debiéramos plantearnos la ganancia que tendría una insumisión generalizada contra los aparentemente indiscutibles dictámenes de uno u otro algoritmo. Sería preferible tener en cuenta sus sesgos para modificarlos convenientemente.

¿No habría que rebelarse contra la tiranía de los algoritmos?