lunes 24/1/22

El ser humano necesita clasificar, encuadrar, definir, asignar características que le permitan ordenar la realidad según esquemas mentales previamente establecidos. Esta tendencia es, generalmente, buena y permite avanzar en el conocimiento de la realidad, la ciencia y el pensamiento, pero encierra una distorsión perversa que, en la política, implica acercarse a la realidad desde un prisma erróneo. 

La política DEBE clasificar la realidad bajo su propio esquema, con independencia de la naturaleza del hecho, sin importar que los hechos sean neutros en su real naturaleza. La clase política suele confundir la realidad con las herramientas que usamos para afrontar o  modificar esa realidad.

Este planteamiento impide estudiar los hechos de una forma neutral, sabiendo que será luego, en el diseño de las medidas adoptadas, cuando se establezca una política de derechas, de izquierdas, posibilista o neutral para modificar la realidad. Viene esto a cuento del fracaso de la Cumbre de Glasgow y de la pertinaz negativa del inmovilismo mundial para aceptar la realidad que los hechos nos demuestran: el clima de la tierra cambia y lo hace por efectos de la actividad humana. Punto. Establecido el hecho que esa corriente niega, deberíamos ver qué es lo que podemos hacer para evitarlo.

Mientras tanto, el planeta cambia y lo hace de forma cada día más obvia, más nociva y con más impacto sobre la población humana y sobre los ecosistemas

La postura más ética del inmovilismo debería ser la aceptar que, desde sus esquemas, no debemos hacer nada, pues cualquier cambio iría contra la actual estructura económica de los países. Es una postura: sigamos como estamos y que sea lo que dios quiera, que no hay otra opción que proteger la actividad actual de las empresas. Bien. Limpio, claro, definitivo y sobre todo, muy honrado pero ingenuo: es mejor negar que los hechos existen y atribuir la observación a la deformación con la que el enemigo se acerca a la realidad.

Así, en lugar de avanzar hacia terrenos posibilistas y más o menos adecuados, nos encontramos con un “empate” en el que nada avanza y las soluciones o modificaciones, no llegan nunca. La defensa de los intereses de las empresas y las corporaciones triunfa y el seguidismo político se entrega a esa negación con una pasión digna de mejor causa.Es más, esa pasión, esa entrega a los intereses ajenos, hace que se llegue al esperpento.

El primer mártir de la causa fue Al Gore, a quien se despellejó de forma inclemente en los medios españoles por encabezar la causa de la lucha contra el cambio climático. No importa que la realidad se imponga y las fotos muestren la desaparición de glaciares; el adelgazamiento de los hielos antiguos del ártico: nada puede ser verdad si perjudica a las petroleras  y energéticas en general, por no hablar de la industria del automóvil.

El último esperpento lo ha protagonizado ese “junior” aprendiz de polìtico llamado Casado y sus nocturnos patinazos con la energía solar: cuando se quieren hacer méritos y se excede la pasión por el “señorito”, se corre el riesgo de hacer el ridículo, pero no está solo en su empeño. Almeida sigue primando el transporte privado sin fijarse en cualquier otra alternativa que ya se haya demostrado “asépticamente” eficaz, sin etiqueta de izquierda o derecha. Por su parte, la izquierda también patina sobre el mismo hielo y “compra” verdades sobre las que todavía queda mucho por discutir.

Uno de los ejemplos es la energía nuclear, bestia negra del ecologismo que, posiblemente, haya que estudiar muy tranquilamente como temporal sustituto de los combustibles fósiles hasta que podamos implantar, de forma universal, otras alternativas. Tampoco, me parece, se nos ofrece una información verdaderamente ajustada sobre la realidad de la verdadera huella de carbono de un tendido de AVE, de la fabricación de las baterías de coches y de otras muchas “verdades asentadas” que debemos manejar con pinzas.

Personalmente, estoy convencido de que tenemos la capacidad, la tecnología, el dinero y la NECESIDAD de poner en marcha cambios radicales en los sistemas de trabajo, producción, convivencia y consumo y que deberíamos establecer un amplio consenso sobre la realidad que debemos abordar. Sin ese consenso, las medidas nunca van a llegar y si llegan, serán parciales, insuficientes y siempre a favor de lo ahora establecido. Pero ese consenso nunca va a llegar, pues el poder lo impedirá de forma sistemática y seguiremos acercándonos a la realidad con visiones deformadas, parciales e interesadas.

Mientras tanto, el planeta cambia y lo hace de forma cada día más obvia, más nociva y con más impacto sobre la población humana y sobre los ecosistemas, en una dinámica de extinciones propia de las más desastrosas épocas geológicas. 

Es lo que hay y lo que nuestros políticos, a nivel global, nos hacen merecer.

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