viernes 27/11/20
ANÁLISIS HISTÓRICO ECONÓMICO

Ética y poder: la lección de Antígona

Harían bien políticos, periodistas metidos a consejeros, incluso empresarios de alto copete de grandes empresas, que leyeran más –o algo– de literatura y algo menos de juego de tronos, menos McLuhan y menos contabilidad de ingeniería financiera. Por ejemplo leer a Sófocles, a Cervantes, a Kant y a los clásicos del llamado Siglo de Oro español, a Shakespeare, a Victor Hugo, etc. Y deberían hacerlo antes de llegar a acuerdos más o menos explícitos entre fuerzas políticas contrapuestas que derivan en leyes insostenibles con el tiempo, como por ejemplo el sistema tributario actual, la reforma del artículo 135 de la Constitución o las normas de elección de jueces para el CGPJ. Son solo algunos ejemplos en España pero que puede generalizarse para todo el orbe democrático y para gran parte de las leyes. Por ejemplo, debiera ser obligado antes de “aprobar” las oposiciones a político leer la Antígona de Sófocles, el Fuenteovejuna de Lope, el Alcalde de Zalamea de Calderón, Los Miserables de V. Hugo o el mismísimo Quijote. Son solo algunos ejemplos literarios –hay infinidad– de los dilemas que se plantean entre ley y justicia, entre poder y ética, entre razón ética y razón de Estado. Y menciono al divino bardo porque éste fue más allá en sus tragedias e introdujo la ambición y la venganza como motores desencadenantes de los acontecimientos. Lo hizo el bardo con su Macbeth y también Calderón en La hija del aire, ambas obras cumbres de la tragedia. Sin embargo Sófocles lo presente de otra forma, de una manera menos teatral, pero igualmente potente dramáticamente en su Antígona. Es el mejor ejemplo literario de estos dilemas.

Resumamos el drama de Sófocles: Creonte, rey de Tebas, ha ordenado –con la ley en la mano– no enterrar a su sobrino Polínices porque considera que, en su lucha fratricida con su hermano Eteocles, ha atacado la ciudad mientras que éste la ha defendido. Pero su hermana Antígona y sobrina también de Creonte, antes del entierro, honra a su hermano mediante los rituales funerarios al uso, rituales transcendentes para el futuro en el otro mundo según las creencias mitológicas griegas. Y por ello, su tío, rey de Tebas y obligado a seguir sus propias leyes –edictos– castiga a su sobrina Antígona enterrándola viva, aunque no en una tumba. Aún así el castigo es terrible porque supone llevarla al inframundo, al igual que su hermano. Esta acción desencadena la muerte de su propio hijo, Hermón, prometido de Antígona, y de la mujer de Creonte, Eurídice. El drama parece irresoluble porque el reyo o “estratego”, responsable y ejecutor de la ley –la separación de poderes viene con la Revolución francesa– está obligado a actuar de acuerdo con lo que hoy llamamos ordenamiento jurídico y Antígona, con la Ética en la mano, se ve obligada a buscar el reposo de su hermano en la otra vida y no verse “a merced de las aves que buscan donde cebarse”. Cosa terrible, por cierto para los griegos y que ya vimos lo que hace Aquiles, el héroe griego, con Héctor, el héroe troyano, en la Odisea. Los diálogos entre Creonte y Antígona alcanzan una altura inigualable, pero también son dramáticos los que se establecen entre Creonte y su hijo Hermón, el prometido de Antígona, aunque al espectador actual les parezcan más suaves [1], acostumbrado más a la violencia –incluso en escena– por las películas. Hay dos momentos claves o dos razones que esgrime Antígona para justificar lo que hace. A la mitad de la obra y en su enfrentamiento dialéctico con Creonte dice que “no nací para compartir el odio, sino el amor”. Es una razón ética y lírica a la vez, pero débil ante “la razón de Estado” de Creonte, que se ve obligado a cumplir la ley que él mismo ha decretado con anterioridad mediante un edicto. Sin embargo, en sus últimas palabras Antígona esgrime una razón a la misma altura que la esgrimida por el “estratego”. Dice que : “… los males que sufro no sean mayores que los que me imponen contra toda justicia”. Esta es la clave, porque aquí entran en conflicto para Sófocles ley y justicia, lo cual solo es posible si, desde el lado de la Ética, la ley es injusta. Creonte justifica su acción casi de continuo al final de la obra con palabras como “… mis decisiones no pueden comprarse”, “no hay forma de luchar contra lo que es forzoso”. Y ya, arrepentido, dice que “me temo que lo mejor no sea pasar toda la vida en la observancia de las leyes instituidas”.

De la literatura se puede aprender mucho de estos errores porque el escritor, el poeta, ha intuido, avizorado, el problema y la solución, aunque lo haya luego convertido en invención literaria

El dilema y el fracaso de la razón de Estado, inevitable, está servido: el gobernante ha de actuar de acuerdo con la ley y en la duda está el poder judicial, y si se cambia la ley con efectos retroactivos se cae en la llamada inseguridad jurídica. De ahí la importancia que el gobernante, en una democracia, legisle con coherencia y que no sea fruto de componendas y acuerdos con el adversario. Hemos señalado antes cómo, fruto muchas veces de la necesidad de contentar al adversario, se hacen leyes como la de los impuestos cedidos a las Comunidades que han convertido a Madrid en un paraíso de la elusión fiscal; cómo ha de suspenderse temporalmente la regla del gasto –lo afectado por el artículo 135 de la Constitución– para luchar con eficacia, aunque con endeudamiento, contra la pandemia, o cómo se estableció una mayoría de tres quintos para nombrar a una parte de los miembros del CGPJ, permitiendo con ello que la derecha de este país deje al Consejo fuera de la Constitución y al propio PP. Son lecciones que la izquierda gobernante ha de aprender: a la llamada Oposición se la escucha cuando no insulta o deslegitima, se toma nota, pero se decide sin negociación con el adversario porque este hace lo propio cuando gobierna, pero, sobre todo, porque la coherencia debe ser la segunda virtud de una ley, siendo, claro está, la primera su constitucionalidad. El peor pecado de la política es la ingenuidad y este pecado dejó a la II República en manos de los golpistas del 36, con esta ingenuidad el PP mantiene al órgano de los jueces con sus consecuencias durante dos años más de lo que les corresponde, y con esta ingenuidad hay que romper la regla de gasto, cosa que no debiera ser porque, simplemente, no existir una regla que primara el déficit sobre los problemas sociales. Y con esta ingenuidad se han necesitado 40 años de democracia para sacar al dictador, ladrón y genocida del Valle de los Caídos y, con la misma ingenuidad, aún hay muchos republicanos enterrados en la cunetas asesinados por los ancestros ideológicos de VOX y del PP.

Volviendo a la literatura, Fuenteovejuna es la historia de una violación de una campesina por parte de un comendador que es vengada, y nadie del pueblo, a pesar de las torturas de la supuesta justicia, delata al autor. Al final, y esto es lo notable desde el punto de vista del conflicto entre la razón ética y razón de Estado, son los Reyes –en este caso los Católicos– los que perdonan al pueblo y, por tanto al autor. Aún no hay Estado de Derecho, y los reyes tienen –así se establece en la obra– el poder de convertir la venganza en justicia. En El Alcalde de Zalamea, Calderón también parte de una violación, pero la cosa es más complicada que en la obra anterior de Lope, porque el padre de la violada ha sido nombrado alcalde del pueblo y porque el violador es un noble y capitán de la compañía alojada en el pueblo en su camino a Portugal. A consecuencia de lo anterior, el alcalde, Pedro Crespo, mata al capitán, Don Álvaro Ataide. El capitán tiene “don” porque es un noble y el alcalde no porque es un campesino. Es una venganza, porque el alcalde, a pesar de serlo, no tiene autoridad para reparar el daño de esa manera. La solución final viene –como en Fuenteovejuna– cuando el rey refrenda la acción del vengador y le nombra alcalde a perpetuidad de su pueblo.

También Cervantes se enfrenta al drama de la injusticia en su Don Quijote en el capítulo XXII, que trata “De la libertad que dio Don Quijote a muchos desdichados que mal de su grado los llevaban donde no quisieron ir”. Es el capítulo conocido como el de los galeotes. Para curarse en salud –es decir, para no tenerlas que ver con la Inquisición– Cervantes nos cuenta que la obra la recoge de un tal Cide Hamete Benengeli, “autor arábigo [2] y manchego, en esta gravísima, altisonante, mínima, dulce e imaginada historia… ”. En su recorrido por la Mancha se encuentran Don Quijote y Sancho Panza a unos galeotes que son, según uno de los presos,  “gente forzada por el rey, que va a las galeras”, lo cual suponía en la práctica una condena a muerte porque casi nadie sobrevivía a tan forzados trabajos. Y Don Quijote pregunta y se pregunta –hoy diríamos que es una pregunta retórica– cómo “¿es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?”. Sancho le aclara porque “son gente que por sus delitos va condenada a servir al rey en las galeras por fuerza”. Cervantes, preparando la solución sorprendente que se avecina y de manera genial, enlaza la condena con el servicio al rey, que puede leerse a la inversa, que el servicio al rey sea una condena. Entonces Don Quijote monta en cólera y los libera con varios argumentos. El primero porque “van de por fuerza y no de su voluntad”. Y ello a pesar de que Sancho, con una expresividad quizá impropia de un campesino, dice a Don Quijote que “Advierta vuestra merced que la justicia, que es el mismo rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que los castiga en pena de sus delitos”. Cervantes exagera con eso de que el rey sea la misma justicia –exageración incluso en el contexto histórico–, y puede entenderse como una crítica velada al supuesto poder omnímodo de los reyes, que ya entonces estaba limitado y ya entonces había distinguido Maquiavelo entre gobierno y poder. En realidad lo que comete Don Quijote es un delito al liberal a los galeotes, pero lo que vemos –y esto es lo que importa– es el enfrentamiento entre la ley y la ética, aunque aquí andan entremezcladas, porque la justicia parece, en este caso, más cerca de la ley que de la ética. Cervantes, que ha elegido con mucho cuidado las razones que dan Don Quijote y Sancho, nos sale por peteneras de una manera genial y dirige sus dardos a otra institución: la Iglesia. Pero previamente azuza con la ética –y este es el segundo argumento– diciendo que “me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres”, y luego, avanzado el capítulo y ante las palabras de Sancho antes pronunciadas, argumenta Don Quijote que: “quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz, que no faltarán otros que sirvan al rey en mejores ocasiones, porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombre honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello”. La cosa, a pesar de todo, no acaba bien para la ilustre pareja porque los liberados no se muestran precisamente agradecidos, pero eso es otra historia, y Cervantes lo que hace es protegerse con ese desagradecimiento de posibles reparos inquisitoriales. Pero el argumento de Cervantes, llevado al límite de las consecuencias de la creencia de una supuesta justicia divina, es que la justicia humana es innecesaria. Y como ello no es posible, lo que hace Cervantes es burlarse de la propia justicia divina, que necesita del brazo secular del poder terrenal para cumplir sus divinos designios. El capítulo, en sí mismo, es una pequeña obra maestra bajo cualquier aspecto que se la mire.

Podemos preguntarnos cuál es la solución entre ambas razones, la razón ética y la razón de Estado, entre ley y justicia, cuando ambas parecen divorciadas. Lo primero es hacer leyes que permitan impartir justicia desde los principios y no leyes como la ley mordaza y las comentadas anteriormente como ejemplo; y lo segundo es elevar el problema a la altura que dio Kant en su obra Fundamentos de la Metafísica de las Costumbres, cuando dice que “obra según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal”. En efecto, la Ética, que trata de cómo deber comportarse uno en la vida, no puede ser solo subjetiva o, alternativamente, objetiva: si lo primero, se cae en la arbitrariedad, y solo desde la segunda, en la tiranía, aunque sea bienintencionada. Por eso Kant mezcla de forma genial ambas condiciones por más dificultoso que sea su práctica. Esta breve obra del gran filósofo debiera ser también lectura obligada para políticos, periodistas, empresarios y gente de toda condición y trabajo. Desde luego quien lea con atención, disfrute con deleite y aprenda con ilusión de Cervantes, de Kant, de Spinoza y de otros de su talante, no podrá ser nunca autoritario, egoísta o malpensado sin razón. La conclusión para mí de lo anterior en el mundo actual y en el espacio carpetovetónico que no ha tocado en suerte –pero es extensible a cualquier parte del planeta– es la de que, al menos en las democracias, las leyes han de ser justas, adecuadas a los principios, pero partiendo de los problemas, han de apoyarse en las pulsiones solidarias y no en las egoístas, han de premiar al cumplidor y no al evasor, pero han de ser también coherentes con los principios, no una amalgama de contentos y negociaciones entre contrarios. Y ello entraña para la izquierda la imposibilidad de buscar cualquier pacto con la derecha que las adulteren, las mengüen, las hagan inservibles para combatir la desigualdad y la injusticia. Y buena parte de nuestro ordenamiento jurídico está tocado de esos errores bajo el error principal de querer pactar, de llegar a acuerdos a toda costa o de contentar a la derecha al menos y de forma velada e implícita. De la literatura se puede aprender mucho de estos errores porque el escritor, el poeta, ha intuido, avizorado, el problema y la solución, aunque lo haya luego convertido en invención literaria.


[1] Dice Jose María Pemán, prologuista de la versión de Carlos Miralles Solá, que los griegos asistían al teatro más como el público actual asiste a un concierto. Y de ahí la existencia del Coro como un personaje que comenta la acción aunque no intervenga en la acción.
[2] En otros momentos Cervantes los llama “aljamiados”.

Ética y poder: la lección de Antígona
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